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Viernes 23.08.2019 - Última actualización - 15:34
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Suena desde el cielo aquel grito de la hinchada sabalera...

"...Ese es Cococho y su ballet"

Como fueron la Chiva y Poroto, solo basta con nombrarlos por su sobrenombre para que en Colón se los referencie. Ernesto Juan Álvarez fue un ídolo, dueño de una zurda incomparable y de goles y actuaciones inolvidables. Gloria eterna para el inmortal Cococho. 

Fútbol puro... El Gitano Juárez les explica algo a Cococho y Carlitos López. Cualquier cosa menos qué es lo que podían hacer con esas zurdas privilegiadas que ubicaban a Colón, en ese 1975, como uno de los equipos que mejor jugaba en el país. <strong>Foto:</strong> Archivo El LitoralFútbol puro... El Gitano Juárez les explica algo a Cococho y Carlitos López. Cualquier cosa menos qué es lo que podían hacer con esas zurdas privilegiadas que ubicaban a Colón, en ese 1975, como uno de los equipos que mejor jugaba en el país.
Foto: Archivo El Litoral

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Suena desde el cielo aquel grito de la hinchada sabalera... "...Ese es Cococho y su ballet" Como fueron la Chiva y Poroto, solo basta con nombrarlos por su sobrenombre para que en Colón se los referencie. Ernesto Juan Álvarez fue un ídolo, dueño de una zurda incomparable y de goles y actuaciones inolvidables. Gloria eterna para el inmortal Cococho.  Como fueron la Chiva y Poroto, solo basta con nombrarlos por su sobrenombre para que en Colón se los referencie. Ernesto Juan Álvarez fue un ídolo, dueño de una zurda incomparable y de goles y actuaciones inolvidables. Gloria eterna para el inmortal Cococho. 

Cancha de Los Andes, año 1984. Los Andes 4-Colón 2. A Tripicchio le hicieron un gol desde atrás de la mitad de la cancha, esa tarde ventosa en Lomas de Zamora. Final del partido. Hay un hombre que viene caminando solo, con el bolsito colgado en uno de sus hombres. Ese hombre supo de jornadas históricas, inolvidables, de golazos de tiro libre u olímpicos, de actuaciones deslumbrantes. Ese hombre jugaba bien siempre y muchas veces la “descosía”. Tenía una zurda prodigiosa. A ese hombre lo ponían de “8” y la rompía, de “5” y la rompía, de “10” y la rompía. Ese hombre, alguna vez, jugó de marcador central, porque seguramente faltaban defensores, en la Bombonera ante Boca y Colón ganó. Ese hombre venía caminando solo por el pasillo que lo llevaba desde el vestuario visitante de la cancha de Los Andes, a la calle. Ese hombre se paró, puso su mano en el hombro del muy joven, por entonces, periodista de El Litoral que había sido elegido para cubrir aquel partido y con los ojos rojos, llenos de lágrima y voz titubeante le dijo: “Ya está, este es el final, hasta acá llegué...”. Fue su último partido. Fue el 26 de agosto de 1984. El lunes se cumplirán 35 años de aquel día. Ese hombre que le decía adiós al fútbol profesional es el mismo que años antes, en los 70, escuchaba la mejor música para sus oídos. “Y ya lo vé, y ya lo vé, ese es Cococho y su ballet” que cantaba la hinchada en aquel Centenario distinto, de tribunas de madera que se convertían en fieles testigo de su talento, de su inteligencia, de su capacidad para conmover a esos hinchas agradecidos que hoy recuerdan goles, jugadas y partidos con el símbolo de ese hombre.

 

Cococho Álvarez es el hombre. Lo había traído el Vasco Urriolabeitia de Estudiantes. Mi viejo me cuenta que el Vasco tarda en hacerlo debutar. Y los periodistas de entonces le preguntaban: “¿Y Vasco?, ¿para cuándo Cococho Alvarez?”. “Ya va, lo estoy poniendo en forma, ya lo van a ver. Ese es el que le está faltando al equipo”, contestaba el Vasco, que acertó con casi todo lo que trajo desde La Plata: Baley, Zuccarelli, Spadaro, Trullet, Mario Rodríguez, Zibecchi, Sacconi y Coscia, entre otros. Y Rubén Cheves, que dirigía la reserva y en algunas ocasiones se hizo cargo de la primera.

 

El que lo vio jugar, lo rubrica. El que no lo vio jugar, que le pregunte a su padre o a su abuelo cómo jugaba. Encontrarán las mejores definiciones del fútbol, porque si alguien le pregunta, a aquéllos que lo vieron jugar, que nombre a alguien que jugaba muy bien al fútbol, seguramente lo nombrarán a él. No tengo dudas.

 

 

 

Eran tiempos en que Colón tenía una idea de juego, un estilo que se basaba en el buen juego, en el respeto por la pelota. Alguna vez, mirando aquellas formaciones del 75, cuando el Gitano se animaba a armar un mediocampo con Mazo por un lado, Carlitos López por el otro y Cococho de “5”, y a lo sumo agregaba un cuarto volante que era, ni más ni menos, que Hugo Villarruel, le pregunté: “Cococho, ¿quién marcaba ahí?”. “¡Nadie!... ¿Para qué...? Si a la pelota la teníamos siempre...”. Era risueño cómo lo decía, porque me ponía en la piel de otros grandes emblemas sabaleros como el Bambi Aráoz, Villaverde, el Gringo Mariano, Ramón Mántaras, el Gringo Trossero, el chaqueño Zimmermann o el Negro Fernández, que eran los defensores de esos tiempos y se debían “aguantar” después la arremetida de los rivales.

 

Se fue a Colombia y tuvo una actuación deslumbrante en Deportivo Cali, que lo recordó casi con el mismo cariño que Colón. ¡Hizo 8 goles olímpicos, todo un récord! Y el último que hizo en Colón, en el 84 y ante Lanús, también fue olímpico, en el arco del Fonavi. Cococho había sido campeón del mundo con Estudiantes (era un juvenil) y se había formado allí, pero quiso volver para terminar su carrera en el club en el que se convirtió en un gran ídolo. Y hace poquito tiempo, charlando con “Carozo” Mir, admitía que en ese año se cansó de enseñarle y de meterle pelotas para que se convierta en goleador del torneo, sacándole lustre a esa zurda que todavía le respondía a un cuerpo ya gastado por el natural paso del tiempo y los casi 500 partidos profesionales disputados.

 

Como Poroto y la Chiva, se fue un emblema, un estandarte, un hombre que enarboló la bandera del buen fútbol, que sentía la camiseta y que hacía feliz a la gente. Cada rincón de ese barrio Centenario tenía algo de Cococho. Un póster en la pared, el recuerdo con los ojos felices y llorosos de algún hincha, el inimitable “sombrerito” al Choclo Regenhardt que terminó en gol a Perico Pérez en un clásico. Cada rincón del Centenario tenía algo de Cococho, tenía olor a fútbol, a gambeta, a pegada extraordinaria, a talento e identificación con la camiseta. Cada rincón del Centenario tenía el eco de aquél grito de la Santa Rosa de Lima, con las trompetas, los bombos, los redoblantes, los caramelos de Trapito y el olor a naranjas mezclado con el de cigarrillos, del que se prendía el resto del estadio: “y ya lo vé, y ya lo vé... Ese es Cococho y su ballet”.

 

Adiós Cococho, “matá” la pelota con el empeine de tu zurda, meté una pared con la Chiva y ponele un pase entre “cien piernas” para que Poroto defina... Y que deliren aquellos sabaleros con los que te encontraste en el cielo...

 

 

 

226 partidos

 

Jugó Cococho en Deportivo Cali, club que lo despidió también como uno de sus grandes ídolos. Allí anotó 35 goles y 8 de ellos fueron olímpicos.

 

213 partidos

 

Jugó Cococho en Colón durante los dos períodos (1972-1976 y 1984), marcó 45 goles.

 

Aquella noche ante River...

 

El 21 de mayo de 1975, Colón recibía a River en el Centenario. River, conducido técnicamente por Angel Amadeo Labruna, venía de una sequía de 18 años sin títulos. El Centenario “rebalsaba” de gente aquella noche y los dos equipos brindaron un espectáculo extraordinario con el 3 a 3 final como rúbrica para un enorme partido.

 

Esa noche, la gran figura fue Cococho Alvarez, por encima de destacadísimas figuras que tenía River en ese tiempo, como el Beto Alonso, Juan José López, Morete, Pedro González o Pinino Más. Cococho le hizo dos goles al Pato Fillol (le convirtió cinco en su carrera), en tanto que el Gringo Mariano, el Beto Alonso y Morete (en dos ocasiones), hicieron los cuatro restantes de un partido excepcional.

 

El Gitano Juárez puso esa noche a Costantino; Aráoz, Villaverde, Mariano y Fernández; Mazo, Zimmerman, Carlos López y Cococho Alvarez; Coscia y Saldaño. Después ingresaron Brítez y Borgna. Inolvidable.

Autor:

Enrique Cruz


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