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Lunes 05.08.2019
22:46

Mirada desde el sur (por Raúl Emilio Acosta)

Pesimismo periodístico de agosto



Mirada desde el sur (por Raúl Emilio Acosta) Pesimismo periodístico de agosto

Raúl Emilio Acosta

 

Agosto es un mes particular en acontecimientos locales y universales. El fin de una Era el más importante. “La lluvia negra es una denominación utilizada por los supervivientes de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, para referirse a las precipitaciones que tuvieron lugar con el estallido de la bomba atómica de 1945. Caracterizada por ser un compuesto pegajoso que cayó sobre las víctimas que huían de los incendios ocasionados en la zona. Miles de ciudadanos japoneses sufrieron diferentes problemas de salud (a corto y largo plazo), al no haber sido conscientes de los riesgos que ocasionaba estar expuestos o ingerir este tipo de sustancia”. Wikipedia es clara en la oscuridad. No lo sabían.

 

En agosto los acontecimientos son muchos. Ninguno del tamaño de Hiroshima y Nagasaki. El fin de la Era Moderna. Como sucede con todos los quiebres históricos, solo el tiempo los dimensiona. El 1492 no fue mucho para los que habitaban un planeta desconectado y lejano. Fue mucho cuando se dimensionó. La revolución francesa. La fisión del átomo. La caída de las torres gemelas. La distancia acomoda el teleobjetivo.

 

Volvamos a Agosto. Marilyn Monroe. La Reconquista de Buenos Aires. San Martín. Evita y Trelew compartiendo el 22. La mismísima caña con ruda del 1º de agosto. Todo suma a un mes.

 

Las dos bombas atómicas; Hiroshima primero, Nagasaki poco después, el 6 y el 9 de agosto, definieron una guerra, advirtieron sobre el uso desatado de esa energía y lo dicho: cerraron una Era.

 

El posmodernismo es escéptico, descarnado y todo es un relato. No fue el fin de las ideas, sino que éstas se relativizaron. Nada es definitivo.

 

Sartre recibe un premio y advierte, cuando hace el discurso: “Mi libro, La Náusea, carece por completo de valor ante un niño que se muere de hambre...”

 

El periodismo es esdrújulo. Cínico y escéptico. Trágico. Los cronistas cuentan las tragedias y la posibilidad de incriminarse no aflige. Contar es elegir qué cosas se cuentan y parado en qué casamata. Ya sabemos el lema: “Nadie cuenta todo porque no se puede”.

 

LAS ELECCIONES DONDE NO SE ELIGE NADA

 

Me inscribo en los panegiristas del voto. Sentado en Rosario, provincia de Santa Fe, advierto que la ciudad, la región, deberá elegir el 11 de agosto cuestiones que le son tan extrañas como profundamente intrascendentes. Aquí ya se decidió el 16 de junio.

 

Rescato el voto, como herramienta final, para la definición por mayorías en un tiempo en el que todas las minorías peticionan con fuerza de ley. Rarísimo.

 

Esta semana un acto y después otro en el punto más efectivo de la ciudad piden que se vote por Macri / Pichetto (rarísima fusión de última hora) o por Fernández, el traductor del pensamiento de la señora Fernández que, aclaremos, fue quien le dijo “Alberto, andá y sé presidente”. Los pedidos de votos son el 5 y el 8 de agosto. Con referencia al 11.

 

En un caso hablarán los que dejaron todo con un 25% mal y muy mal. En el otro los que le agregaron un 10 por ciento más de tragedia y hoy el país tiene un 35 % de mal y muy mal en lo que elija. Bolsillo. Salud. Futuro. Trabajo. En cada palco estarán los sonrientes acompañantes. Muchos preguntan si esto es serio y conducente. Es todo lo serio que significan las vidas personales atadas a las biografías de los actores políticos que andarán por estos pagos. Esas biografías contribuyen al escepticismo. De conducente muy poco. Tal vez nada.

 

NUMEROS Y NUMERITIS.

 

Los colegas, empecinados en ganarse su pan con la coyuntura como estandarte, calcularán que por esos actos y los resultados del día 11 si, según los votos, aparece un porcentaje de más-menos 5 o un más-menos 10, las cuestiones de octubre están resueltas y si esas cuestiones (otra elección en el último domingo de ese mes tan lejano, tan extraño todavía) están resueltas habrá un país diferente en uno u otro caso. Son colegas y es coyuntura. Solo eso.

 

No hay modo que los asistentes a un acto resuelvan las cargas del ayer y no hay modo que los bolsillos se llenen mañana o el 12 de agosto. Que haya pan y vitaminas para los menores y desaparezca la hambruna, los empréstitos, la desorientación de tratar con China y depender de Trump no se resuelve en un tris. Creer que las provincias son territorios de un feudo, los diputados apenas los innominados aplaudidores de una cofradía que pretende ocupar o desocupar a los habitantes de Balcarce 50 es un defecto congénito.

 

Nadie quita que los actos sean buenos y que el territorio rosarigasino, despojado de la bandera con la rosa, sea el sueño de los peronistas y los radicales embozados dentro de un país sin izquierda parlamentaria ni planes equilibrados. La pelea de los números tras los actos no arreglará nada, excepto cumplir con las crónicas ya calificadas: coyunturales.

 

ESTÁN TOCANDO NUESTRA CANCIÓN

 

Agosto es un mes histórico. Los que recibían esa lluvia después de la explosión que sacudió el sitio, sacudió sus vidas, sacudió el mundo, solo sabían eso, nada más. Los años dijeron otra cosa.

 

Sobre nosotros y este Agosto los años harán lo mismo. Acomodarán las cargas. Dirán otra cosa. La numeritis, esa inflamación de los números, arrancará con los presentes en los actos, continuará con los votantes de las PASO y terminaremos creyendo que algo bueno pasará y es cierto esto: la esperanza es buena. Como alimento de la mejor ilusión. Hasta allí la puertita del optimismo. Los actos y los relatores de los actos quieren eso. Los pesados números de la economía, el almacén y los impuestos dicen (continuarán diciendo) otra cosa gane Juan o gane Pedro.

 

Los delegados de estas fórmulas, de una alquimia antes que una química, sonreirán en los palcos. Estaré entre los que recuerden a Bob Dylan y una canción. Esta canción. La estrofa final de esta canción. Una canción que habla de una lluvia, la peor lluvia. Aquella lluvia de agosto.

 

“Voy a regresar afuera/ antes que la lluvia comience a caer,/ caminaré hacia el abismo/ del más profundo bosque negro,/ donde la gente es mucha/ y sus manos están vacías,/ donde el veneno / contamina sus aguas,/ donde el hogar en el valle/ encuentra el/ desaliento de la sucia prisión,/ y la cara del verdugo/ está siempre bien escondida,/ donde el hambre amenaza,/ donde las almas están olvidadas,/ donde el negro es el color,/ y ninguno el número,/ y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré,/ y lo reflejaré desde la montaña/ para que todas las almas puedan verlo,/ luego me mantendré sobre el océano/ hasta que comience a hundirme,/ pero sabré bien mi canción/ antes de empezar a cantarla,/ y es dura, es dura,/ es dura, es muy dura,/ es muy dura la lluvia que va a caer”... Dylan es quien describió. Antes había avisado: “los tiempos están cambiando”.

 

Me inscribo en los panegiristas del voto. Sentado en Rosario, provincia de Santa Fe, advierto que la ciudad, la región, deberá elegir el 11 de agosto cuestiones que le son tan extrañas como profundamente intrascendentes. Aquí ya se decidió el 16 de junio.




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