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Jueves 08.08.2019 - Última actualización - 6:59
6:56

El trabajo en territorio del Banco de Alimentos Santa Fe

Una tarde en la vida de los "rescatistas" de alimentos

Recuperan unos 500 kilos de alimentos (verduras y frutas) por semana. Luego, ese comida se entrega a entidades de bien público, las que harán de eslabón y las distribuirán a comedores comunitarios o merenderos, que a su vez los cocinarán para llenar el plato de alguien con hambre. Cómo es la labor de los voluntarios.

Los voluntarios afinan en las fichas de registro los kilos de verduras y frutas colectados ese martes en el Mercado de Productores. Al trabajo lo realizan con mucha pasión, pero también con disciplina y minuciosidad. <strong>Foto:</strong> GentilezaLos voluntarios afinan en las fichas de registro los kilos de verduras y frutas colectados ese martes en el Mercado de Productores. Al trabajo lo realizan con mucha pasión, pero también con disciplina y minuciosidad.
Foto: Gentileza

Foto: Gentileza



El trabajo en territorio del Banco de Alimentos Santa Fe Una tarde en la vida de los "rescatistas" de alimentos Recuperan unos 500 kilos de alimentos (verduras y frutas) por semana. Luego, ese comida se entrega a entidades de bien público, las que harán de eslabón y las distribuirán a comedores comunitarios o merenderos, que a su vez los cocinarán para llenar el plato de alguien con hambre. Cómo es la labor de los voluntarios. Recuperan unos 500 kilos de alimentos (verduras y frutas) por semana. Luego, ese comida se entrega a entidades de bien público, las que harán de eslabón y las distribuirán a comedores comunitarios o merenderos, que a su vez los cocinarán para llenar el plato de alguien con hambre. Cómo es la labor de los voluntarios.

Eran los hombretones con sus ropas de fajina transpiradas que cargaban a hombro bolsas de verduras y frutas, y la exudación se mezclaba con la acidez que despedían las bolsas de cebollas. Eran el ruido y el trajín de los viejos Abastos, que empezaron —muchos de ellos— escribiendo una línea en la historia de la fundación mítica de las grandes urbes. Y los carritos transportadores, las furgonetas que, traqueteando, entraban vacías y salían cargadas. “¡Pibe, metele con esa bolsa!”, apuraba un puestero a un peón.

 

Era el Mercado del Productores y Abastecedores de la ciudad, tan al norte que el mapa se reclina hasta que parece que se cae, una tarde de martes. Y allí, en todo ese movimiento, un grupo de voluntarios pasaba puesto por puesto preguntando si había alguna verdura o fruta que se podían llevar. Esos voluntarios son “rescatistas” de alimentos, y nunca mejor puesta esa definición de lo que son. Integran el Banco de Alimentos Santa Fe, y se dedican a recuperar alimentos que han perdido valor comercial (que no llegan a las góndolas), pero que mantienen intacto el valor nutricional.

 

En el mundo, un tercio de los alimentos que se producen se desperdicia, según Naciones Unidas. El número de personas que padecen hambre en el mundo continúa en aumento: alcanzó los 821 millones en 2017, según el informe “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2018” (FAO/ONU). Más de 150 millones de niños sufren retraso del crecimiento por falta de comida. Los rescatistas santafesinos recuperan en promedio 500 kilos de alimentos (verduras y frutas) por semana. Si no los recuperaran, irían a la basura.

 

“Vamos che, que ya llevamos casi 700 kilos”, arenga una de las chicas, que anota prolijamente el detalle de lo colectado en una ficha de registro. “Me parece que esas batatas están en mal estado, pasadas... Vamos a tener que descartar aquella bolsa”, se lamenta frunciendo el entrecejo Irene Achenbach, que es la actual presidenta del Banco pero que, en realidad, a todo le encuentra sentido mientras esté trabajando “en territorio”, es decir, en el recolección de alimentos.

 

Llega un puestero medio campechano con una bolsa al hombro: “Acá tienen, chicos”, ofrece. El agradecimiento es unánime: los laburantes del Mercado saben que los voluntarios trabajan en un bien social: los reconocen por sus chaquetas identificatorias y les donan verduras o frutas, y así el respeto es mutuo.

 

Ese martes, Irene fue a algunos puestos para hacer una encuesta y así tener dimensión de cuánto saben los puesteros sobre la labor el Banco de Alimentos. Y luego de hablar con ellos, les regaló un licorcito y una mermelada de peras artesanales, que fueron rescatadas del propio mercado. El año pasado los voluntarios les habían regalado galletas artesanales de limón. Con cada obsequio se les entrega con una receta nutricional confeccionada por estudiantes voluntarias de la carrera de Nutrición.

 

Círculo virtuoso

 

Luego de la recolección de los alimentos, el círculo virtuoso sigue: cada martes se lleva todo lo colectado a Recreo —al predio donde funcionaba el Liceo Militar—, y otros voluntarios los clasifican: un día después, cada miércoles, se entrega el alimento a asociaciones civiles de bien público y entidades sociales: éstas son el eslabón para que los alimentos lleguen a comedores comunitarios o merenderos, entre otros (donde cocinan con esa comida) y, finalmente, al plato de los que tienen hambre.

 

Dos voluntarias muy jóvenes estudian Nutrición y están haciendo sus prácticas académicas. “Analizamos el aporte nutricional de los rescates de las verduras y frutas que se colectan: luego hacemos una receta con información nutricional de cada alimento en particular que fue rescatado, y el día miércoles se les entrega a las entidades sociales para que, con esa información, éstas sepan el valor (alimenticio) que tienen esos alimentos, y puedan así aprovecharlos más”, cuenta una de ellas.

 

“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo”. Irene estaba parafraseando al escritor Eduardo Galeano. Eran cerca de las 15. Esa montaña de verduras y frutas que se habían colectado tenían un valor social incalculable: la “cosecha” de aquel martes había sido buena. Llegaba una camionetita que haría de transporte de esos alimentos hasta Recreo, y que vino por la “gauchada” de otro voluntario. Algo destartalada, carraspeaba el motor cuando empezó a hacer fuerza por el peso puesto encima. En los rostros de los voluntarios, todo aquello se volvió mágico: sonrieron casi por una extraña inercia de saber que lo que hacen es muy valioso.

Autor:

Luciano Andreychuk




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