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Sábado 17.08.2019 - Última actualización - 11:59
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Colón y un crecimiento que es innegable

De los tablones al anillo y de Quequén al Morumbí




Colón y un crecimiento que es innegable De los tablones al anillo y de Quequén al Morumbí

El tipo que cambió el curso de la historia en Colón apaga el celular a las 9 de la noche. Si Messi quedara libre y quisiera ponerse la sangre y luto deberá esperar hasta el otro día a las cinco de la mañana. A esa hora, el hombre se levanta para comprar tres cosas: vacas, campos y jugadores de fútbol en los mercados de pases.


José Néstor Vignatti —de él se trata este relato— es el dirigente más determinante del fútbol de Santa Fe en los últimos 25 años. No hay márgen de discusión ni lugar a dudas.


De su mano, Colón pasó de tener tablones y hierros a un estadio modelo en el interior del país que seguramente cuando en septiembre se juegue la semifinal de la Conmebol Sudamericana 2019 —será La Equidad de Colombia o el Atlético Mineiro de Brasil— mostrará un espectáculo led multicolor con casi 40.000 celulares iluminando la salida de once futbolistas al césped del Cementerio de los Elefantes. Será, sin dudas, la mejor foto del último siglo.


El otro día, ante el Zulia de Venezuela, el club celebró su partido internacional número 40. Dicho sea de paso, alguien me dijo que la persona que se repite y se dio el lujo de estar en todos es Ricardo Lavini, el popular “Colo” que hace muchísimos años es gerente. Alguna vez Vignatti lo definió con un extremismo: “El día que Lavini se vaya, vamos a perder los puntos”.


Esa primera copa que jugó, en 1997, ya está desaparecida y se llamaba Conmebol. Fue a los dos años de volver a Primera División, el primer gran logro de aquél “Fideo”, “Flaco” o “Gringo” de bigotes largos que había terminado con esos duros, desgastantes e indignos 14 años en la “B” del ascenso.

 

 


Ahora, en el marco de algunos cuestionamientos dirigenciales que ya repasaremos, Vignatti acaba de meter otra vez a Colón en la semifinal de un certámen continental. Hay otro dato que no se discute: quedó a dos partidos de una final única que se jugará en noviembre en la Nueva Olla de Asunción del Paraguay, un estadio reformado en 2017 y con capacidad para 45.000 personas. Colón ya jugó allí en octubre del 2012 cuando el dueño de casa, Cerro Porteño, lo eliminó por penales de la Sudamericana, la noche de aquellos graves incidentes.


No fue fácil el último año de Vignatti de Colón, porque así como la Sudamericana es un “all inclusive” en Disney, el torneo local de la Superliga es un hostel abandonado. La salida traumática de Eduardo Domínguez, el horror de Comesaña y las dudas domésticas de Lavallén armaron un combo letal: hace un año que Colón no gana un partido de AFA como visitante y hace seis meses que no suma tres puntos de local. En este punto se deberá aclarar que no se trata de pagar el costo de la fiestita de la Copa como sea: el promedio se vio lastimado como nunca en los últimos tiempos y es algo que preocupa.


Colón es un club mayoritariamente popular donde muchas veces domina un increíble componente tóxico y autodestructivo. Como si necesitara —sí o sí— una especie de masoquismo futbolero: lastimarse primero para gozar después.


De hecho, hasta hace poco la grieta se instalaba en las redes. Los que peinan canas, esos que se comieron los 14 años en la “B”, repetían sin dudar ante cada encuesta: “¡Qué copa ni copa...dejen de romper las bolas...Hay que pensar en el promedio y nada más!”. Los más pibes, entre la franja de los 20 y 30 años, están del otro lado: “Estamos a tres partidos de una estrella, es lo único que importa”.

 

 


Así es Colón, viviendo siempre en discusiones del corazón que la razón nunca entenderá. Eso sí, cuando deciden —en situaciones terminales como las del jueves— ponerse de acuerdo son capaces de cualquier cosa. Ese disparador de #EntreTodosLoDamosVuelta fue el hastag moderno que reemplazó al viejo canto de guerra de “Y dale Negro dale...”. Y entre todos lo dieron vuelta, adentro y afuera, para poner al club después de 22 años en otra semifinal copera continental.

 


¿Por qué la cancha está semi-vacía en la Superliga y súper-llena en la Copa Sudamericana? La respuesta, más allá de esta crisis que genera la sensación/realidad que “ahora con el bolsillo hay que elegir” y no se puede ir a todo como antes, es simple: en la Copa el equipo da todo y en el torneo no da nada.


Y ahí Colón saca a pasear otro de sus viejos fantasmas: el de los jugadores “peseteros”, como dicen los españoles. “Se matan en la Copa porque el premio a repartir es de cientos de miles de dólares y después caminan la cancha en la Superliga. Siempre lo mismo”. Guste o no, mucha gente piensa así. Entonces, dejan de tirar para adelante todos juntos y reflorece la famosa grieta.


Vignatti resume todo en Colón: lo bueno y lo malo, con una clara inclinación de la balanza a lo primero. El tema es quién le marca lo que debe corregir o en todo caso: ¿a quién escucha y la hace caso José en estos tiempos del post Salvaltaje?.


El claro desprecio por las inferiores, la negación total al márketing comercial/deportivo y el poco cariño al socio sabalero en el rubro beneficios son los tips del Talón de Aquiles de Vignatti.


El otro día un importante funcionario del Gobierno me decía que es increíble como nadie mueve un dedo sin el visto bueno del presidente. Desde lo más importante hasta lo más insignificante. De hecho, convencerlo que baje el costo de las entradas para la Sudamericana fue una guerra interna en el Mundo Colón.


Colón es así, Vignatti es así. Muchos se preguntan qué pasará el día que José se vaya a su casa y no vuelva más. Como en la vida, se podrá mejorar o empeorar. A la hora de hacer futurología para adivinar la respuesta no ayuda demasiado el último antecedente: cuando se fue la vez anterior, Colón casi desaparece de la mano de Lerche. Ni hace falta recordar cómo terminó todo con la falsa pertenencia.


El lunes contra Gimnasia, con el promedio herido, todos creen que habrá que volver a sufrir. El marco no será el mismo, la motivación tampoco. Ya se habrán ido las burbujas de la Copa. Quedará la resaca a cuestas. Y como canta el “Nano” Serrat: “Vuelve el pobre a su pobreza. Vuelve el rico a su riqueza. Y el señor cura a sus misas. Se despertó el bien y el mal. La pobre vuelve al portal, La rica vuelve al rosal. Y el avaro a las divisas”.


El Colón tóxico, el Colón autodestructivo, el Colón mayoritariamente popular que fue capaz de “darlo vuelta entre todos” poniendo la piel de gallina el juves con aliento ensordecedor ante el Zulia, el Colón que se hunde en el promedio y con las mismas tres carabelas quiere gritar “¡Final!” contra La Equidad de Colombia o el Mineiro de Brasil. Son varios Colón, es el mismo Colón, es un solo Colón.


Y en esta historia de grietas, José Néstor Vignatti es “el puto amo”, como dicen en Castilla. Cambió el curso de la historia de Colón para siempre. Llevó al club de los tablones rajados al anillo de cemento cerrado.


Pasó de jugar con Estación Quequén a jugar —y ganarle— al San Pablo en el mítico Morumbí. De los 14 años en la “B” a los 40 partidos internacionales. De que te dirija el “Viejo” Guerra o Hugo Zerr a que tu técnico sea el “Coco” Basile o “Pacho” Maturana. De “Quebracho” Gamarra al “Pulga” Rodríguez.


De la nada al todo. Pero claro, Vignatti no es perfecto. Tiene defectos. Nunca fichará en Colón a Messi libre después de las 9 de la noche cuando apaga su celular hasta que pone el despertador al otro día a las cinco de la mañana.

 

Será la segunda vez, en la era Vignatti, que Colón juegue una semifinal sudamericana. La vez anterior fue con Lanús en la desaparecida Copa Conmebol 1997.

 

El rival de Colón será La Equidad de Colombia o el Atlético Mineiro de Brasil. Habrá que ir a El Campín de Bogotá o al Mineirao de Belo Horizonte

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