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Martes 12.11.2019 - Última actualización - 18:22
18:20

Una muestra en el Museo Histórico

Las raíces africanas de las que ahora hablamos

Los orígenes, las costumbres, los objetos pero también la esclavitud y la lucha por la libertad en un recorrido que propone, además de ver y leer, reconocerse en un otro muy posible.


Magdalena Candioti y Lucía Molina, en el patio del museo y a un paso del paseo de las Tres Culturas que reivindica, en su nombre, a los descendientes de África en Santa Fe. Foto: Flavio Raina
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Una muestra en el Museo Histórico Las raíces africanas de las que ahora hablamos Los orígenes, las costumbres, los objetos pero también la esclavitud y la lucha por la libertad en un recorrido que propone, además de ver y leer, reconocerse en un otro muy posible. Los orígenes, las costumbres, los objetos pero también la esclavitud y la lucha por la libertad en un recorrido que propone, además de ver y leer, reconocerse en un otro muy posible.

En una de las salas del Museo Histórico Provincial Brigadier General Estanislao López hay un espejo enorme. Es un objeto “estable” en el edificio pero, para la muestra que se inauguró el martes a la tarde, fue resignificado: invita a quienes pasan frente a él a preguntarse cómo nos sentiríamos si fuésemos arrancados de todo lo conocido.


La invitación forma parte de “Huellas de África en Santa Fe”, la exposición que permanecerá abierta por varios meses en la sede de 3 de Febrero al 2500 de esta ciudad y que permite recorrer, entre objetos originales, documentos, textos y fotos, un fragmento no tan conocido o, mejor dicho, no reconocido por estas tierras: el de los negros y las negras que habitaron la provincia y la ciudad.


“Solemos pensar la esclavitud como algo que pasa afuera, y en realidad es nuestra historia”, dice Magdalena Candioti, investigadora del Conicet y curadora de la muestra que pudo montar al cabo de un rastreo que le llevó más de diez años de trabajo, tras los cuales pretende abrir preguntas más que dar una versión definitiva de la presencia africana, afrodescendiente y esclavizada en Santa Fe.


El diálogo con este diario se concreta pocas horas antes de la inauguración, y suma la voz de Lucía Molina, referente de la Casa Indo-Afro-Americana. Esa institución, ubicada en Lamadrid 2956, lleva más de 30 años en la tarea de difusión y reconocimiento de la presencia negra en territorio local, y su acervo se integra a la muestra como fuente y testimonio.


“Muchas veces la gente se sorprende cuando se entera de que hubo esclavos en Santa Fe”, afirma Candioti. Y Molina confirma que esta temática “es sistemáticamente negada, y no se da en la currícula escolar. Frente a los prejuicios y a la discriminación existe una negación hasta de los mismos interesados”. ¿Por qué? “Porque así nos enseñaron y entonces son muy pocos los que han tenido el valor de transmitir su ancestralidad. Hay muchos otros que la han disimulado de tal manera que con el mestizaje se pierde el color de piel y se olvidan. Sin embargo, la naturaleza es sabia y a lo largo de varias generaciones surge ese origen; y ahí estamos presentes”.


—¿Esa huella fue profunda? ¿De qué población de africanos estamos hablando?


Candioti: —Santa Fe Colonial y Santa Fe republicana, en los primeros años después de la independencia, era una sociedad muy pequeña en términos cuantitativos: tenía entre 5 y 6 mil habitantes. No hay padrones coloniales, salvo uno de 1816/17 que es con el que trabajamos fuertemente y ahí se puede ver que las personas son clasificadas racialmente como pardos y morenos, además de indígenas a los que llamaban “indios”, y llegaban a ser más del 40 % de la población. Entonces, de esa población que estamos acostumbrados a recordar como blanca y descendiente de españoles, en realidad el 40 % son pardos y morenos, el 11 % esclavizados y, de ellos, el 20 % habían nacido en África.


Ese hecho nos invita a pensar nuestras propias raíces. Es importante que haya un movimiento de afrodescendientes que las recupere, pero todos tenemos que pensarnos como herederos de esa historia de esclavitud, de abolición y de mestizaje con el precio de abandonar ciertas prácticas, de “blanquearse”, y de un mestizaje muy singular que termina con una imagen de que el argentino es blanco.


—¿Qué palabras o costumbres nos recuerdan la presencia de África en nuestra población?


Molina: —Tenemos palabras que a lo largo del tiempo se han aplicado bien en algunos casos y, en otros, de forma peyorativa. Un ejemplo clásico es la expresión “¡qué quilombo!” que para nosotros era símbolo de libertad, porque lo hacían los huidos para recrear las pautas que traían, y no la usaban solamente africanos y descendientes, sino también los blancos pobres y los indígenas. Otro ejemplo es la palabra “mina” que en una época se aplicó a las mujeres “de vida fácil”. No creo que haya una mujer que tenga una vida fácil (acota Lucía como al pasar, o no tanto). Pero en la época en que eran esclavizadas, eran las más bonitas y las más buscadas. Además tenés las palabras tamango, tango, candombe, cafúa, las palabras con “ñ” y con “mb”. De las comidas, yo recreé una que fue citada por Zapata Gollán como las aceitunas que se vendían a la hora de la siesta en la época colonial. Y en la inauguración de la muestra -es decir, pocas horas después- vamos a degustar membele, o sea, empanadas de mondongo.

 

Testimonios de una presencia ineludible en la ciudad. Foto: Flavio Raina

 


—Que el censo de 2010 haya incorporado la consulta sobre personas que se reconocían afrodescendientes, ¿ayudó a su visibilización?

 


Candioti: —La Casa Indo-Afro-Americana trabajó en la prueba piloto con una sensibilización en Santa Rosa en 2005 y en 2010 se incluyó la pregunta en el censo, en consonancia con un proceso que se da en toda América Latina de incorporar esa pregunta. No se aplicó a todos, sino que se hizo una muestra. Como resultado -la propia Lucía no fue censada- no hubo una campaña de sensibilización para decir qué implicaba la consulta. En ese punto, discutimos cómo nos acordamos de nuestros antepasados como españoles y europeos; y si alguien tiene algún antecedente que pueda parecer negro, africano o indígena, se esconde.


Molina: —Hace varios años conocí a una persona muy parecida a mí. Cuando me vio, me dijo: “Me estoy mirando a un espejo”. Pero una vez que empezamos a hablar y le expliqué el motivo de mi acercamiento, puso en duda que fuera africana aunque tuviera mi color de piel y mis rasgos. Hasta los mismos afro no saben su historia y cuando encontrás uno y le preguntás, responden que tienen apellido español. Cuando nos trajeron nos despojaron de todo, menos de nuestra memoria.


ESCLAVITUD EN EL CUERPO


Candioti recupera otro costado de la presencia negra en Santa Fe: la esclavitud, que no era -como habitualmente se la asocia- en plantaciones, sino en el trabajo urbano y el servicio doméstico, además de quintas y estancias. “Eran la mano de obra estable pero, dada la imposibilidad de controlar el territorio, una de las estrategias de libertad de las personas esclavizadas era fugarse”, cuenta.


En Santa Fe, “no se conservan juicios escritos sobre esclavizados, que es una fuente que ha servido en otros lugares como Buenos Aires para ver la dimensión de la violencia y las prácticas de resistencia. Como acá era todo oral, podemos pensar que era difícil para un esclavizado encontrarse con la justicia”, sostiene la historiadora.


—En este recorrido, ¿hubo alguna lectura desde una perspectiva de género?


Candioti: —Sí, sobre todo en las labores y los sufrimientos de unos y otras. En el origen, la justificación de la esclavitud tiene que ver con la “guerra justa” y la idea de que cuando alguien la pierde, el vencedor puede esclavizarlo. Pero a partir de ahí se siguió con la idea de la esclavitud hereditaria. Eso va a marcar diferencias en las estrategias de emancipación: se va a buscar emancipar, primero, a las mujeres para que nazca libre la descendencia. También está presente el género en la cuestión de la violencia sexual, porque muchos de estos niños fueron esclavos blancos y eso tiene que ver claramente con relaciones de dominación. Y a partir de la revolución, va a haber una clara diferencia de género en la posibilidad de emanciparse, porque la guerra va a marcar una militarización muy grande en las sociedades. Los gobiernos van a empezar a reclutar forzosamente a esclavos, comprándolos a sus amos -que se van a resistir- para incorporarlos a los ejércitos. Entonces, la esclavitud se va feminizando. A su vez, la ley de vientre libre, por la que van a dejar de nacer niños esclavos, los va a dejar bajo el control de los amos de sus madres (hasta los 16 años las mujeres y 20 los varones). Como antes pasaba la esclavitud por el cuerpo de la mujer, ahora va a pasar la libertad; pero sin liberarlas a ellas, que van a tratar de comprar su libertad o negociar con sus amos para obtener “manumisiones graciosas”.


—¿Hasta qué año hay registros de esclavitud?


—La última transacción en Santa Fe fue en 1849. Santa Fe es la Cuna de la Constitución pero también de la abolición, ya que establece el fin de la esclavitud en el artículo 15. Allí dice que una ley especial va a regular la compensación a los amos. Entonces, no hay un proceso de deslegitimar la institución esclavista, porque se la está aceptando como un tipo de propiedad que tiene que ser compensada. Hubo vecinos y conventos pidiendo ese resarcimiento. Por lo que había esclavos hasta entonces.

Autor:

Nancy Balza




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