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Jueves 05.09.2019
22:52

Crónicas sueltas (por Rogelio Alaniz)

Las Paso, Sarmiento y el "alma popular"

Domingo Faustino Sarmiento. <strong>Foto:</strong> Archivo El LitoralDomingo Faustino Sarmiento.
Foto: Archivo El Litoral

Foto: Archivo El Litoral



Crónicas sueltas (por Rogelio Alaniz) Las Paso, Sarmiento y el "alma popular"

Por Rogelio Alaniz

 

PRESENTACIÓN

 

Me sorprenden, y de alguna manera me confunden, algunas circunstancias de los procesos electorales, ciertos comportamientos de las denominadas clases populares y los vínculos de lealtad que estas clases sostienen con sus jefes o con sus propios prejuicios. Vamos a los ejemplos. La Matanza fue gobernada por el peronismo desde 1973 a la fecha. Un señor de 45 años nació y vivió en ese barrio, distrito o como lo quieran llamar, bajo gestiones peronistas. A juzgar por los índices sociales no la pasó bien. Violencia, discriminaciones, explotación en algunos caso semiesclava; este señor caminó por calles que se parecían a pantanos infectos, careció en muchos casos de luz, de agua, de cloacas; la misma pobreza padecieron sus padres y el mismo horizonte de miseria, delito y vicio aguarda a sus hijos. Sin embargo, en la mayoría de eso casos ese hombre, esa mujer, votó y vota al peronismo. ¿Qué pasa con ese hombre? ¿No encuentra nada mejor, se ha resignado que la vida es “naturalmente” así y que lo más inteligente que se puede hacer es someterse al puntero, al jefe, al patrón o al caudillo?. En la Villa 31 el gobierno de Cambiemos les dio escuelas, dispensarios e incluso la propiedad del terreno; les asfaltó las calles y a muchos les entregó viviendas a pagar a precios irrisorios. Sí, le dieron casas. Y la declaración de un beneficiario es que estaba todo bien pero el piso era de cemento alisado y no de baldosas, lo que ponía en evidencia la mala fe del gobierno. No es novela. La casa no tenía valor, por lo menos no era lo más importante, porque lo más importante era que la casa no tenía piso de baldosas. Y por eso votó al peronismo y -así lo dijo- porque la casa que le entregaron carecía de las comodidades que él consideraba indispensables. Mayoritariamente ese barrio de gente, hundida en la mayoría de los casos en la miseria más atroz y abyecta, gente resignada a padecer las amenazas del rufián, el puntero, el político demagogo, mayoritariamente repito, esa gente votó por el peronismo. No soy el único que se hace esa pregunta. Tampoco el primero. Indagar qué pasa con las clases populares, cuáles son sus necesidades, sus mitos, sus exigencias y también sus miserias, es un trabajo arduo que se han propuesto políticos e intelectuales. Sarmiento, sin ir más lejos, le pregunta a Facundo Quiroga por ese secreto, el secreto “que desgarra las entrañas de un noble pueblo: “Tú lo conoces, revélalo. Pero ya que estamos con Sarmiento, conviene contar ese momento que él percibe durante un alto de las tropas del Ejército Grande, pocos días de llegar a Buenos Aires para librar la batalla de Caseros. Imaginemos la llanura, la oscuridad apenas matizada por el silencio helado de las estrellas y el fuego de las fogatas alrededor de los cuales grupos de soldados conversan, comen, preparan las armas y esperan. Sarmiento desde algún lugar de la noche presta atención a los soldados que pertenecieron al ejército de Oribe. Esos soldados eran seguidores de Rosas y en esa condición viajaron a Uruguay para guerrear bajo las órdenes del “federal” Oribe. De pronto, Oribe y Rivera arriban a un acuerdo -o los obligan a acordar- y esos soldados, que siempre fueron rosistas, se suman por decreto al Ejército Grande que marcha hacia Buenos Aires para derrotar a Rosas. Volvamos a esa noche. Sarmiento los ve, contempla sus rostros, sus gestos, sus indumentarias de mazorqueros federales, saca el cuaderno de su mochila de viajero y empieza escribir porque en ese momento percibe algo que en literatura se llama iluminación o revelación o sencillamente percepción, algo que nace de un hecho real pero que adquiere una singular universalidad y que 180 años después nos sigue transmitiendo el mismo asombro, la misma perplejidad y tal vea la misma impotencia. Escuchemos a Sarmiento.

 

CAMPAÑA DEL EJÉRCITO GRANDE

 

“... fisonomías graves, como árabes y como antiguos soldados; caras llenas de cicatrices y de arrugas. Un rasgo común a todos, casi sin excepción, eran las caras de oficiales y soldados. Diríase al verlos, había nevado sobre las cabezas y las barbas de todos ellos. La mayor parte de los cuerpos que sitiaban hasta hace poco antes a Montevideo, habían salido de Buenos Aires en 1837 y desde entonces ninguno, soldados, clases ni oficiales, había obtenido ascenso o recompensa alguna. ¡Qué misterios de la naturaleza humana! ¡Qué terribles lecciones para los pueblos!. He aquí los restos de diez mil seres humanos que han permanecido casi diez años en la brecha, combatiendo y cayendo uno a uno, todos los días, ¿por qué causa?, ¿sostenidos por qué sentimientos? Los ascensos son un estímulo para sostener la voluntad del militar pero aquí no hay ascensos, a pesar de que todos podemos ver esos cuerpos de tropa sin jefes y aún, sin oficiales. Por todas partes había claros que llenar y no se llenaban. Y los mil postergados, nunca trataron de sublevarse!!. Nunca murmuraron. Estos soldados y oficiales, durante diez años carecieron del abrigo de un techo y nunca murmuraron!!. Comieron sólo carne asada en escaso fuego y nunca murmuraron!!. La pasión del amor, poderosa e indomable en el hombre como en el bruto, la que perpetúa la sociedad, estuvo comprimida diez años y nunca murmuraron!!!. La pasión de adquirir, como la de elevarse, no fue satisfecha en soldados ni oficiales subalternos por el saqueo, ni entretenida por un salario que llenase las más reducidas necesidades y nunca murmuraron!!. Los afectos familiares fueron extinguidos por la ausencia interminable. Los goces de las ciudades casi olvidados; todos los instintos humanos atormentados y nunca murmuraron!!. Matar y morir: he aquí la única facultad despierta en esta inmensa familia de bayonetas y de regimientos y sus miembros, separados por causas que ignoraban, del hombre que los tenía condenados a este oficio mortífero y a esta abnegación sin premio, sin elevación, sin término, tenían por él, por Rosas, una afección profunda, una veneración que disimulaban apenas. ¿Qué era Rosas para estos hombres? O, más bien, ¿qué seres había hecho de los que llevó a sus filas, convirtiéndolos en máquinas indiferentes al sol, la lluvia, las privaciones, la intemperie, los estímulos de la carne, el instinto de mejorar, de elevarse, de adquirir y sólo activos para matar y recibir la muerte?. Y aun en la administración de la sangre había crueldades que no sólo eran para el enemigo. No había ni hospitales ni médicos. Poquísimos son los inválidos que se han salvado de entre estos soldados. Con la pierna o el brazo fracturados por las balas, iba al hoyo el cuerpo, atacado por la gangrena o las inflamaciones. ¿Qué era Rosas, pues, para estos hombres?, ¿qué sentimientos de lealtad y de amor a una causa les había inspirado?...”

 

A MODO DE CONCLUSIÓN

 

Supongo que no es necesario advertir sobre las diferencias existentes entre 1852 y 2019. Pero también supongo que la historia no solo estudia lo que cambia sino lo que permanece. Y lo que en este caso me importa destacar son ciertas modalidades del sometimiento de las clases populares y ciertas modalidades de ejercer el poder y la dominación de las elites dirigentes. Sarmiento en el texto citado, como en el texto de “Facundo”, admite que no tiene respuestas a los interrogantes que le plantea la vida. Justamente él que se presenta como le pregonero de la civilización y el progreso, que se jacta de saber lo que es necesario hacer en estas tierras, reconoce y esta relación tensa con los rigores de la realidad, rigores que incluso lo contradicen -y lo asombran- es uno de los “encantos” más perdurables de Sarmiento. No creo forzar demasiado la realidad ni manipular el pasado si postulo (con las relativizaciones del caso) que estos interrogantes de Sarmiento se reproducen una y otra vez en nuestro itinerario histórico y en nuestro desconsolador presente político.

 

Sarmiento (...) admite que no tiene respuestas a los interrogantes que le plantea la vida. Justamente él que se presenta como le pregonero de la civilización y el progreso, que se jacta de saber lo que es necesario hacer en estas tierras, reconoce esta relación tensa con los rigores de la realidad (...).”




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