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Jueves 03.10.2019 - Última actualización - 13:16
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Tribuna de opinión (por María Teresa Rearte)

Pobreza

 <strong>Foto:</strong> Archivo El Litoral
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Tribuna de opinión (por María Teresa Rearte) Pobreza Sobre una población urbana de 40.500.000 personas, 14.400.000 son pobres, de las cuales 3 millones serían indigentes. Si se incluye a la población rural, el número de pobres se eleva a 15.800.000 personas. 

Por la Prof. María Teresa Rearte

 

En plena campaña electoral en la que se repiten eslóganes sin sentido, leía en “Clarín” los datos de la pobreza. Sobre una población urbana de 40.500.000 personas, 14.400.000 son pobres, de las cuales 3 millones serían indigentes. Si se incluye a la población rural, el número de pobres se eleva a 15.800.000 personas. Y son datos oficiales. En tanto que para el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, el índice de pobreza podría llegar al 40 % a fin de año, porque para Agustín Salvia, director de la mencionada institución académica, el proceso “todavía no llegó a su techo”.
Las principales víctimas de la crisis: el 52,6% de los niños son pobres. 
Es para pedir perdón a Dios y a los pobres, porque esta realidad social clama justicia al Cielo.

 

¿Y todavía ninguno de sus asesores le sugirió al presidente Macri algún otro eslogan más que el “sí, se puede” para hacer campaña? ¿Esto es lo que se puede? ¿Y todavía hay argentinos que siguen detrás de él repitiendo lo mismo en tono de festejo?

 

¿A quién va a culpar el presidente por esta realidad luego de casi cuatro años de gobierno, que según sus propias exposiciones tenía “equipos”?
Y todavía hubo quienes tergiversaron groseramente la homilía del Arzobispo de Salta, durante la celebración del Señor y la Virgen del Milagro, por mostrarle los rostros y la dignidad de los pobres que participaban de la festividad religiosa. E incluyendo a todos los políticos presentes. Sobre los pobres también dijo: “Ayer cuando veía a los mineros, son gente humilde, trabajan en la Puna, vinieron caminando con 15 grados bajo cero, es gente que trabaja horas y horas en situaciones de inclemencia para darle riqueza a la República. En el caso de ellos, vienen juntos el dueño de la mina, el gerente y el último de los mineros...”. Y destaco especialmente lo que sigue: “¿No es posible venir juntos caminando por la historia?”. A mí me pareció bellísima esta parte de la homilía, que algunos medios no la reprodujeron. ¿Quizás porque preferían sembrar discordia? 

 

Lamento que la “ética política” sea para algunos criticar al oponente. Y pasarse por alto que la razón de ser del poder político es el bien común. Y a ello deberían dedicarse. De cómo lograrlo deberían exponer en la campaña pre-electoral. Sobre todo teniendo en cuenta que prudencia y justicia son las virtudes específicas del gobernante. Para que la actividad política recupere su perdida dignidad es un imperativo que la función de gobernar responda a las elevadas exigencias humanas que ese desempeño implica y requiere de quien la ejerce. Porque los números y el pronóstico enunciado dan cuenta de una concepción degradada de la praxis política y de la economía totalmente especulativa y olvidada de que debe servir para la vida del hombre. 

 

Agustín Salvia recientemente afirmaba que “las políticas de asistencia son insuficientes para sacar a la gente de la indigencia. Se necesita mucho más que la emergencia alimentaria.” No obstante, la señora Patricia Bullrich, Ministra de Seguridad de la Nación, decía refiriéndose a los pobres y la emergencia alimentaria que “si pasan hambre, tienen comedores y una cantidad de lugares donde poder ir y no pasar hambre.” Como si esos comedores escolares, parroquiales, etc. pudieran paliar la necesidad del alimento. Y fueran el lugar que corresponde y no la mesa familiar, que se comparte cuando el padre y/o la madre tienen trabajo. Esa es la otra cara de la pobreza, el desempleo, que incluso conduce a la disolución del matrimonio y la desintegración familiar.

 

A propósito de lo antes expuesto quiero mencionar que ya el Papa Pío XI (1857-1939), cuyo pontificado se extendió entre los años 1922 y 1939, decía en la encíclica “Divini Redemptoris” (19/03/1937), que “no ha de ser recibido como limosna lo que corresponde por derecho”. Sería conveniente que la Ministra Bullrich lo supiera y reflexionara sobre sus conocidas declaraciones mediáticas. Esta concepción egoísta del hombre, esta ética individualista y antisolidaria, es lo que menos se espera de un “ministro” de la Nación, colaborador inmediato del señor presidente. 

 

Hoy el mundo reconoce que la aspiración universal a la justicia es una tendencia inalienable del hombre. Pero no la practica el gobierno de un presidente que -según dicen- nos ha conducido a un reencuentro con el mundo. Y no es que -personalmente- extrañe las relaciones internacionales del gobierno que le precedió. Sino que lo digo porque no es necesario hablar desde la fe para reconocer la demanda de justicia. Es suficiente la razón para fundamentarla y exigirla. Lo que no quita que la fe enaltece el reconocimiento de la dignidad y el valor del hombre, de todo hombre. Y nos pide no sólo la justicia. Sino también el amor. 

 

Es hora de tomar conciencia de esta realidad inhumana que comporta el escandaloso nivel de pobreza e indigencia, sobre el cual se quiere configurar la acción de un gobierno que pretende ser reelecto. Y que -hasta ahora- sólo ha mostrado su incapacidad como no fuera para sembrar este oprobio. Esa conciencia debe atravesarlo todo, los intereses intelectuales, políticos y económicos, las relaciones humanas, e incluso la vida religiosa, y reconocer -sinceramente- qué es verdad y qué es mentira, qué es gracia y qué es pecado, pecado social, en la vida y la historia de los hombres.

 

Se requiere honestidad intelectual para asumir la cruel situación que se pone de manifiesto ante nosotros. Lo deben entender los políticos como el presidente Macri, que instrumentan acciones inspiradas en formas de neoliberalismo, que hacen de las ganancias y las leyes del mercado parámetros absolutos con total desprecio por la dignidad y la vida de las personas. 

 

En nosotros cristianos se impone el principìo-misericordia, encarnado por Jesús. Y la opción preferencial por los pobres, universalizada en la Iglesia a partir de la encíclica “Sollicitudo rei socialis” en 1987, que no ha perdido vigencia. Por el contrario, adquiere mayor énfasis ante las actuales y crecientes desigualdades sociales y económicas. Preferencial no significa exclusividad. E indica quiénes deben ser los primeros -aunque no los únicos- en la acción solidaria, porque se trata de sostener la universalidad del amor divino, y a la vez- su predilección por los últimos de la historia. 

 




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