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Paso de Belgrano por Santa Fe. Octubre de 1810

La subasta de la Merced Vieja (*)

Manuel Belgrano <strong>Foto:</strong> Archivo El LitoralManuel Belgrano
Foto: Archivo El Litoral

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Paso de Belgrano por Santa Fe. Octubre de 1810 La subasta de la Merced Vieja (*)

Instituto Belgraniano de Santa Fe

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Una vez que los religiosos mercedarios, establecidos en Santa Fe desde principios del siglo XVII, lograron en el año 1783, que la Junta Superior de Temporalidades les concediera la Iglesia y el Colegio que habían pertenecido a los Jesuitas expulsos, frente a la Plaza Mayor, abandonaron definitivamente la primitiva Iglesia de la Merced, ubicada en las actuales calles 9 de Julio entre General López y Buenos Aires. La promesa de abrir una escuela y tomar a su cargo, sin otro estipendio, la educación de la juventud, motivó que las autoridades les otorgaran la concesión solicitada, en el deseo de ahorrar los sueldos de los dos maestros que se atendían con los fondos de Temporalidades. Poco o nada hicieron después los mercedarios por cumplir la condición estipulada. Su despreocupación obligó a los niños a abandonar sus aulas y la escuela debió cerrar sus puertas por falta de alumnos, mientras que Juan Francisco Ortiz, maestro particular, se veía forzado a no admitir más educandos en la suya, por haber colmado la capacidad del local que ocupaba. Sin embargo el cambio de Iglesia quedó firme y el convento primitivo fue abandonado por completo; las casas y los ranchos en que habitaban los regulares y los esclavos se despojaron de las tejas, maderas y puertas, y los objetos del culto se repartieron entre las otras iglesias de la ciudad. El altar mayor pasó al templo de San Francisco. En el recinto de la Merced solo quedaron las paredes desoladas. Entre ellas, bajo las baldosas del templo derruido, dormían el sueño eterno muchos hombres ilustres de la colonia.

 

Pocos meses después del movimiento de Mayo, Santa Fe recibió la visita del General Manuel Belgrano, que marchaba al Paraguay, al frente de su expedición libertadora, para llevar al pueblo hermano la voz de la revolución americana. La noche del 1º de octubre de 1810 el Vocal de la Junta llegó a esta ciudad. Creyó que nadie conocía su arribo, pero al cruzar el río Salado, por el paso de Santo Tomé, tuvo una agradable sorpresa. El Teniente de Gobernador Coronel Manuel Ruiz le esperaba en la costa con las autoridades del Cabildo y los vecinos principales. De allí marcharon hasta el Convento de Santo Domingo, donde el General había decidido alojarse para no ocasionar gastos a ningún particular. En el trayecto escucha aplausos y vivas, que recibe como un homenaje a la Junta. Al día siguiente escribirá con humildad, desde su celda del Convento, informando al Presidente Saavedra su llegada a Santa Fe: “ A pesar de ser la noche obscura y de mucho barro que había en las calles, oí vivas y aclamaciones del Pueblo, que descubren claramente los sentimientos de que está animado y el respeto y la obediencia que prestan a V. E.”. La adhesión de la ciudad le había conmovido hondamente. “Yo lo puedo decir a V. E. bastante -dirá- las demostraciones de júbilo de estos vecinos, y el respeto y obediencia a sus órdenes; por lo tanto le he dado el título de Noble al Ayuntamiento, que no dudo sea de la aprobación de V. E. , y le he dicho que me proponga alguna cosa útil al Pueblo, pues deseo conforme a las intenciones de V. E. con beneficios físicos mi venida”.

 

Cumpliendo ese propósito, Belgrano escuchó detenidamente las peticiones del vecindario. Supo así que una de las mayores necesidades de la ciudad era la construcción del edificio capitular de que Santa Fe carecía. El Cabildo debía sesionar en locales inadecuados, y la cárcel, instalada también en ellos, no tenía seguridad alguna. Los presos la abandonaban con facilidad, no por negligencia del encargado de prisiones, sino por la fragilidad de las paredes, en las que abrían boquetes por los que fugaban. En alguna de las visitas periódicas que realizaban las personas del Ayuntamiento, las hallaron vacías, con consiguiente comentario de los vecinos y desmedro de la autoridad real. En el deseo de subsanar estos inconvenientes y lograr recursos para la construcción de las salas capitulares, Belgrano autorizó la venta de la iglesia abandonada de la Merced. “Entre las posesiones que tiene el ramo de las Temporalidades escribirá a la Junta—hay el terreno y ruinas que dejaron los mercedarios en su convento, que solo sirven para iniquidades, y cuyo valor no puede ser de mucha consecuencia, y así para alegrar a los del Cabildo me he tomado la libertad de cedérselo, para que con su producto puedan auxiliar para continuar el edificio de casas capitulares y cárceles”. El mismo día comunicará al Ayuntamiento local su decisión, señalando que la venta debía hacerse en pública subasta y su importe destinarse a la construcción de casas capitulares y cárcel, “pues me consta -anotaba- cuánto sufre la humanidad en la que hoy existe”.

 

La subasta, preparada con todos los recaudos, debió tener lugar el 23 de noviembre de 1810, pero recién pudo efectuarse en los últimos días del siguiente mes. Los dos solares, de un cuarto de manzana cada uno, fueron divididos en cuatro medios solares de treinta y tres varas de frente por sesenta y siete de fondo. A pesar de esa subdivisión y de los carteles que colocó el Cabildo en esta ciudad y en las capillas de su jurisdicción, no se logró el éxito esperado. Solo se presentaron dos postores: Pedro de Lassaga y José de Arriola, uno por cada solar. El acto debió suspenderse, sin que se aceptaran las ofertas, que no se estimaron convenientes. En el interín, el Cabildo recibió una nueva propuesta. El cirujano don Manuel Rodríguez ofrecía por uno de los solares setecientos pesos en ladrillos, tejuelas y baldosas, comprometiéndose a suministrar más adelante todo el material que se necesitara para la obra del Cabildo.

 

Ante este resultado desfavorable, la venta de los terrenos de la Merced fue suspendida. Recién dos años más tarde, el 18 de Abril de 1812 a instancia de vecinos interesados, se procedió a una nueva subasta. Esta vez el acto se revistió de todas las solemnidades; las personas del Cabildo sacaron a la puerta de la casa capitular mesa y recado de escribir y el escribano Isidro Montaño Iturmendi hizo anunciar en voz alta el remate. Como no había pregonero en la ciudad, debieron sacar de la cárcel al negro Juan Manuel Ramos para que hiciera sus veces. Tres días, los cabildantes esperaron las ofertas sentados a la puerta del Cabildo hasta la puesta del sol. Las que se recibieron eran mejores que las hechas en la primera subasta y por consiguiente fueron admitidas. El solar del Sur se adjudicó a don Manuel Rodríguez y el del Norte a don Gabriel de Lassaga, el viejo. El acto terminó con las palabras rituales dichas por el Escribano: “Mejoren esta oferta que se remata, y pues no hay quien diga, ni quién ofrezca más por los nominados solares, con las condiciones de edificar y cercarlos de pared a la brevedad posible, qué buena, qué buena, qué buena, y que verdadera pro les haga a los rematadores, que son don Manuel Rodríguez y don Gabriel de Lassaga, de este vecindario”.

 

El cirujano don Manuel Rodríguez inició de inmediato la edificación de su solar. Hacía ya varios años que había abandonado su proyecto de buscar un nuevo destino, fuera de Santa Fe. Llegó a esta ciudad en 1792, desde Corrientes, donde residía, llamado por el Cabildo para atender a los enfermos atacados del mal de San Lázaro, y poco después se halló al frente de su primer hospital. Su amistad con el doctor Miguel Gorman, proto médico del Virreinato, le valió esas designaciones. Los hijos que aquí nacieron le ataron definitivamente a Santa Fe, que ya no abandonaría hasta su muerte.

 

En esa forma desapareció todo rastro de la antigua Iglesia de la Merced. Nada recuerda ahora su existencia. Construcciones modernas se alzan en el lugar que el templo y sus dependencias ocuparon hace dos siglos. En parte del solar que perteneció a Don Manuel Rodríguez, el cirujano, el General Estanislao López, su yerno, construyó su histórica morada, que aún se conserva declarada monumento nacional. 

 

(*) Publicación extractada de “Hombres y Hechos de Santa Fe”, de José Carmelo Busaniche.

 

Pocos meses después del movimiento de Mayo, Santa Fe recibió la visita del General Manuel Belgrano, que marchaba al Paraguay, al frente de su expedición libertadora, para llevar al pueblo hermano la voz de la revolución americana. La noche del 1º de octubre de 1810 el Vocal de la Junta llegó a esta ciudad. 

 

Belgrano escuchó detenidamente las peticiones del vecindario. Supo así que una de las mayores necesidades de la ciudad era la construcción del edificio capitular de que Santa Fe carecía. El Cabildo debía sesionar en locales inadecuados, y la cárcel, instalada también en ellos, no tenía seguridad alguna. 

 




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