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Sábado 03.08.2019 - Última actualización - 19:27
19:26

Peisadillas

Agosto frío en el rostro

 <strong>Foto:</strong> Ilustración Lucas Cejas
Foto: Ilustración Lucas Cejas

Foto: Ilustración Lucas Cejas



Peisadillas Agosto frío en el rostro

Carlos Mario Peisojovich (El Peiso)


¡A soñar se ha dicho!, hebdomadaria costumbre que les lego, construyendo sueños para compartir; “Peisadillas” que se sueñan sin cautela, haciendo escuela, para que cada sábado les lleguen expuestas, explícitas, escritas en papel de carne y hueso o escritas en el aire, en la nube virtual de las páginas punto com.


Yo los sueño con los ojos mirando hacia dentro... introspectivo soñante de colores brillantes, que son soñados para ser contados. A veces son sueños que aparecen despacio, o que se encuentran buscando espacio, la mayoría de las veces no tienen tiempo para tener tiempo, aunque sueño a toda hora, la cantidad de segundos no atentan con la calidad de los primeros.


Si bien se desordenan en mi desordenador automático, me he acostado a soñar, me ha costado soñar y porque me gusta soñar acostado al costado del borde de la cordura, aunque cueste lo que cueste, mis Peisadillas terminan llegando a buen puerto, sin pagar coima.


“Agosto frío en el rostro” dicen en España, si bien ellos están en otra estación, acá deberíamos tenerla presente, pues el frío se siente. Frío en el rostro y vino caliente para el gremialista portuario Herme Juárez, apresado en su casa (mansión pornográficamente ostentosa) de la histórica y patriótica ciudad de San Lorenzo; pero de santo nada, quizá cuervo, el reputado antes y re puteado sindicalista que estuvo cuarenta años haciendo negociados frente al Sindicato de los Portuarios y también presidente de la Cooperativa de Trabajadores Portuarios del Puerto San Martín.


“Agosto frío en el rostro” tiene significancia en los afiches de las próximas P.A.S.O., ellos/as siguen sonriendo, con carteles donde el logo de campaña es cada vez más pequeño, y sus rostros cada vez más grandes. Para nosotros, sus familiares rostros no nos hermanan, no nos unen, no nos hacen sentir parte de nada maravilloso comparable a una cena familiar de las de antes, al calor de una chimenea, al aroma de la salsa casera, al cálido sahumerio criollo del olor a carne asada, tan dominguera y unificadora, donde siempre había espacio para los tíos y primos y hasta para el vecino amigo de nuestros hijos, las casas de puertas y corazones abiertos, donde las charlas picantes se hablaban en voz baja y fuera de los curiosos oídos juveniles e infantiles, donde el cotilleo vecinal pasaba por el susurro inaudible de las parientas del ramo femenino y siempre dentro del ámbito de la cocina o del “estar”, y donde la sobremesa se hacía con todos, café para los mayores, flan casero con dulce de leche para los pequeños. La televisión no se prendía, pero se escuchaba muy al fondo de la extendida y distendida mesa, una lejana y fritada radio encendida que matizaba la reunión en una ecléctica cháchara indescifrable.


“Agosto frío en el rostro” sentirán los economistas, esos excelentes analistas de lo que dicen que va a pasar, y que termina pasando todo lo contrario, pero que gracias a sus teorías económicas, desdicen lo que dijeron, diciendo que lo que habían dicho, lo habían dicho en otro contexto, y así nos embrollan, liados en hipótesis, esperanzados por tesis, y siempre demostrando que entre el dicho y el hecho, el dólar nunca tiene techo. El gran Tato Bores dijo hace más de medio siglo, exactamente en 1962, en un monólogo que es historia en presente perfecto, semejante descripción: “Hay tipos que antes trabajaban como locos y ahora se han vuelvo economistas. Cada uno está parado ahí con un paquetito de dinero y en cuanto se mueve la cotización de la pizarra entran todos en patota. Uno dice ‘deme tres dólares’, otro dice ‘deme cuatro dólares’, otro dice ‘deme ocho dólares’ y salen corriendo. Y van a otra casa de cambio. Y antes de que muevan la pizarra se meten y los venden. Y así se pasan todo el día: vendiendo y comprando. Comprando y vendiendo. Y cuando llega la noche entran a la casa molidos, deshechos, caen muertos arriba de un sillón, desempaquetan, cuentan la guita, llaman a la mujer y dicen: ‘¡Vieja, vieja, vení! Hoy me gané 14 mangos y no hice nada’.”


Tato Magno


“Agosto frío en el rostro”... ¿sentirán los de la Rural? no lo sé, pues no hago futurología, pero la semana que está terminando dejó una batalla ideológica y alimentaria. Los veganos “sujetos que no ingieren productos alimenticios de origen animal”, fueron a la Rural a desplegar su inconformidad, de paso recibieron un par de bifes, algunos rebencazos y terminaron arriados como animales. Hacerse el gallito no garpa, pero metieron huevo, aunque no lo coman, daba piel de gallina verlos poner el lomo. Ni nabos ni zanahorias estos veganos... rojos como tomates se lanzaron a la protesta en el templo carnívoro por excelencia de la argentina ganadera. ¿Alguno de ellos habrá cedido a la tentación de probar una mollejita a la provenzal, un argentinísimo choripán, o una especiada bondiola de cerdo ahumada? Lo dudo, a cada chancho le llega su San Martín. Llegamos a Puerto.




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