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Martes 30.07.2019 - Última actualización - 7:05
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Entrevista con Mario Wainfeld

"Estallidos Argentinos": Antítesis de los que piensan a un "país sin gracia"

En la previa de la presentación, el periodista y analista político desgranó algunas de las crónicas de su nuevo libro. En contraposición de aquellos quienes se irritan por los hechos nacionales, destacó la “pluralidad” de la calle ante la “oscuridad” de los tribunales, la “ineficiencia” del accionar policial y la “incidencia” de los medios de comunicación. 

Wainfeld fue invitado por Sadop Santa Fe y estuvo acompañado por su secretario general, Pedro Bayúgar, y la secretaria de Cultura, Cecilia Santa María. <strong>Foto:</strong> Pablo AguirreWainfeld fue invitado por Sadop Santa Fe y estuvo acompañado por su secretario general, Pedro Bayúgar, y la secretaria de Cultura, Cecilia Santa María.
Foto: Pablo Aguirre

Foto: Pablo Aguirre



Entrevista con Mario Wainfeld "Estallidos Argentinos": Antítesis de los que piensan a un "país sin gracia" En la previa de la presentación, el periodista y analista político desgranó algunas de las crónicas de su nuevo libro. En contraposición de aquellos quienes se irritan por los hechos nacionales, destacó la “pluralidad” de la calle ante la “oscuridad” de los tribunales, la “ineficiencia” del accionar policial y la “incidencia” de los medios de comunicación.  En la previa de la presentación, el periodista y analista político desgranó algunas de las crónicas de su nuevo libro. En contraposición de aquellos quienes se irritan por los hechos nacionales, destacó la “pluralidad” de la calle ante la “oscuridad” de los tribunales, la “ineficiencia” del accionar policial y la “incidencia” de los medios de comunicación. 

“Me considero periodista full time desde 1997”. Bajo esta definición, Mario Wainfeld circunscribió el trabajo de su último libro “Estallidos Argentinos” (de la editorial Siglo XXI) en el que narra un puñado de los múltiples sucesos que encuentran lugar en la historia reciente de nuestro país. 

 

En su faceta de escritor y analista político, Wainfeld fue invitado al ciclo de entrevistas abiertas al público “Estación Palabras”, organizado por el Sadop Santa Fe. Previamente, pasó por la redacción de El Litoral, acompañado por el secretario general de la la seccional del sindicato, Pedro Bayúgar, y la secretaria de Cultura y Derechos Humanos, Cecilia de Santa María. 

 

Si bien es esquivo con las entrevistas para “no exponer la vida íntima”, el periodista recordó con agrado sus tiempos en la televisión, aunque consideró que “el medio con el que siempre me sentí identificado es la gráfica”. “En la televisión te mira hasta el que no le gustás”, dice y agrega que, en cambio, “el libro demanda un esfuerzo más grande porque, aunque no deja de ser un producto, construir una trayectoria implica un esfuerzo de mucho años”. 

 

A diferencia de su reconocida producción literaria anterior (“Kirchner. El tipo que supo”), marcó una distinción en los tiempos de trabajo: “El libro anterior lo había pensado largamente y lo terminé de escribir de a poco, resultando un tributo a un presidente que conocí y al que creí entender. En cambio, este libro es distinto, busqué condensar buena parte de mi trabajo periodístico. Para esto, tomé como lapso el siglo XXI y decidí hacer 10 episodios de los cuales uno es una ucronía”. 

 

 — ¿Qué buscó desentrañar con la reescritura de estos sucesos?

— Quise mostrar hechos bien expresivos de la historia reciente argentina. Cada uno tratado como un continuo, como un cuento que tiene el problema de ser real. Tres corresponden al período de enorme inestabilidad en 2001-2002: el desempeño y la caída de De La Rúa, Rodríguez Saá y Duhalde. Y los restantes son hechos de una clara violencia institucional: los asesinatos de Kosteki y Santillán; el “Oso” Cisneros (en la toma de la comisaría 24); Santiago Maldonado y Rafael Nahuel; el caso Pomar; el intento de 2x1 de la Corte Suprema a los represores.
En ellos, me tentó la idea de volver a mirar los hechos en los cuales ya había trabajado mucho, ya que el periodista está en el día a día y, por definición, no sabe cómo van a terminar lo que va cubriendo. 

 

— De estas historias, ¿cuál se ató más a la idea con la que nació el libro?

— Todas evidencian un extremismo de ciertas normas, con patrones comunes como las disputas internas en los medios de difusión, el peso de las movilizaciones colectivas y la ineficiencia policial mezclada con su salvajismo. Pero el que más me ata es el caso del “2x1”, por dos factores que Miguel Bonasso definió muy bien: “El palacio y la calle”. 

 

El palacio simboliza el espacio de poder, donde están las autoridades. Es el lugar desde el cual gobierna la élite, que es un sector diferente al de los ciudadanos, a los cuales debe tutelar. Y pienso que no hay nada más palaciego que la Corte Suprema de Justicia. Integrada por solo cinco jueces, con un poder enorme, que casi no hablan entre ellos salvo para dictar sentencias, y que no deben reportar nada a nadie. Ni siquiera un parlamento funciona así. Entre los legisladores de las dos Cámaras se conocen, se saludan, hay intercambio de ideas y respeto a pesar de las diferencias.

 

Frente a la oscuridad de este cuerpo, se produce todo lo contrario en la calle. La sociedad civil tiene todo tipo de reacciones: masividad, creatividad, pluralidad. Las canchas de fútbol son un ejemplo de esto. ¿En cuántas canchas del mundo se levantan pancartas frente a un fallo de lesa humanidad? No digo que Argentina sea única, pero no debe haber tantos. 

 

Cuando se dice que la Argentina es un país sin gracia, sin encanto —o hasta “de mierda”— no se tienen en cuenta este tipo de reacciones: los clubes, sus hinchadas y los jugadores marcaron una protesta frente a un hecho institucional que significaba pasar por arriba la memoria, la verdad y la justicia.

 

— En esta disociación entre lo reservado y lo oscuro del palacio frente a lo plural y visible de la calle, ¿cuánto tienen que ver la “mediación” de los medios de comunicación? 

— Creo que el tema es que no median o solo lo hacen en parte. Los medios de comunicación son constructores de realidad que sustentan posiciones, y frente a hechos políticos determinados los realimentan o se oponen. Además, tanto en Argentina como en el mundo, las principales empresas oligopólicas productoras de contenido noticioso tienen una gran capacidad de producción, y por lo tanto de incidencia, sobre la realidad. No solo describen y toman posición —que no tiene nada de malo— sino que, de alguna forma, también la construyen.

 

Tal como sostiene Piglia, según Arlt los medios funcionan como grandes actores antes que testigos. Porque en el común de los casos, el periodismo se presenta como un testigo calificado, que implica la característica de la neutralidad ya que no puede ser parte. Pero nadie “mira y cuenta”. Yo tampoco lo hago. 

 

Frente a los hechos del libro, me interesa el abordaje que se hizo sobre la toma de la comisaría 24 y el asesinato del dirigente piquetero Martín “el Oso” Cisneros en 2004. Fue especialmente mal contado, casi al revés, detallando el suceso y no sus causas. En el fárrago informativo, más allá de las cuestiones legales, no se contó ni la historia de la víctima, ni la buena intervención del Gobierno. Ahí yo pongo, en unas breves líneas, mi opinión: si esto hubiese sucedido durante este gobierno podría haber tenido un desenlace muy cruel y hasta sanguinario. 

 

— Ante esta hipótesis contrafáctica, ¿qué opinión le merece las reacciones en el caso Chocobar?

— Que la doctrina que de él se desprende, es novedosa y es peligrosísima. Si vamos para atrás, el asesinato de Kosteki y Santillán contó con una dispensa -no una orden- del presidente Duhalde. Pero, una vez sucedido, asumió las responsabilidades, reconoció el crimen y no dobló la puesta en favor de la bonaerense. En cambio, el caso Chocobar promovió un grado de adhesión social alto que es peligroso ya que, ante la agresión previa y el discurso que avala la idea de matar por la espalda, las consecuencias pueden ser gravísimas. Y creo que ya las estamos viendo, el caso de la masacre en San Miguel del Monte es un ejemplo. 

 

Si bien las leyes a veces son confusas, hay que dejar claro que en nuestro país el Estado no puede ni debe matar a nadie. En tiempos de paz, no existen penas de muerte ni nada que se le parezca. También, desde el periodismo tenemos que tratar de cuidar más el lenguaje. Cuando decimos que murió una víctima inocente, debemos ser más cuidadosos. Todas las víctimas son inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Si alguien cometió un ilícito previo a su asesinato, es el autor de un delito y merece una pena por eso; pero en cuanto a ser ultimado en la calle, es inocente.

 

Por último, creo que esto conecta con una enorme influencia cultural y política que tiene EEUU con Argentina: una doctrina judicial violenta, que es contraria a nuestra tradición pacífica y sin armas (salvo por períodos excepcionales). 

Autor:

Mauro L. Muñoz




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