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Sábado 09.11.2019 - Última actualización - 16:19
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Copa Sudamericana - Final

114 años de espera y a 90 minutos de la gloria

“Hay que dejar la vida en la cancha”, dijo Lavallén, quien también remarcó que el del sábado es “un partido sin mañana”. Tiene definido el equipo pero no lo dio. Es difícil que provoque una sorpresa y, quizás, la incógnita pase por saber si lo pondrá o no a Escobar.

 <strong>Foto:</strong> Fernando Nicola
Foto: Fernando Nicola

Foto: Fernando Nicola



Copa Sudamericana - Final 114 años de espera y a 90 minutos de la gloria “Hay que dejar la vida en la cancha”, dijo Lavallén, quien también remarcó que el del sábado es “un partido sin mañana”. Tiene definido el equipo pero no lo dio. Es difícil que provoque una sorpresa y, quizás, la incógnita pase por saber si lo pondrá o no a Escobar.

 

Es el partido de las emociones, del optimismo y los miedos a la vez. Es el partido en el que el recuerdo de los que ya no están se manifiesta más latente y agradecido que nunca. Hay muchos hinchas de Colón que hoy estarán mirando al cielo para recordar a aquel o aquella que ya no está, que ya se fue pero que le dejó un legado. Ese legado, para toda la vida, está escrito en rojo y negro. No hace falta decir que se puede cambiar de todo, en la vida, menos de club. Eso se lleva arraigado como nada ni nadie en el corazón. Y así lo sienten aquellos que viven en esta ciudad tan húmeda y calurosa o en cualquier rincón de la nuestra, la antesala, las horas previas del gran partido de la historia de Colón.

 

El Cementerio de los Elefantes fue, posiblemente, el primer hito, los cimientos que comenzaron a construir la historia grande de Colón. Ganarle al Santos fue el puntapié inicial del crecimiento. Que supo de algunas pausas, es cierto, como aquellos años duros en la B. Pero aquel camino se transitó con hidalguía no exenta de sufrimientos. Se armaban equipos importantes, de jerarquía para la divisional. Pero la suerte era esquiva. Antes de todo eso, el transitar por Primera División supo de varios años en los que Colón era sinónimo de buen fútbol, de pelota contra el piso, de calidad y jerarquía en aquellos jugadores como Cococho Alvarez, Carlos López, el chaqueño Mazo, Hugo Villarruel, esa dupla central formada por Villaverde y Trossero, el Bambi y Edgar Fernández para marcar las puntas y el gran Poroto Saldaño que llegó para triunfar en Colón.



Es muy posible que hayan existido varios equipos que hayan jugado más y mejor que el actual. Pero el fútbol, si de algo reniega, es de la lógica. Hay cuestiones azarosas de las que se pudo valer este plantel de Lavallén para llegar adonde llegó. Partidos que quedarán grabados en el recuerdo, como aquella revancha en circunstancias totalmente adversas, ante Argentinos Juniors o la última gesta en Belo Horizonte, cuando el Mineirao se movía por el salto de la gente del Mineiro y Colón logró la hazaña merced a los penales, un verdadero aliado en las definiciones en esta Copa Sudamericana.
 


Lavallén habló de un partido que no tiene mañana. Tremenda frase, elocuente y contundente. Es el partido de la vida para un entrenador muy joven y al que se lo miró siempre de reojo. Sus virtudes y defectos lo convirtieron en un técnico cuestionable para la gente. Y también para los dirigentes. Fue Pancho Ferraro, un hombre clave en su continuidad, el que le puso paño frío a la situación. Los años le trajeron aún más equilibrio a Pancho, ya de por sí no propenso a las locuras o los vaivenes. Y haberlo mantenido le dio sobradas razones a Pancho. Cumplió cabalmente con su cometido, con su misión de ser el hombre que supiera aconsejar a conciencia y con sabiduría a una comisión directiva que en muchas ocasiones dudó de la continuidad del entrenador.



“Dejen trabajar a este hombre. Yo los veo todos los días y les puedo asegurar que si algo no les falta y, por el contrario, les sobra, es contracción al trabajo”, dijo Ferraro en aquella famosa reunión de sábado a la tarde, post partido con Huracán en Parque Patricios.



Lavallén no armó un equipo virtuoso, pero le dio algunos elementos que alcanzaron para posicionar al equipo a las puertas de una circunstancia histórica. Mejorado físicamente, envalentonado desde lo anímico (con una participación protagónica de un equipo de coaching que dio muy buenos dividendos) y con una línea de juego que en algunos casos apareció en su gran dimensión para dar vuelta series que no le favorecían, como ocurrió ante Zulia y Argentinos Juniors, o para aguantar esa que se complicó severamente ante Atlético Mineiro.



Lavallén sabe que Independiente del Valle tiene algunas virtudes: 1) maneja bien la pelota; 2) son rápidos arriba; 3) hace mucho tiempo que juegan de una misma forma. Pero también conoce sus defectos: 1) no le gusta que no le den la pelota o que lo encimen sobre su propia salida; 2) son algo lentos en el fondo; 3) no los acompaña ni por asomo la capacidad de convocatoria que tiene Colón, al punto tal que las estimaciones oficiales de la policía habla de alrededor de 250 hinchas, contra los 32.000 que llevará Colón el sábado a la tarde a La Nueva Olla.




Colón tiene que hacerse sólido, fuerte y contundente arriba. No es ningún descubrimiento si se dice que a las finales no se las juega, se las gana. Estigarribia, ante la pregunta del enviado de El Litoral en ese aspecto, dijo que “de todos modos, para llegar a un buen resultado también hay que saber jugar”. Pero no siempre se puede. Colón ha tenido muchos partidos en los que regaló protagonismo y donde quedaba en la incógnita descubrir hacia dónde iba el equipo y qué era lo que se pretendía. Burián, el Pulguita y Morelo son los tres jugadores que pueden aportar desequilibrio. El resto acompaña bien, con un funcionamiento que ha crecido de la dupla de marcadores centrales, con dos laterales que no son del todo sólidos para defender y un mediocampo que corre mucho pero que no siempre encuentra claridad en el manejo de la pelota.



Basta de especulaciones futboleras, las que muchas veces quedan hechas añicos. Hay que vivir intensamente todo lo que ocurra en estas horas previas al partido. Colón llega a esta instancia casi insospechadamente para muchos. No tuvo el nivel futbolístico de otros equipos sabaleros que se quedaron en el camino. Este no. Este fue avanzando, algunas veces con una dosis de fortuna, entre “gallos y medianoche” y en otras ocasiones aprovechando el flojo planteo del rival (revancha con Argentinos), reacción a tiempo (ante River de Montevideo en Santa Fe) o algo que permitiera ponerle una bisagra al partido (el penal que le cometieron a Morelo y que el Pulga convirtió en gol, en el Mineirao, antes de la definición desde los doce pasos).



Es la hora de la verdad, de las lágrimas, de los recuerdos, del agradecimiento a ese ser que ya no está y que le dejó el legado imborrable, indescriptible y que lo marcará para toda la vida: ser hinchas de Colón, aún con sufrimiento y hasta con desdicha. Siempre hay una primera vez. Siempre. Y Colón tiene esta chance —igual que Independiente del Valle— de inscribir su nombre por primera vez en la vitrina de los exitosos.

Autor:

Enrique Cruz


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