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El Litoral
Sábado 10.08.2019
18:42

Crónica política

"Contame una historia..."



Crónica política "Contame una historia..."

Rogelio Alaniz


I

No me parece de buen gusto decirle a la gente a quién debe votar. El acto no solo está reñido con el buen gusto sino también con la eficacia. Que cada uno vote como mejor le parezca sabiendo de antemano que en democracia existe también el derecho a equivocarse. Sí, me permito insistir en que hay que ir a votar, sobre todo en estos comicios en los que la ley electoral nos dice una cosa cuando en realidad puede llegar a resolverse otra. En efecto, se llama a elegir candidatos presidenciales internos cuando esos candidatos ya están elegidos. “Yo no voy a votar el 11 de agosto porque en estas elecciones no se decide nada”, me dice un vecino. Y le respondo que está equivocado, que en estas elecciones puede resolverse todo, es decir, transformar las elecciones de octubre en un simple trámite porque todo se decidió este domingo.


II

Si la memoria no me engaña, esta es la primera vez en décadas que una contienda electoral es tan reñida. Si a ello se le suma la creciente polarización, se explica por qué tantas tensiones. Existe la presunción, tal vez la certeza, de que en estos comicios se decide no sé si el destino de la Argentina, pero sí una orientación que puede llegar a ser decisiva en los próximos años. No viene al caso en plena veda electoral decir cuál es la mejor candidatura, pero sí importa señalar que los seguidores de una y otra creen que lo que se juega es muy importante y que una derrota puede ser algo parecido a una tragedia. De ambos lados se ha sugerido que si su candidato no gana la Argentina está perdida y la única salida que nos queda es el exilio porque la vida sería una realidad insoportable. Yo no creo que sea para tanto, pero convengamos que el clima creado es amenazante. En términos de sana cultura democrática, podría decirse que haber llegado a esta situación no debería enorgullecernos. Señalaría que de todos modos nada se gana con llorar sobre la leche derramada. Esta situación no es la ideal, pero es la real, y como ya pontificó en su momento un señor de cuyo nombre por ahora no quiero acordarme: “La única verdad es la realidad”.


III

Mi tío Colacho en estos temas suele ser terminante. “Gane quien gane lo que yo sé es que si no salgo a trabajar nadie me va dar de comer”. Pobre tío Colacho. Tan anacrónico y tan desactualizado que no se enteró que cumpliendo ciertas condiciones se puede vivir de la generosidad de ciertos políticos que, a cambio del voto y algunos otros favores, le aseguran -no más que eso- un plato de comida. A tío Colacho lo escucho y no discuto sus opiniones ni sus refranes porque ya lo hice en su momento. Alguna vez votó por los radicales, alguna vez votó por los desarrollistas, alguna vez votó a los peronistas y alguna vez consideró que los militares podían traer alguna solución. Como se dice, un argentino típico, un argentino integrante de esa mayoría silenciosa que desconfía de los políticos, desconfía de los funcionarios y si mal no viene, desconfía de la existencia del Estado. “Un hombre que se respeta a sí mismo -me decía para hacerme enojar- no debe vivir ni de la mujer ni del Estado”. Digamos que tío Colacho solo cree en él mismo, en su voluntad de trabajo y en su confianza en sí mismo. Reacio a las ideologías, a la cultura libresca y a la retórica política, de todos modos le importa el país, pero esa importancia incluye en primer lugar su propia individualidad. Tío Colacho es un individualista neto y aunque no lo sepa, un liberal práctico, uno de esos liberales que lo son sin haber leído jamás a ninguno de los clásicos que reivindican la libertad individual, el estado mínimo, la desconfianza a la política y la fe en sus propias fuerzas.


IV

En uno de esos habituales debates en las redes, un grupo de conocidos se puso a divagar acerca de cómo votaría hoy Domingo Faustino Sarmiento si viviera. Cada uno de los participantes inscribió al sanjuanino en sus propias creencias políticas. Así es como descubrieron un Sarmiento radical, un Sarmiento peronista, un Sarmiento de izquierda, un Sarmiento liberal y hasta un Sarmiento nacionalista decido a votar, por ejemplo, a Gómez Centurión, y reconciliado con Juan Manuel de Rosas. Sinceramente, no sé a quién hubiera votado Sarmiento, pero desde ya aviso que para la historia esta pregunta no tiene ninguna importancia. Lo único que se podría señalar es que Sarmiento siempre fue un tipo algo imprevisible. El loco Sarmiento, como le decían amigos y enemigos. En todas las circunstancias sus decisiones fueron muy personales. Por ejemplo, en su exilio en Chile todo hacía suponer, atendiendo a su ideología, que se iba a alinear con los liberales, pero sin embargo lo hizo con los conservadores porque entendió que el programa liberal estaba mejor defendido por ellos que por los supuestos liberales chilenos.


V

Uno de los lugares más comunes de la jerga política de los despolitizados es decir con tono rencoroso y a veces con tono festivo que si Hipólito Yrigoyen viviera los echaría a la mierda a todos los radicales, destino no muy diferente de los peronistas si Juan Domingo viviera. Considero innecesario decir que la afirmación carece de valor político e histórico, un brulote anacrónico que políticamente no dice nada pero pone en evidencia cierta ignorancia histórica. Veamos. En principio Yrigoyen y Perón murieron hace muchos años y nadie pude asegurar qué habrían decidido en la actualidad, entre otras cosas, porque la Argentina de 2019 no tiene nada que ver con la de 1916 o 1945 y las soluciones políticas que propusieron estos dirigentes no nos dan ninguna respuesta en la actualidad. Quienes se arrogan el rol de oráculos de la historia y le atribuyen a líderes del pasado determinadas ideas o conductas, en realidad lo que hacen es incorporar sus propias ideas y prejuicios a próceres del pasado que se supone disponen de un alto prestigio. En realidad quienes recurren a estas triquiñuelas retóricas trampean a la política y a la historia y en más de un caso se trampean a ellos mismos.


VI

Este lunes 12 de agosto se cumplen setenta años de la visita de Albert Camus a la Argentina. A decir verdad, no le fue bien ni la pasó bien el autor de “El extranjero” en su primera y última vista a nuestro país. La gira incluía a Río de Janeiro, Montevideo y Santiago de Chile. De todos esos lugares, Camus escribió bellas palabras ponderando el paisaje, sus noches, la proximidad del mar o del río. De Buenos Aires ni una palabra, salvo un reconocimiento a Victoria Ocampo por haberlo alojado en su residencia de San Isidro o una referencia simpática a Racing de Avellaneda, el club que llevaba el mismo nombre de los respectivos Racing de París y Argelia, de los cuales este simpatizante del fútbol era hincha. Razones tenía Camus para estar fastidiado con el peronismo y rechazar la oferta de que su visita sea considerada oficial. Unas semanas antes de su llegada, el régimen peronista había prohibido la representación de su obra “El malentendido”, dirigida por Margarita Xirgú. ¿Motivos? Por “existencialista y atea”. Las consideraciones para prohibirla eran tan horribles como la decisión. En la volteada contra Camus, caía la propia Margarita, a la cual el régimen no le perdonaba sus manifiestas simpatías por la república española y sus reiteradas declaraciones en contra de la dictadura de Franco. Camus estuvo dos días en Buenos Aires. Conversó con amigos, mantuvo una cena íntima con Victoria (Victoria se daba todos los gustos) en la que escucharon música clásica y recitaron poemas de Baudelaire. El sábado se relacionó con la embajada francesa y aceptó dar una conferencia que finalmente “no fue” porque el embajador le informó que sus palabras debían ser fiscalizada por un funcionario del régimen. Esta fue la copa que desbordó el vaso. Camus se negó terminantemente a ser fiscalizado por un burócrata reaccionario e ignorante. ¿Título de la conferencia?: “La libertad de expresión”, un tema que para la Argentina peronista de entonces era tan urticante como mostrarle un crucifijo a Drácula. Digamos que la visita de Camus a Buenos Aires fue un permanente malentendido (como el título censurado de su obra), el malentendido que persiste a lo largo de los años entre libertad y despotismo.




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