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El Litoral
Jueves 08.08.2019
18:17

Crónicas Sueltas

Argentinos, a las urnas



Crónicas Sueltas Argentinos, a las urnas

Rogelio Alaniz


I

No quiero contribuir a la confusión general, pero el domingo que viene usted no va a votar para elegir el candidato de su partido -entre otras cosas porque ya está elegido- sino que va a votar para elegir el presidente de la Nación. Es más, es muy probable que el candidato sea elegido este domingo 11 de agosto, sobre todo si le saca a su rival una diferencia de votos de más de diez puntos. ¿Dónde está escrito eso? En los papeles no, pero sí está instalado en los hábitos que han creado estas singulares PASO que convocan para un objetivo cuando en realidad el objetivo es otro. En democracia, se sabe, a los candidatos los elige el pueblo y gana el que saca más votos. Hasta allí todo previsible. Lo curioso o lo notable, es que la elección convocada para el domingo dice que es para una cosa, cuando es para otra cosa. Y lo que sería imperdonable es que ciudadanos que integran lo que se llama la “mayoría silenciosa” y se supone que tienen definido su voto, no vayan a votar porque crean que “la del domingo no es una elección importante”, o porque “como tengo más de setenta años no estoy obligado a votar”. Abuelo, abuela: no están obligados a votar, pero tampoco están obligados a no votar. De ustedes depende. En todas las circunstancias son responsables y la edad es una exigencia moral con el país, no una licencia. Dicho con otras palabras: el 11 de agosto los ciudadanos deben ir a votar no solo porque lo que se juega es una presidencia, sino porque también puede llegar a jugarse el destino de nuestros hijos y nietos. Como le dijo mi tía Cata a su comadre: “Después, a no quejarse”, un estilo un tanto más educado que el de mi tío Colacho: “Después, a llorar a la iglesia”.


II

La antinomia entre los Fernández y Macri, o entre Cambiemos y el kirchnerismo, es una antinomia real, la antinomia que los ciudadanos argentinos han decidido por abrumadora mayoría poner en juego. Según los kirchneristas, lo que se disputa es patria o colonia; nación o imperio; pobres contra ricos; nacionales y populares contra sádicos neoliberales. Según Cambiemos, lo que se juega es república o cleptocracia; la Argentina liberal y republicana o la Argentina corporativa y autoritaria. No está mal que en determinado contexto histórico las sociedades estén obligadas a elegir entre opciones fuertes y no está mal que las diferencias estén bien marcadas. Es probable excursionar con otro tipo de antinomias: capitalismo o socialismo, vía del medio contra polarizaciones extremas. Todo puede discutirse, pero convengamos que en la Argentina de finales de la segunda década del siglo XXI la antinomia posible es la que está planteada y más temprano que tarde los argentinos tendremos que optar por una o por otra. ¿Y el voto en blanco? Toda decisión individual es siempre responsable, pero en el actual contexto electoral -sin proscripciones y con libertades civiles y políticas- el voto en blanco y la nada es más o menos lo mismo. ¿No me terminan de gustar los candidatos con posibilidades reales de poder? A mí tampoco me conforman del todo, entre otras cosas porque hace rato que descarté que el candidato fuera Dios o su equivalente y, por lo tanto, también hace rato que observé que en los procesos electorales en este país y en otros, más de una vez uno está obligado a elegir entre lo peor y lo detestable. Y esa elección, aunque usted no lo crea, también es importante.


III

Hay dos temas que en estas elecciones son vidriosos o no se tratan como corresponde. Uno, tiene que ver con la fórmula electoral de la principal fuerza opositora. Alberto Fernández más que un candidato a presidente es un delegado de Cristina Kirchner. “Esto es algo nunca visto”, diría mi tío Colacho con expresión de asombro. A decir verdad, al peronismo lo suele tentar esta suerte de malabarismo político, pero ha sido su versión siglo XXI -es decir, el kirchnerismo- quien ha llevado esta práctica al extremo. Recordemos, sin ir más lejos, que en 2015 el poder político real no residía en Scioli sino en Cristina a través de su delegado en la fórmula, Carlos Zannini. Cuatro años después, la Señora redobla la apuesta incluyendo más audacia y más riesgos. Ahora la vicepresidente elige sin disimulos al candidato a presidente. En esta decisión se incluye la tendencia histórica del peronismo de depender de líderes absolutos que se jactan de no permitir que ni el pasto crezca a su alrededor. Por lo pronto, Cristina designa su delegado con la tranquilidad de saber que nunca nadie podrá hacerle sombra. Las razones que pretenden justificar esta decisión son diversas y todas prácticas y destinadas a resolver contrariedades de la coyuntura. El problema es que la obsesión táctica lo arrastra al peronismo una vez más a desentenderse del futuro. Lo que el kirchnerismo se resiste a responder, es qué piensa hacer en términos de ejercicio del poder en caso de ganar las elecciones. En principio, Alberto Fernández asegura que él no es Cámpora, es decir que no es un títere de su jefa o un obsecuente servil. O sea que el Alberto no va aceptar ser manejado por ella. ¿Y ella? Por lo que dice y repite en los actos públicos en los que presenta su libro “Sinceramente”, seguirá siendo fiel a sí misma. O sea, que de ganar el kirchnerismo vamos a tener un poder presidencial con dos sillones, o un poder presidencial en planta baja y otro en el primer piso, además de un poder repartido entre los “cristinistas” y los flamantes “albertistas”. Como le diría mi tía Cata a su vecino, don Olegario: “Esta parejita, Olegario, no va a terminar bien: a ella le gusta mandar y a él no le gusta que lo manden”. Los argentinos, por lo pronto, ya sabemos como concluyó el ensayo de “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. Que el delegado, en este caso Alberto Fernández, asegure que no será tan dócil, más que tranquilizar, inquieta.


IV

El segundo tema que el kirchnerismo intenta soslayar o prefiere mirar para otra lado, es el de su responsabilidad en la organización de un régimen cleptocrático. Una de las grandes victorias culturales del populismo criollo es haberle hecho creer a un significativo sector de la opinión pública que robar desde el Estado no es un delito y a veces ni siquiera es una falta. El célebre “Roba pero hace”, es una consigna atorranta impuesta por el populismo y que ha hecho estragos en la conciencia social. A la mencionada consigna, el populismo criollo le añade otras lindezas: “Nosotros robamos, pero los otros también roban”, un argumento no muy diferente al que empleaba Al Capone cuando se quejaba de que los Intocables lo acechaban a él pero no movían un dedo para perseguir a los mafiosos de San Francisco, Nueva York y Los Ángeles. La denuncia a un estado cleptocrático es algo más que un acto moral o jurídico. En principio, lo que se debe advertir es que lo que se denuncia es un Estado cleptocrático, es decir, un orden político organizado para el saqueo, un orden que se fue gestando desde mediados del siglo veinte y que el kirchnerismo solo se limitó a perfeccionar y llevarlo hasta las últimas consecuencias. Este 11 de agosto se elige en primer lugar o por asegurar la continuidad del estado cleptocrático con más o menos maquillaje, o afianzar un orden republicano que reconstruya el estado, sus instituciones y corte sus conexiones con el hampa político, sindical y empresario.


V

¿Es el kirchnerismo una sórdida noticia policial?, como le hubiera gustado escribir a Borges. En principio, en sus niveles de máxima decisión lo que se impone es la cleptocracia, pero sería necio desconocer que en su interior se albergan diversas expectativas comprometidas con un populismo democrático y un concepto del estado de bienestar y la redistribución de la riqueza en el que, equivocados o no, creen. Las tensiones entre Cristina y Alberto Fernández explican estas diferencias entre sectores inclinados a respetar el estado de derecho y una conducción cuya máxima líder conjuga la pasión por el chavismo venezolano con la pasión por el saqueo justificado con argumentos al estilo: hay que enriquecerse para hacer política, hay que fundar desde el Estado una nueva burguesía nacional cuyos exponentes más entrañables serían, por ejemplo, Lázaro Báez y Cristóbal López.




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