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Sábado 07.09.2019 - Última actualización - 14:49
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Rubén Rossi, de Barranquitas a la gloria

"Yo fui un colado en un equipo de estrellas"

Su identificación con Menotti fue tan plena que hoy, luego de 40 años, el Flaco lo tiene como una de sus “mano derecha” en la escuela de entrenadores. Aparecía tímidamente en aquella reserva de Colón y de ahí al estrellato, cuando todavía era un pibito al que le gustaba prenderse en los picados de su barrio.

Esta foto tiene casi 40 años. Fue el día en que Rubén regresó de Tokio, ya campeón del mundo. Allí están sus padres escuchándolo y el por entonces presidente de Colón, el doctor Eugenio Marcolín. <strong>Foto:</strong> Archivo El LitoralEsta foto tiene casi 40 años. Fue el día en que Rubén regresó de Tokio, ya campeón del mundo. Allí están sus padres escuchándolo y el por entonces presidente de Colón, el doctor Eugenio Marcolín.
Foto: Archivo El Litoral

Foto: Archivo El Litoral



Rubén Rossi, de Barranquitas a la gloria "Yo fui un colado en un equipo de estrellas" Su identificación con Menotti fue tan plena que hoy, luego de 40 años, el Flaco lo tiene como una de sus “mano derecha” en la escuela de entrenadores. Aparecía tímidamente en aquella reserva de Colón y de ahí al estrellato, cuando todavía era un pibito al que le gustaba prenderse en los picados de su barrio. Su identificación con Menotti fue tan plena que hoy, luego de 40 años, el Flaco lo tiene como una de sus “mano derecha” en la escuela de entrenadores. Aparecía tímidamente en aquella reserva de Colón y de ahí al estrellato, cuando todavía era un pibito al que le gustaba prenderse en los picados de su barrio.

Cada uno tendrá su propia experiencia personal de aquéllos días. En mi caso, el “faltazo” al colegio para ver los partidos (aunque estoy seguro de que el día de la final hubo asueto). Y así cada uno tendrá el suyo. Héctor Vega Onesime, ex director de la revista El Gráfico, recuerda lo que el Flaco Menotti le decía en esos tiempos: “Este equipo me pone loco”, era la frase de un hombre que ya era campeón del mundo, que estaba en la cima pero que se emocionaba viendo jugar a esos chicos. Cuenta también la historia que, el día de la final, su charla técnica fue muy simple: “Señores, ustedes, para mí, ya son campeones. Ustedes han dejado en alto las banderas del fútbol argentino, ustedes jugaron el fútbol que les gusta a los argentinos. Háganlo en este partido. El resultado no me va a importar. Si ganan o pierden me da igual. Salgan y jueguen el fútbol que saben jugar”. Y cuenta también la historia, que al santafesino Rubén Rossi un día lo retó porque había “reventado” la pelota adentro del área. “Rubén, la próxima vez le tira un ‘sombrerito’ al ‘9’ y sale jugando con cabeza levantada. ¿Me entendió?”, le dijo.


—¡Ya 40 años Rubén...!


—Yo fui un colado en un equipo de estrellas. Disfruté muchísimo del jugador más grande de todos los tiempos que alguna vez ví en una cancha y del mejor entrenador de todos los tiempos. Vivo con mucha alegría y emociones este momento, porque se me mezcla mi viejo y tanta gente que estuvo al lado mío. Ese equipo quedó en la memoria poética porque nos emocionó, nos hizo felices a todos los argentinos. Y eso me pone bien.


—¿Es verdad que Duchini fue a ver un partido de reserva entre Newell’s y Colón en el Parque Independencia, porque tenía el dato de Juan Simón, y cuando volvió a Buenos Aires le dijo al Flaco Menotti que te convoque?


—No te puedo asegurar que fue absolutamente cierto, pero es verdad que fueron a verlo a Simón y a Rolando Barrera, es verdad que yo jugué ese partido de reserva y es verdad que a la semana siguiente me convocaron. También es cierto que la primera práctica, que fue en el viejo Gasómetro de avenida La Plata, fue también la primera de Menotti. Y hay otra historia que el Flaco siempre me cuenta.


—¿Cuál?


—Vos sabés que compartimos largas sobremesas con él, cada tanto, un miércoles a la noche en Buenos Aires, porque formo parte de su escuela de entrenadores. Y él me confesó en varias oportunidades que todos le decían que no agarre el equipo, que no nos dirija, que no tire por la borda lo que había conseguido el año anterior.


—¿Y cómo justifica que no les hizo caso?


—Siempre dice: “Yo ví enseguida los jugadores que había y en lugar de perder el prestigio, estaba seguro que lo iba a acrecentar”.

 

 

—¿Ustedes fueron, realmente, el reflejo fiel del fútbol que le gusta a los argentinos?

 


—Pienso que sí y que hay que recuperar ese concepto. La picardía y la inteligencia es lo que venían a comprar los europeos... Mirá, las cenizas de mi viejo están tiradas en la cancha de Unión, él fue entrenador de los dos y yo jugué en Colón y fui coordinador de los dos. Yo representé el fútbol de Santa Fe, el de la canchita del puente, de las vías de Barranquitas. En esa canchita, si daba dos pases mal, mis amigos me miraban y me decían: “si errás el tercer pase te sacamos del equipo”. Eso fui a hacer en ese equipo. Y ahora veo jugadores que erran 40 pases por partido.


—Hablando de Barranquitas, ¿te acordás esa noche que llegaste de regreso a Santa Fe y la multitud que te esperaba en tu casa?


—Cuando salgo campeón del mundo, llegué a Santa Fe y tardé dos horas en llegar desde Sauce Viejo hasta la casa de mis viejos, en Barranquitas. Al día siguiente, El Litoral me pidió que vaya al Diario, que quedaba en San Martín entre La Rioja y Eva Perón. Mi viejo me dice que dejemos el auto y vayamos caminando por la peatonal. Y yo le dije: “¿vos estás seguro?”, sí, me contestó. Bajé y me dice: “Ahora caminemos y vamos a ver cuántos te saludan a vos, que sos campeón del mundo, y cuántos a mí, que no gané nada”. Llegamos al Diario y a él lo habrán saludado 50 personas, y a mí 4. Entonces me dijo: “viste que es más importante ser buena persona que ser campeón del mundo”. Una enseñanza más que me dejó mi viejo.


—Volvamos a aquélla identidad...


—Los campeonatos no son una obligación, son una aspiración. Importan los caminos y nosotros, a eso, lo teníamos bien claro. Queríamos jugar bien, por sobre todas las cosas. Y así, una noche nos encontramos conque éramos campeones del mundo.


—¿En qué pensas cuando ves un paritdo del fútbol argentino?


—El otro día ví el superclásico y me llamó la atención que los únicos que gambeteaban eran el uruguayo De la Cruz y el extranjero de Boca. Lo hablamos con el Negro Enrique, que anda por acá y justamente llegamos a esa conclusión, que en el fútbol argentino se está perdiendo la técnica, la improvisación, la imaginación. Y todo eso en pos de llegar al resultado de cualquier forma. Yo me río cuando se dice que “hoy hay que ganar cómo sea”. Y pregunto: “¿mañana no?”.


—Creo que con Pekerman se revitalizó al fútbol de juveniles y no lo digo por los títulos logrados. ¿Y ahora?


—Ahora hay que empezar por el fútbol infantil, ya ni siquiera hablo del fútbol juvenil. El niño tiene que aprender a jugar a la pelota, pero resulta que a los niños les inculcan trabajo, trabajo y trabajo. Si eso no lo cambiamos, el futuro del fútbol argentino es muy negro.


—Volvamos a lo que pasó hace 40 años. ¿Cómo fueron las horas previas al partido final?


—Muy tranquilas. Nosotros eliminamos a Yugoslavia, que estaba compuesta por cuatro o cinco países y la final no fue con Rusia, fue con la Unión Soviética, que tenía un montón de paises bajo su órbita. Nosotros no nos juntamos 20 días y fuimos a Tokio. Yo ya tenía 30 partidos amistosos arriba, más el Sudamericano de Montevideo. Nosotros fuimos sin el profesor Pizzarotti, pero estábamos muy bien preparados. Cuando le ganamos a Uruguay, en la semifinal, nos sentimos campeones del mundo.


—¿Viste otra vez aquélla final?


—El otro día y por primera vez, en la escuela de entrenadores y con el Flaco Menotti, que tampoco la había visto. Ibamos perdiendo 1 a 0 y teníamos un tiro libre a favor nuestro y no tiramos el centro a ver qué pasaba, salimos jugando. Sabíamos que en cualquier momento, los delanteros nuestros metían un gol.


—La última y no es una pregunta, sólo te voy a mencionar un nombre: Ernesto Juan “Cococho” Alvarez.


—Persona extraordinaria, me enseñó muchísimo, Cococho no me hablaba de neurociencia, de biomecánica, me enseñaba de qué manera había que jugar bien al fútbol. Recuerdo que me decía: “es más importante pegarle bien a la pelota que correr como un tarado”. No fue todo lo bien reconocido que debió serlo. Fue un aprendizaje inagotable para mí. Me ayudó mucho, al igual que Roberto Marioni, “Pilín” Acosta y Mauricio Chiementín, que trajeron la mayoría de los chicos que luego triunfaron. Hicieron un gran trabajo. Me golpeó mucho su muerte, lo mismo que me pasó con José Curti en River, un discípulo de Carlos Peucelle, que me enseñó mucho de fútbol formativo.

Autor:

Enrique Cruz




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