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Miércoles 02.10.2019 - Última actualización - 12:31
12:25

Patricio Loustau, el juez del clásico

"Disfruto todo, hasta de lustrar mis botines"

Será para el “Pato” su cuarto clásico consecutivo en la cancha de Unión. “Siempre hablo con los jugadores en el medio de un partido”, cuenta el hijo del “Pichi”.

El hijo del “Pichi” </BREVES TXT>“Eran charlas muy futboleras las que tenía con mi viejo. Ahora, a la distancia, me veo muy irreverente. Recién empezaba el curso, tenía 20 años, y veíamos un partido y él decía “no fue nada”. Y yo lo contradecía: “Fue falta”. Tenía razón él. Me explicaba y argumentaba de tal manera que fui aprendiendo mucho”, dice el juez de Unión-Colón. <strong>Foto:</strong> Manuel FabatiaEl hijo del “Pichi” “Eran charlas muy futboleras las que tenía con mi viejo. Ahora, a la distancia, me veo muy irreverente. Recién empezaba el curso, tenía 20 años, y veíamos un partido y él decía “no fue nada”. Y yo lo contradecía: “Fue falta”. Tenía razón él. Me explicaba y argumentaba de tal manera que fui aprendiendo mucho”, dice el juez de Unión-Colón.
Foto: Manuel Fabatia

Foto: Manuel Fabatia



Patricio Loustau, el juez del clásico "Disfruto todo, hasta de lustrar mis botines" Será para el “Pato” su cuarto clásico consecutivo en la cancha de Unión. “Siempre hablo con los jugadores en el medio de un partido”, cuenta el hijo del “Pichi”. Será para el “Pato” su cuarto clásico consecutivo en la cancha de Unión. “Siempre hablo con los jugadores en el medio de un partido”, cuenta el hijo del “Pichi”.

Mario Rodríguez / Enganche - deportes@ellitoral.com

 

—¿Tu papá (Juan Carlos, dirigió el Mundial de Italia 90) influyó en tu decisión de ser árbitro?

—No, no, mi viejo me dio mucha libertad. Soy súper futbolero. Veo desde el Ascenso hasta la Champions League, las Copas Libertadores, Sudamericanas, el fútbol local. Mi primer juguete fue una pelota. Sí puedo decir que a mi viejo lo vi disfrutar mucho del fútbol y del arbitraje. Él me pasó esa sangre futbolera y ahí decidí yo hacer el curso de arbitraje.

 

—Hablás de disfrutar el fútbol y me cuesta asociarlo con el arbitraje. Al menos desde afuera parece que el árbitro es alguien condenado a los insultos, las críticas o las agresiones, pero nunca a la idolatría.

—Yo disfruto mucho el adentro de la cancha. Y también de lustrar los botines, imaginar el color de camiseta que voy a usar, la llegada al estadio, empezar a mirarlo desde lejos, si es de noche ver las luces, todo eso que disfrutaba desde pibe me sigue encantando. Cuando el patrullero me acerca a la cancha, a veces cuando voy por primera vez a dirigir al exterior, voy pensando si estaremos llegando y de pronto la veo ahí. No importa si es cancha chica o grande, a mí me emociona igual ese momento. Averiguo antes quién jugó o dirigió en ese estadio. Disfruto el olor a césped, el sonido del golpe a la pelota, los cánticos de la gente. Y ver jugar a los futbolistas.

 

—¿A quién te impactó ver jugar ahí, al lado tuyo?

—Neymar es impactante. Pareciera que va en el aire, a diez centímetros del suelo.

 

—¿Incluso con la presión y en la vorágine de dirigir vos podés disfrutar de ver a un jugador?

—Ahora más que antes.

 

—¿Por qué los árbitros dicen que juegan el partido?

—Porque se trata de este sentimiento: de sentirlo, de jugarlo. Tu partido tiene estrategia, también. El cuarteto de árbitros es el tercer equipo adentro de la cancha.

 

—¿Tu estilo lo adaptás al partido, a los equipos o a la circunstancia?

—Siento que he trabajado mucho en buscar un estilo propio. Pero también el árbitro debe ser adaptable a situaciones. Es positivo que los árbitros vean mucho fútbol, porque los partidos te alimentan de situaciones que ocurren repetidamente. Hace poco me tocó un encuentro en el que en los primeros 20 minutos el equipo visitante salió a ejercer un rigor y entiendo que lo hizo porque sentían que podían equiparar al conjunto local desde ese lugar: corriendo, trabando el juego, porque, quizás, no se sentía en igualdad en la cuestión técnica. Salió a plantear ese tipo de juego y yo lo percibí. El árbitro debe olfatear cómo viene la situación en los primeros cinco o diez minutos, más todo lo que ya vio previamente. En ese partido, a los 20 minutos, saqué la segunda amarilla y entonces el partido a nivel disciplinario se planchó. Tuvo que ver también con los futbolistas. Pero fue clave la segunda amarilla. A partir de ahí, se vieron solamente cuestiones tácticas y técnicas.

 

—¿Cómo trabajás en la fortaleza mental para superar el error?

—Es el tiempo, es la experiencia. Y el respeto que te vas ganando. Es gratificante percibir el respeto que tengo de parte de los jugadores y de los que designan a los árbitros. Hay jueces para cada partido, no para todos los partidos. Hay árbitros a los que les cae justo un partido con determinadas características.

 

—¿Hiciste terapia?

—En algún momento tuve algunas charlas y trabajé con coaching, con Ignacio Bossi, con quien tuve charlas muy positivas para mí. Cosas nuevas que ayuden a estar bien y charlas con gente que no es del palo del arbitraje sirve y mucho, abre la cabeza. Por ejemplo, con gente del arte, de la música, con un científico. Todo sirve para ver cómo tomar decisiones.

 

—¿Qué te aportaron los artistas?

—La empatía de saber que hay similitudes de estar arriba de un escenario y estar adentro de la cancha. Ellos terminan súper transpirados, yo termino cansado. La adrenalina que corre es tremenda.

 

—¿Cómo sabe un árbitro si la profesión es o no para él?

—Si te mueven un poco el alambrado y vos empezás a no querer correr cerca de la línea de cal, entonces es una actividad que no es para vos.

 

—¿El jugador argentino es el más complicado para dirigir?

—Es bravo, es bicho, es conocedor del árbitro, sabe qué estrategia usa para el juego. Están educados así desde chicos. Vas a categorías de inferiores y ves las protestas de chicos de sexta, de quinta. Alguna vez me tocó dirigir en inferiores y ya veía marca hombre a hombre. ¿Cómo puede ser? Yo tengo un concepto muy lúdico en la etapa formativa. El futbolista a veces ya es formado en la protesta. Por eso digo que dirigir en la Argentina es como hacer un máster en una importante universidad del mundo. Si vos dirigiste en la Argentina, podés dirigir en cualquier lado.

 

—¿Les hablás a los jugadores?

—Sí, siempre. Si en 7.000 metros cuadrados no hablamos, nos chocamos. Somos 23 más dos que corren por las bandas, más el cuarto árbitro, más los técnicos que están cerca. Somos 28 ó 29 tipos que tenemos que hablarnos. Creo que una palabra a tiempo puede solucionar muchas cosas. Fui formado para convivir en el disenso. Un llamamiento para explicarle al futbolista que está al límite puede hacer que el futbolista que no está superado en adrenalina, que tenga experiencia, lo pueda entender. Pero si la primera patada que pega reúne todas las condiciones para ser amonestado o expulsado, hay que hacerlo. En este fútbol de hoy, de tanta vorágine, de velocidad, tan físico, el árbitro tiene que estar preparado para lo inesperado.

 

—¿Te intentaron sobornar alguna vez?

—Jamás. Yo soy de los que creen que en el desarrollo del tiempo la gente conoce la historia personal de los que integramos este mundo. Me genera orgullo que no lo hayan intentado nunca. Sé quién soy. Yo puedo ponerme adelante de cualquiera y no le bajo la mirada a nadie. A nadie. Aun habiendo cometido errores.

 

—¿Ves después los partidos que dirigiste?

—Veo todos, por lo menos dos veces. El segundo partido que dirigí en la C fue Excursionistas-Comunicaciones, un clásico de la categoría. ¿Sabés cuántas vueltas di para conseguir ese VHS? ¡Y lo tengo! Tengo un montón de videos de aquella época guardados en bolsas. Siempre tuve interés por mirar los partidos pura y exclusivamente para ver si cometí algún error y así poder corregirlo a futuro.

 

—¿Y si ves un error te mortificás?

—Antes sí, ahora menos. Es enfrentar con valentía la posibilidad de encontrar un error. Si en un trayecto de la cancha a mi casa ya supe por gente que a uno lo quiere de verdad que hubo un error, hago pecho y corazón y lo miro para ver la razón por la que cometí ese error. Puede ser porque me ubiqué mal, porque justo me tapó un jugador o por un error de interpretación.


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