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Domingo 01.09.2019 - Última actualización - 19:52
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Tribuna de opinión (por Néstor Vittori)

Los incendios de la Amazonia




Tribuna de opinión (por Néstor Vittori) Los incendios de la Amazonia

Por Néstor Vittori

 

Es cierto que este año hubo un mayor número de incendios en la región amazónica que años anteriores, pero los mismos no se desenmarcan de una tendencia anual que acompaña a la estación seca, y posiblemente respondan a alguna laxitud gubernamental en materia de control de la deforestación de porciones de la selva amazónica para abrir camino a la agricultura y a la ganadería.

 

El gráfico 1 muestra la cantidad de incendios anuales registrados en los últimos años.

 

 

 

No obstante, la humareda mundial que provocaron estos incendios -y no los que se registran en el África subsahariana-, básicamente impulsada por el presidente de Francia, Emanuel Macron, en realidad oculta como coartada la voluntad francesa de rechazar el acuerdo UE-Mercosur, porque la agricultura de Brasil, Argentina, Paraguay y Bolivia, se expande y compite ventajosamente con las producciones agrícolas europeas, particularmente de Francia, que pretende mantener cerrada la Comunidad como mercado cautivo de sus producciones, mientras que la agricultura africana no compite en el comercio mundial agrícola.

 

El escándalo, que puede servir para visibilizar la problemática ambiental frente al calentamiento global, en modo alguno puede responsabilizar a los países latinoamericanos en vías de desarrollo por la crisis que provoca la emisión de gases de efecto invernadero, que encuentran en las selvas húmedas sumideros de carbono que absorben los excesos provocados por los países industrializados que involucran el 70 % del total de las emisiones, con Estados Unidos, Europa y China a la cabeza.

 

Más aún, la pretensión de Macron de internacionalizar la soberanía sobre la Amazonia para preservar la selva, ignora el hecho de que Europa, para poder desarrollarse, deforestó su bosque nativo desde la Edad Media, el cual ha quedado reducido al 1 % de su superficie, utilizando en dicha tarea, en gran medida, mano de obra de los frailes Dominicos y Cistercienses.

 

Luego de muchos años de superado el colonialismo en la mayor parte del planeta, que despojó a los territorios coloniales de todas las riquezas posibles, para llevarlos a sus metrópolis y así alimentar sus procesos de industrialización, crecimiento y desarrollo, pareciera que los antiguos países coloniales, comienzan a tener una mirada de colonización pasiva, tratando de impedir el desarrollo competitivo de las producciones de las antiguas colonias, generando obstáculos a nivel de la opinión pública mundial, demonizando las actividades que tienen tal destino.

 

Peor aún, si las selvas tropicales y las selvas de lluvia son tan importantes para la salud ambiental del planeta, y por lo tanto resulta fundamental su preservación para la captación de carbono, no es menos cierto que esa preservación tiene el costo del “no desarrollo” para los países involucrados geográficamente en las mismas, lo justo sería que el conjunto de la humanidad y en particular los países emisores de la mayor cantidad de CO2, paguen la adecuada compensación por esa preservación, además de comprometerse y cumplir con la disminución de gases de efecto invernadero.

 

 

 

Hasta ahora, salvo algunas tibias iniciativas, como la de California, los países emisores y fabricantes de agentes emisores, no han avanzado en esta dirección, y particularmente Europa ha optado por financiar organizaciones no gubernamentales para que de la mano de la fundamentación ecologista se demonicen las actividades agrícola ganaderas, pero jamás a las industriales como la automotriz, o la de grandes motores de combustión interna o las que procesan carbón.

 

Creo que en esta medida, Argentina, que tiene una gran dependencia de las producciones del campo, debiera avanzar en la identificación y trazabilidad de los recursos financieros que alimentan a las ONGs ecologistas para conocer si sus orígenes son tan santos como predican sus cultores.

 

Lo justo sería que el conjunto de la humanidad y en particular los países emisores de la mayor cantidad de CO2, paguen la adecuada compensación por esa preservación, además de comprometerse y cumplir con la disminución de gases de efecto invernadero.

 

Si las selvas tropicales y las selvas de lluvia son tan importantes para la salud ambiental del planeta, y por lo tanto resulta fundamental su preservación para la captación de carbono, no es menos cierto que esa preservación tiene el costo del “no desarrollo” para los países involucrados geográficamente.


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