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Miércoles 30.10.2019 - Última actualización - 12:22
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Tribuna política (por Pablo Gabriel Mandrile)

Dinámica política de lo por venir

Vencedor y vencido, Alberto Fernández y Mauricio Macri, estrechándose la mano en la Casa Rosada.  <strong>Foto:</strong> AgenciaVencedor y vencido, Alberto Fernández y Mauricio Macri, estrechándose la mano en la Casa Rosada.
Foto: Agencia

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Tribuna política (por Pablo Gabriel Mandrile) Dinámica política de lo por venir Alberto Fernández será el nuevo presidente de la Nación a partir del 10 de diciembre. 

Por Pablo Gabriel Mandrile | pablomandrile@hotmail.com

El Litoral

 

Escribo estas líneas bien temprano el lunes, aun sin haber repasado los periódicos de hoy y con la adrenalina todavía alta que genera todo proceso electoral en los que amamos la política. Vayan algunas observaciones que se desprenden de los resultados:

 

Alberto Fernández será el nuevo presidente de la Nación a partir del 10 de diciembre. A la luz de este resultado hay que decir que fue un acierto estratégico la decisión de Cristina Fernández de colocar al ex jefe de gabinete a la cabeza de la lista del Frente de Todos. Con este movimiento la ex presidenta provocó un tiro a varias bandas. Por un lado logró perforar su famoso “techo” electoral en torno al 35 %, sobre el cual coincidían la mayoría de los analistas políticos. Pero además, mediante la nominación de Alberto Fernández -de espíritu aparentemente más moderado y negociador-, el Frente de Todos no sólo captó votos del centro ideológico, sino que también convocó a la unidad al electorado peronista y, sobre todo, a los gobernadores de este signo, vaciando simultáneamente de poder aquella potencial opción de lo que se llamaba peronismo federal o racional.

 

Un dato de relevancia histórica es que por primera vez desde 1928 un presidente de la nación no justicialista culminará su mandato constitucional. Esto es muy relevante para la salud democrática y republicana de nuestro país por varios motivos. Entre ellos, por la necesaria continuidad institucional que esto garantiza, transcurridos 36 años desde la vuelta a la democracia. Pero también porque la idea misma de alternancia en el poder es constitutiva desde la génesis de esta forma de gobierno. Que la ciudadanía toda (y los políticos profesionales) tengan la imagen y las expectativas que existen, alternativas reales de recambio de gobierno, es un elemento indispensable para una vida democrática vivaz. Una razonable alternancia democrática alimenta la competencia y previene de posibles quimeras hegemónicas.

 

El resultado final fue mucho más parejo de lo esperado. Con el escrutinio provisorio, la distancia entre Alberto Fernández y Mauricio Macri parece haberse fijado en torno a un 7,7 %. Partiendo de la amplia diferencia que había cosechado el candidato opositor en las elecciones primarias de agosto último (16 puntos por sobre el actual presidente), estos números reflejan en cambio un escenario político mucho más parejo y equilibrado de cara a los años venideros. De variables muy diversas como ser la evolución de la situación económica, los reacomodamientos inevitables que se darán dentro de Juntos por el Cambio, o la correlación de fuerzas entre el peronismo de los gobernadores y los sectores kirchneristas más puros, dependerá que aquel escenario político equilibrado se consolide o todo lo contrario.

 

Equilibrio de fuerzas

 

Otro dato clave de cara al futuro es la composición resultante del Congreso de la Nación. Vale aclarar que las siguientes proyecciones son en base al escrutinio provisorio y quizás se modifiquen en parte con el conteo definitivo. La cámara de diputados probablemente no contará con una mayoría absoluta de ninguna fuerza política. Juntos por el Cambio aumentará su número de bancas desde diciembre (alcanzaría los 120 escaños aproximadamente), con serias chances de erigirse en primera minoría. Claro está que habrá que esperar la dinámica interna que siga la actual coalición gobernante para ver si la bancada sigue unida en su labor parlamentaria o se disgrega. Por su parte, sumando las bancas de los espacios políticos que confluyeron bajo el sello del Frente de Todos, la bancada que responderá al presidente Fernández contará, a priori, con 110 diputados. Pero sumando a diputados provenientes de otros mini bloques, la posibilidad de conseguir el quorum propio no se le presenta tan distante. Este complejo equilibrio de fuerzas hace vislumbrar un escenario de dura confrontación y arduas (y costosas) negociaciones en la cámara baja, donde Cambiemos tendrá sin lugar a dudas su bastión de resistencia institucional.

 

En cuanto a la composición del Senado de la Nación desde diciembre, allí el Frente de Todos contará con clara ventaja, con un total de 36 o 37 bancas entre senadores propios y potenciales aliados, quedando de esta manera a tiro de garantizarse el quorum propio. Recordemos que la cámara alta está compuesta por un total de 72 senadores. Juntos por el Cambio, por su parte, dispondrá de un grupo nutrido de senadores -27 en total- pero con poco margen para sumar posibles aliados.

 

Cabe aclarar que ninguna fuerza política contará con la posibilidad de reunir los dos tercios necesarios de ambas cámaras para designaciones o proyectos especiales de ley que requieran mayoría calificada, como por ejemplo la ley de necesidad de reforma constitucional.

 

¿Vuelve el bipartidismo a la Argentina? Como cuatro años atrás, las elecciones presidenciales se polarizaron fuertemente en torno a dos opciones electorales, dejando por el camino cualquier intento de crecimiento de una tercera fuerza política. El electorado quedó nuevamente dividido en cuasi-mitades. Frente a este panorama se pueden realizar dos lecturas alternativas. Por un lado, como se dijo anteriormente, los equilibrios y contrapesos son saludables y necesarios en todo régimen republicano, porque favorecen los mutuos controles entre las fuerzas políticas y recrean un espíritu de alternancia democrática positivo para los votantes y las instituciones en general. La mesura y moderación “hacia el centro” de las políticas públicas sería también un resultado esperable dentro de un sistema político animado por dos grandes coaliciones. 

 

Pero esta misma división o diferenciación que quedó plasmada en los resultados también puede ser comprendida en términos de “grieta” o de distancia insalvable entre dos “bandos” políticos irreconciliables. Sin lugar a dudas, este antagonismo, llevado a los extremos, no augura buenos resultados para la población argentina y es de esperar que no sea el camino que sigamos como nación. Si la política democrática presupone inevitablemente la necesidad de diferenciación ideológica, no es menos real que la vocación más alta de la política (y de los políticos) es forjar acuerdos que vayan más allá de las legítimas diferencias y redunden en beneficio compartido de la sociedad.

 

¿Qué sucederá dentro de Cambiemos? ¿cómo se reacomodarán los equilibrios de fuerza entre Macri y sus aliados? ¿Cuál será la posición de la UCR y de Lilita Carrió de cara al futuro rol como opositores? ¿Que harán figuras emergentes y con proyección nacional como María Eugenia Vidal, Martín Lousteau, Alfredo Cornejo u Horacio Rodríguez Larreta? ¿Cómo hará para custodiar Juntos por el Cambio esa gran movilización popular que se tradujo en un 40% de los votos?

 

¿Cómo será la relación entre el futuro presidente de la Nación y su mentora, Cristina Fernández? ¿Cuál será el tono dominante en el vínculo entre el peronismo de los gobernadores, Alberto Fernández y los funcionarios y legisladores provenientes de La Cámpora? ¿Cuál será la estrategia política y económica del próximo gobierno para enfrentar las necesarias renegociaciones con el FMI? ¿Podrá el futuro gobierno revertir años y años de postergación material y exclusión que condenan a más de un tercio de los argentinos? Finalmente: ¿alcanzarán las fuerzas de un solo actor político para mejorar la vida del pueblo argentino o se impone siempre más la necesidad imperiosa de forjar acuerdos entre las diferentes partes?

 

Estas son tan sólo algunas de las muchas preguntas que se desprenden de las elecciones apenas transcurridas y que irán dando forma a la dinámica política de los próximos años. Antes de todas ellas, y al final de cada una, están los hombres y mujeres de carne y hueso, los niños y los abuelos, los trabajadores y empresarios, están cada ciudadano y ciudadana argentinos con sus necesidades concretas y sus problemas específicos, con sus anhelos, propósitos y sus proyectos de vida, primera y última realidad a la que está llamada a servir la política.

 

Al momento de cerrar esta nota veo la foto estrechándose la mano de vencedor y vencido, Alberto Fernández y Mauricio Macri, reunidos en la Casa Rosada. Esta es la mejor cara de la política, ojalá no sea sólo una foto. Depende de ellos, pero también de nosotros.

 

Como cuatro años atrás, las elecciones presidenciales se polarizaron fuertemente en torno a dos opciones electorales, dejando por el camino cualquier intento de crecimiento de una tercera fuerza política. El electorado quedó nuevamente dividido en cuasi-mitades. 

Este antagonismo, llevado a los extremos, no augura buenos resultados para la población argentina y es de esperar que no sea el camino que sigamos como nación. Si la política democrática presupone inevitablemente la necesidad de diferenciación ideológica, no es menos real que la vocación más alta de la política es forjar acuerdos que vayan más allá de las diferencias.


(*) Politólogo




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