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Sábado 31.08.2019 - Última actualización - 19:36
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Peisadillas

Radio Ja-Ja

En Faristol Altafulla (Restó Concert), junto a Joaquín Sabina y el mandamás de Radio Onda Cero, uno de los medios de “La Once”, Organización nacional de Ciegos de España. <strong>Foto:</strong> Archivo El PeisoEn Faristol Altafulla (Restó Concert), junto a Joaquín Sabina y el mandamás de Radio Onda Cero, uno de los medios de “La Once”, Organización nacional de Ciegos de España.
Foto: Archivo El Peiso

Foto: Archivo El Peiso



Peisadillas Radio Ja-Ja

Carlos Mario Peisojovich (El Peiso)


La radio fue algo así como la catapulta emocional de mis primeros sueños, las palabras que escuchaba se encajaban en mi mente como viñetas de ansiadas historietas, se reconfiguraban en mis pensamientos, flotaban con persistencia de vendedor de autos, más allá de mi profusa imaginación. Las palabras dichas por otros parlantes, o de escribientes que la radio-teatralizaban, o de voces metálicas, foráneas, intrusas, que se colaban de otros mundos imaginados, lejanos y desconocidos... Toda esa mezcla de voces intermitentes, de música de vientos y cuerdas, de cuerdas vocales impostadas, de maestros y eruditos, de musicólogos e “informólogos”, hicieron de mí lo que siempre fui. Ellos, inocentes e ignorantes de su cincel invisible, moldearon mi personalidad y tallaron con sus voces y palabras; con sus canciones y sus silencios; con su ecléctica alteridad; la más hermosa de las profesiones, el más auspiciante de los oficios, el recreo más largo, el trabajo más lindo del mundo.


Las palabras fueron siempre parte de mi tesoro, mi propiedad privada; ellas, impúdicas, siempre impudorosas y desvergonzadas de toda vergüenza, se liberaban fervorosamente del diccionario -tapa dura, varios volúmenes- para luego adueñarme y reformarlas, modificarlas a mi antojo.


Frente de mi espejo “introvisor”, algo así como mi “psicoloco” interno, una vocecita -internada en un pabellón- profanaba los significados de las palabras, eran para mí una materia maleable, moldeable, encastrable. Mis juegos de la lengua no eran otra cosa que desbarajustar los componentes de una palabra, para unirlas a otras, prefijarlas en su concepción primitiva y darle un sentido potencial, u otro sentido, o simplemente resignificarlas en algo gracioso. Palabras divertidas, detonantes de risa, “payasescas”.


La radio es magia, es conexión, pero en aquellos años infantiles, casi juveniles, la radio era vuelo, vuelo del bueno. La habitación se llenaba de ruidos, de música, era la música seria, música en vivo. La radio era música sacra en Semana Santa; la radio era ritmo de alegría en los carnavales; la radio era solemnidad estructurada, la radio era pasión de fútbol; la radio era disciplina castrense. La radio nunca fue silencio absoluto, aun en los momentos de luto.


Mi juventud se fue rebelando ante tanta afectación ceremoniosa -rasgo distintivo en cualquier juventud de cualquier lugar del mundo- no por nada aún se rememora y sobran letras al respecto, miles de libros sobre los años sesentas, en donde se habla de aquellos años de libertad, de juventud, de amor, de nuevas ideas, de nuevos paradigmas, de nuevos ritmos, de nuevos peinados, de nuevos colores y sensaciones, fueron aquellos los años que le sacaron el polvo a las ideas del mundo viejo. Fue el comienzo del mundo joven.


El año que viene, más precisamente el 27 de agosto del 2020, se van a cumplir cien años de la primera transmisión radial en vivo en la Argentina. Ya es conocida la historia del doctor Enrique Telémaco Susini, que junto a César Guerrico, Miguel Mugica, Ignacio Gómez y Luis Romero, apodados “Los locos de la azotea”, transmitieron la obra Parsifal, de Richard Wagner. Fue el principio de la Radiofonía argentina, y pionera en América Latina.


A finales de la década del sesenta la radio se transforma, y esa transformación me encuentra inmerso en ella como sujeto activo. Me siento un privilegiado de haber podido vivirla y haber sido uno de los actores que le dieron forma, aquí en Santa Fe, a esa metamorfosis; éramos parte de la “Nueva Ola” que iba en consonancia con los cambios culturales y artísticos que abarcaban todos los aspectos: teatro, cine, literatura, música, vestimenta, etc.


Aquí en Santa Fe fui testigo y de alguna manera el hacedor de la nueva radio, viví intensamente los cambios que se sucedían en esos locos y velocísimos años; pues también gracias a la radio llegué hasta España, donde tuve la satisfacción de ver, vivir y disfrutar las profundas transformaciones que acontecieron a nivel social y para-cultural que advinieron luego de la muerte de Franco.


La radio que hice en España, durante 20 años, fue un largo viaje de sueños cumplidos y fantasías descomprimidas, fue allí donde maduré la forma de deshacer palabras frente al micrófono, algunas en castellano, otras en catalán, alguna bien despierto, otras, cómodamente entumecido.


La radio fue mi teta, es mi amante, y será el sonido de mi epitafio.




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