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Lunes 05.08.2019 - Última actualización - 10:25
8:47

Viernes y sábado

Aquellos tiempos dorados

Vuelve en nuevas funciones “Noche Azul”, de Orlando Martínez, intérprete además junto a Eduardo Broggi y Beatriz Fankhauser, bajo dirección de Antonio Germano. La puesta, sobre dos compañeros de geriátrico, es un homenaje a las escuelas de actores de Teatro de Arte y Teatro Arena, tal como contaron a El Litoral sus hacedores.

 

Martínez, Broggi y Fankhauser llevan a la escena un lenguaje teatral compartido desde hace décadas. <strong>Foto:</strong> Gentileza producciónMartínez, Broggi y Fankhauser llevan a la escena un lenguaje teatral compartido desde hace décadas.
Foto: Gentileza producción

Foto: Gentileza producción



Viernes y sábado Aquellos tiempos dorados Vuelve en nuevas funciones “Noche Azul”, de Orlando Martínez, intérprete además junto a Eduardo Broggi y Beatriz Fankhauser, bajo dirección de Antonio Germano. La puesta, sobre dos compañeros de geriátrico, es un homenaje a las escuelas de actores de Teatro de Arte y Teatro Arena, tal como contaron a El Litoral sus hacedores.   Vuelve en nuevas funciones “Noche Azul”, de Orlando Martínez, intérprete además junto a Eduardo Broggi y Beatriz Fankhauser, bajo dirección de Antonio Germano. La puesta, sobre dos compañeros de geriátrico, es un homenaje a las escuelas de actores de Teatro de Arte y Teatro Arena, tal como contaron a El Litoral sus hacedores.  

 

El viernes y el sábado, a las 21.30, en la sala Leopoldo Marechal del Teatro Municipal 1° de Mayo (San Martín 2020), se presentará la obra “Noche Azul”, del autor santafesino Orlando “Negro” Martínez. Este mismo a su vez comparte el protagónico junto a Eduardo “Gringo” Broggi y Beatriz Fankhauser, todos bajo dirección de Antonio Germano. Dicha puesta se hará en homenaje a las escuelas de Teatro de Arte y Teatro Arena, y a sus directores Carlos Thiel y Ricardo Gandini. Los créditos se completan con escenografía y vestuario de Ariel Aier Pic, asistencia técnica de Nicolás Sánchez y fotografía y diseño de RD Fotografía

 

En diálogo con El Litoral, la dupla protagónica conversó sobre la puesta, su modo de trabajar y el aprendizaje de aquellos años señeros para las tablas santafesinas.

 

 

Soledad compartida

 

—¿De qué trata la historia y cómo fue el proceso de gestación?

 

Martínez: —Somos dos viejos prácticamente abandonados en el geriátrico. Pero no queremos apuntar al abandono, sino resaltar el tema de la amistad. Si bien el abandono de la familia (por eso la sinopsis dice “ante la falta de los afectos personales”) está, es el medio para representar a dos amigos que se contienen uno a otro. Lamentablemente la gente nos dice: “Qué actualidad que tiene”.
Broggi: No es una amistad de toda la vida, sino que nació desde hace cuatro o siete años atrás, desde que están ahí.

 

—Nunca es tarde para empezar una amistad.

 

Martínez: —Por eso el subtítulo de la obra son las palabras de Luis Alberto Spinetta: “La soledad es un amigo que no está”. Esta obra la empezamos a escribir con Ricardo Gandini, allá por 2008. Yo me había separado en el año de la inundación (2003), y él vivía en un departamento en 4 de Enero y General López. Entonces me fui a vivir con él un tiempo hasta que conseguí dónde ir. Era un tipo muy estructurado Ricardo: si comías con un liso, te decía: “¿Cómo podés? Tenés que tomar dos”. “¿Cómo vas a cortar la ensalada? No se corta”.

 

Hay un par de peleas en la obra por el puré, que él lo hace con papa y aceite y yo le digo que se hace con manteca y leche. Eso fue cierto: Ricardo era papa y aceite, yo le decía que mi viejo fue cocinero toda la vida, tuvo restaurant. Después nos reíamos. Con el Negro Flores había una pelea de la política: él se hizo peronista y yo buscaba para pelearlo por el radicalismo. La anécdota del chico que pide el vuelto es de mi hijo. Todo es real.

 

Dijimos: “¿Y si escribimos esto?”. Empezamos a anotar y quedó, le empezamos a dar forma, Ricardo hizo una versión y yo hice otra. Lamentablemente él desapareció en el año 2010, y yo la archivé. Ante la necesidad de hacer algo, y no hacer obras ajenas, la saqué: le dí más forma y actualidad, y quedó.

 

 

Recuerdos

 

—¿Cómo llegó a sumarse Antonio?

 

Martínez: —Lo fui a buscar al Gringo, le dije: “Tengo esta obra, si te gusta, empezamos nosotros dos”; el tercer personaje lo agregamos después: lo hace Beatriz Fankhauser, una señora que también estuvo en la escuela de Teatro Arena con Ricardo, fue su asistente, después del fallecimiento pasó a ser asistente mía. Ella nos asistía con los textos, y al final decidimos que aparezca (antes aparecía una voz femenina en off).

 

Broggi: —Vi la posibilidad, ya que trabajábamos los dos, de hacerle un homenaje a las dos primeras escuelas de teatro que hubo en Santa Fe: la escuela de actores de Teatro de Arte y la de Teatro Arena. Después buscamos un nombre para el grupo, podía ser Arenarte o Artearena, pero quedó en la nada. Pero el objetivo en sí, más allá del de la obra, fue ese homenaje. Yo arranqué con Teatro de Arte allá en el 68, y él empezó en el 69 ó 70, hizo dos o tres cosas y después se fue a Teatro Arena. Yo terminé en la época en que se terminó todo, en el 76; si hoy siguiera Teatro de Arte en una de esas todavía estaría ahí. Después hice algunas cosas con Teatro Arena.

 

Nos faltaba director. Los chicos que están ahora son macanudos, saben mucho, pero lo que queríamos es que sea una cosa genuina de aquellos tiempos. Conseguimos un muchacho gordo, grandote... (risas).

 

Martínez: —No, la primera fue Fanny Martínez.

 

Broggi: —Después estuvo Florentino Sánchez, nadábamos hasta que hacíamos pie y pegábamos la vuelta. Un día lo encontré a Antonio en el Mercado Progreso, todavía estábamos con Florentino. “¿Qué están haciendo, Gringo?”, me preguntó; “cualquier cosa en que pueda colaborar me avisan”. Y no quedaba otro.

 

Martínez: —No queda otro que hable nuestro idioma: hoy es todo más banal. No digo que no sea mejor ni peor.

 

Broggi: —Nosotros hicimos la famosa puesta de “Sacco y Vanzetti” en el 73, con treinta y pico de personas; hoy queda él, yo, mi señora, mi cuñada y Daniel Henquin, que vive en Rosario. Todos los otros están muertos. Hoy hay escuelas de actores, libros y archivos de teatro, pero nunca están incluidos Teatro Arena y Teatro de Arte.

 

Llevé mis recortes (soy muy juntador de cosas) y tengo fotos, las miraban en el Municipal: “Esto no existe más”. Dudo que estén en los libros del teatro santafesino y en un montón de lugares. Les dejé una caja, bajo pena de muerte si me pierden alguna cosa (risas).

 

 

Compromiso escénico

 

—¿Por qué se dio aquel fenómeno?

 

Martínez: —Eran grupos grandes, estaba Teatro de los 21.

 

Broggi: —En un ensayo con él, media hora antes, si estoy descompuesto o estoy en Santo Tomé y no llego, le mando un mensaje. En Teatro de Arte éramos 30: yo vivía en Guadalupe, otro en Las Flores. Decíamos “el sábado a las 12 del mediodía ensayamos”. Si te pasaba algo tenías que ir a un teléfono público para ponerte en contacto. Éramos 25 ó 26 y no se sabía qué pasó con el que faltaba. Eran grupos grandes, estaba Chiri Rodríguez, Pepe Francini... Y eran de la época también.

 

Martínez: —Es como el huevo y la gallina: si la gente dejó de ir al teatro porque los espectáculos dejaron de ser tan buenos, o dejaron de ser tan buenos porque la gente dejó de ir al teatro, no sabemos. “Sacco y Vanzetti” lo estrenamos con 700 personas en el teatro; hoy en un estreno metemos 40 personas y aplaudimos y dimos gracias a Dios.

 

Broggi: —En San Cristóbal hicimos dos funciones de “Sacco y Vanzetti” con gente en los pasillos. El que hacía de juez era Bruno Torresi, que era oriundo de allá. La gente iba e iba. Agarrá los textos de hace 40 años para atrás y eran entre siete y diez personajes. A partir de (Alberto) Adelach son obritas de 15 ó 20 minutos y textos de tres gramos. Eso empezó a cambiar ese tipo de funcionalidad. Nosotros hacíamos “El dedo en el ventilador” en el Paraninfo de la Universidad y quedaba gente afuera.

 

—También tiene que ver con que eran obras que tenían contenido político.

 

Broggi: —Sí, pero también hicimos uno de los primeros café concerts de la ciudad de Santa Fe, se llamaba Mambrú Café Concert. De lunes a lunes trabajábamos, y en la terraza grande de Teatro de Arte, de San Martín 2222, eran 300 ó 350 personas, y se iban 20 ó 30. Y hacíamos todos los días lo mismo, ya no sabíamos qué hacer. Fue un fenómeno cultural teatral muy grande, muy profundo: la gente iba y veía una elaboración de personajes.

 

Hoy se banalizó tanto la situación, que por ahí te cuesta ir a ver cosas. Por ahí voy porque son amigos...

 

Martínez: —Yo voy a ver a otros grupos, pero ellos no me van a ver a mí. Voy porque me gusta ver teatro.

 

Broggi: —Eso ya ocurría antes.

 

Martínez: —Pero a nosotros Carlos Thiel nos mandaba a ver teatro. Yo hago una obra cada dos o tres años, y me han convocado grupos; me he ido de dos. Me daban el texto y cuando lo aprendíamos arrancábamos. Yo aprendí todo lo contrario, tanto en Teatro de arte como en Teatro Arena: primero la aproximación al personaje, a crearlo, con improvisaciones y ejercicios; después se agregaba la letra, y se analizaba el texto.

 

—El trabajo de mesa.

 

Martínez: —Claro: qué objetivo tiene cada cosa, qué queríamos hacer.

 

Broggi: —Carlos Thiel me decía: “Gringo, al escenario”, te contaba una cosa, “golpea el cartero y te da una carta”. Veías cómo estaba la puerta. Y en un momento determinado empezábamos a hacer una obra y eso era de los personajes.

 

Autor:

Ignacio Andrés Amarillo


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