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Miércoles 04.09.2019 - Última actualización - 22:16
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Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau)

No se puede vivir del amor

En este texto, el autor analiza una serie de canciones del compositor Andrés Calamaro en relación a ciertas experiencias de la práctica psicoanalítica. <strong>Foto:</strong> Ilustración: Lucas CejasEn este texto, el autor analiza una serie de canciones del compositor Andrés Calamaro en relación a ciertas experiencias de la práctica psicoanalítica.
Foto: Ilustración: Lucas Cejas

Foto: Ilustración: Lucas Cejas



Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau) No se puede vivir del amor

Por Luciano Lutereau

 

Andrés Calamaro es más que un músico. Para mí es también un psicoanalista. Sus canciones me ayudaron mucho en estos años para entender algunas de las circunstancias que escucho en el consultorio. Por ejemplo, él le dice que no y ella entiende que la rechaza. Como respuesta a esta decepción ella se enoja y adopta la actitud orgullosa de hacerle sentir su falta. Se hace buscar, le expone que su amor es dispensable y puede ser de otros, le muestra que puede perderla. Pero él no la rechazó, sí le dijo que no. Le pide perdón, como en la canción de Andrés “Ok, perdón”: “Yo no quise lastimarte, solamente te dije que no”. Pero ella entiende que él la rechaza, y así justifica su pequeño resentimiento. Obtiene el goce del despecho, y luego se arrepiente, se siente sola y va a buscarlo. Porque su enojo no la separa, sino que la une a él, más que el amor. “Como odian los amantes”, dice la canción de ese otro psicoanalista que es Joaquín Sabina. Pero él no la rechazó, solo le dijo que no. Y ella no puede escucharlo a él solo, sino que escucha su rechazo. Él le habla con el corazón, incluso cuando le dice que no. Pero ella escucha su propia fantasía (me rechaza) y responde con su síntoma (la venganza). Así durante años de análisis. Poder escuchar, alguna vez, esa negativa de un modo diferente, que no sea una privación, puede ser un buen final. Y el inicio de otro amor.

 

Otra canción. Muchas personas se quejan de que no pueden terminar cosas, de que las dejan por la mitad, etc. Entonces vienen a análisis para hacerse autorizar la fantasía de que concluir algo sería llegar hasta el final prescripto, cumplir obsesivamente, llegar hasta la última página de un libro, la última clase de un curso, recibirse, como si el fin fuera una finalización. A veces aprenden que dejar algo por la mitad puede ser un fin también, no por falta de constancia, sino porque ya fue suficiente; y que mucho más importante que una perseverancia imposible (idealizada en otros) es decir que no a tiempo y con convicción. La gente que termina las cosas tal como se las propone no necesariamente es sana. Pueden ser robots. Como dice mi amigo Calamaro: “Todo lo que termina, termina mal, poco a poco; y si no termina, se contamina más, y se cubre de polvo”. ¡Todo termina por la mitad!

 

Pienso ahora en algo que ocurrió en un grupo de estudio: una mujer dice que un varón es quien obedece a cambio de amor. Otra pregunta en chiste: “¿Esa no es la definición de mascota?”. Yo recuerdo entonces la canción en que Andrés dice haber sido un “perro compañero”. Luego recordamos la novela de Paula Pérez Alonso “No sé si casarme o comprarme un perro”. Entonces pensamos la relación entre la función de marido y el animal doméstico. Así pensamos también la resistencia de ciertos varones a escuchar a sus mujeres: “obedecer” viene de “ob/audire” (oír). Alguien mencionó a Ulises y las sirenas. Finalmente, pensamos que la función de marido es diferente a la del obsesivo: ambos cumplen, pero el primero escucha; mientras que el segundo hace para no oír. A lo mejor puede ser un buen destino en el análisis de ciertos varones: que enlacen su obsesión a la función de maridos, otro modo de hacer con el síntoma, de domesticarlo.

 

Por último, una vez una mujer me dijo: “Cuidate mucho de necesitar el amor” y fue un consejo muy apropiado. Recién me doy cuenta de que esas palabras son el anverso de un consejo que suelo dar: “No le pidas al amor lo que no puede dar”. El reverso es la canción de Calamaro: “Una guerra no se puede ganar con amor, una casa no se puede comprar con amor”. No se puede, ¡el amor es impotente para tantas cosas! Los mejores amores llegan cuando no se los necesita; necesitar demasiadas cosas y enamorarse es un peligro: de lastimarse uno, de dañar a otros.

 

La madurez de un artista comienza en el momento en que empieza a citarse a sí mismo, ya sea para reírse, para demostrar una obsesión, no importa, lo cierto es que en esa persistencia expone el punto en que su obra muerde en su intimidad. En las letras de Calamaro, si hay un objeto con una carga semántica enorme es el “pantalón”. Desde la frase emblemática de su primer éxito (“Tengo un cohete en el pantalón”) hasta “cuando te conocí miré por un agujero en tus pantalones”, Calamaro es un sastre que hace del pantalón un escondite, un lugar para guardar misterios, una insignia (como el traje del cadete del colegio militar, del que dijo estar enamorado). A mí el pantalón que me gusta más es el de “El chino”, canción que canta con Celeste Carballo. Porque retoma su primera frase y la modifica, pluraliza y generaliza tiernamente: “Todos tenemos una debilidad en el pantalón”. Me gusta que use la preposición “en”, indicador de lugar. El espacio (de los pantalones) es el alma de las canciones de Calamaro, quizá por eso lo podemos imaginar como un salmón movedizo contra la corriente.

 

Andrés Calamaro es más que un músico. Para mí es también un psicoanalista. Sus canciones me ayudaron mucho en estos años para entender algunas de las circunstancias que escucho en el consultorio

 

La madurez de un artista comienza en el momento en que empieza a citarse a sí mismo, ya sea para reírse, para demostrar una obsesión, no importa, lo cierto es que en esa persistencia expone el punto en que su obra muerde en su intimidad.




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