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Jueves 21.11.2019 - Última actualización - 13:19
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Crónicas sueltas (por Rogelio Alaniz)

Bolivia: desde el Tata Belzú y Villarroel a Evo Morales

El presidente de Bolivia Paz Estenssoro junto a campesinos al firmar la Reforma Agraria <strong>Foto:</strong> ArchivoEl presidente de Bolivia Paz Estenssoro junto a campesinos al firmar la Reforma Agraria
Foto: Archivo

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Crónicas sueltas (por Rogelio Alaniz) Bolivia: desde el Tata Belzú y Villarroel a Evo Morales En dos siglos de vida independiente, en Bolivia hubo pronunciamientos militares, cuartelazos, asonadas, todo sazonado con traiciones, crímenes y ejecuciones espantosas

Por Rogelio Alaniz


I

En dos siglos de vida independiente, en Bolivia hubo pronunciamientos militares, cuartelazos, asonadas, todo sazonado con traiciones, crímenes y ejecuciones espantosas. La primera víctima digna de destacar es el general Manuel Isidoro Belzú, el “Tata” Belzú, el marido durante casi veinte años de nuestra Manuela Gorriti, y el primer líder populista de Bolivia en la mitad del siglo XIX. Isidoro Belzú: el militar buen mozo y valiente, adorado por los indios, los campesinos y las mujeres. Reformó la Constitución en 1851, reconoció derechos a los pobres, prohibió la esclavitud y estableció límites al ejercicio del poder. Dejó la presidencia y se fue a Europa donde vivió siete años. Cuando regresó a mediados de los años sesenta intentó retornar al poder y, como se acostumbraba en aquellos tiempos, la disputa se resolvió en el terreno de las armas contra en general Mariano Melgarejo, quien según Juana Gorriti, realizó la hazaña de marchar sin interrupción desde la taberna a la presidencia de la Nación. El Tata derrotó a Melgarejo y se instaló en el Palacio presidencial para asumir el poder. El episodio siguiente es digno de la historia de Bolivia o, como dijera Bolívar, de estas desgraciadas repúblicas. Melgarejo se hizo presente en el Palacio para saludar al nuevo presidente. El Tata lo recibió en su despacho y cuando ambos jefes militares se estrechaban en un abrazo, Melgarejo sacó su pistola y lo mató de un tiro. Acto seguido se proclamó presidente y los garrochistas de entonces inmediatamente cerraron filas detrás suyo.

 

II

Se pueden contar historias parecidas a lo largo del itinerario político de Bolivia, pero el que merece particular distinción es el golpe de estado que culminó con el linchamiento en la Plaza Murillo del general y presidente de la nación, Gualberto Villarroel. Esto ocurrió el 21 de julio de 1946. Villarroel había llegado al poder a través de un golpe de Estado y el apoyo de amplios sectores populares identificados con este presidente que decía: “No tengo nada contra los ricos, pero soy amigo de los pobres”. Y lo fue. A su manera, lo fue, aunque más de una vez no vaciló en dar la orden de reprimir a mineros y campesinos. Reconoció derechos, legalizó organizaciones populares y recortó los beneficios de la siniestra Rosca, el poder económico de los barones del estaño, duchos en el arte de poner y sacar presidentes.

 

III

Lo sorprendente del caso Villarroel, es que se supo ganar el odio de la izquierda y de la derecha. Es más, las movilizaciones populares que concluyeron con su gobierno y con su vida, las dirigió la izquierda lideradas por un respetable rector universitario, una implacable líder feminista y los principales caudillejos del trotskismo, empezando por el mítico Guillermo Lora. Para la derecha, el general Villarroel era un peligroso izquierdista; para la izquierda, un peligroso derechista. Años después, Guillermo Lora admitirá en una conferencia universitaria que “nosotros, la Rosca y la CIA queríamos deponer a Villarroel -para después aclarar- aunque por razones diferentes”.

 

IV

La ejecución de Villarroel fue de una ferocidad inédita. Un grupo de golpistas ingresó armado al Palacio Quemado y en su propio despacho hirieron de muerte a Gualberto y sus tres colaboradores. No se conformaron con eso. A los cuerpos moribundos los arrojaron desde el balcón a la Plaza Murillo. El pueblo sabio y compasivo -como siempre- colgó a los cuatros moribundos de los faroles de la plaza, después de desnudarlos y martirizarlos con escupitajos, golpes y quemaduras de cigarrillos. Las fotos de ese acto civilizatorio aún están disponibles. Hasta el día de la fecha no hay una explicación satisfactoria sobre este desenlace. De lo que no hubo dudas, es que fue efectivamente un golpe de Estado que transforma a lo sucedido con Evo en una caricia inocente y lánguida. 

 

V

En 1952, Paz Estenssoro, líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), dirige una revolución que sigue siendo estudiada por académicos y es considerada junto con la mexicana y la cubana como las únicas revoluciones auténticas de América latina. El MNR nacionalizó las minas, legalizó el sufragio universal y produjo una reforma agraria, controvertida, pero reforma agraria al fin. En el camino alentó la organización de la Corporación Obrera Boliviana (COB), la primera institución que en la crisis actual con Morales, pidió su renuncia. La otra novedad del MNR, fue la creación de milicias populares, aunque, como luego la historia se encargará de confirmar, de las milicias populares no quedó nada, porque lo que creció fue el ejército profesional, más golpista que el anterior.

 

VI

El MNR gobernó en Bolivia desde 1952 hasta 1964. Paz Estenssoro no se declaró presidente por la gracia de Dios o de la Pachamama, sino que una vez cumplido su mandato permitió que en elecciones limpias Hernán Siles Suazo fuera presidente hasta 1960, fecha en la que Paz Estenssoro fue electo una vez más, acompañado en la vicepresidencia por el legendario Juan Lechín Oquendo, líder sindical, una mezcla rara de Jorge Altamira y Hugo Moyano, porque Lechín Oquendo nunca ocultó sus simpatías por el pensamiento de don León Trotsky. Trotskista o no, sus movilizaciones obreras llegaron a ser tan famosas como temidas, sobre todo cuando los mineros bajaban de las minas a “negociar” armados con cartuchos de dinamita.

 

VII

Las transformaciones económicas, sociales y políticas del MNR son históricas, al punto que más de un historiador estima que los cambios provocados son más trascendentes que los de Evo Morales. Después de la revolución de 1952, el MNR fue poder durante doce años, hasta el derrocamiento de Paz Estenssoro en 1964 por el general René Barrientos. Paz Estenssoro fue electo una vez más presidente en 1985 y si bien concluyó su mandato en 1989, sus reformas “neoliberales” minaron su prestigio, aunque cuando murió en 2001 fue despedido como un héroe de Bolivia, el político que siempre llegó al poder con el voto popular y que a lo largo de su prolongada carrera política soportó cárcel y más de quince años de exilio, seis o siete de los cuales los vivió en Buenos Aires.

 

VIII

A partir del derrocamiento de Paz Estenssoro en 1964, regresan los golpes de Estado perpetrados por generales nacionalistas y populares en algunos casos, corruptos y represores en la mayoría. Las historias de sangre se reiteraron con persistente y atroz monotonía. Barrientos murió porque el helicóptero en el que se trasladaba “se cayó”; a José Luis Torres, lo asesinaron en junio de 1976 en Buenos Aires; Luis García Meza dirigió una narcodictadura y aún sigue preso; Hugo Banzer nunca se puso de acuerdo si su modelo de dictador era Augusto Pinochet o Alfredo Stroessner. Mientras tanto, reprimieron, robaron y mataron sin asco. Tampoco se privaron de contar con la colaboración de nazis criminales de guerra, como el escurridizo Klaus Barbie, funcionario de Barrientos y Banzer. El asesinato del popular dirigente de izquierda Hugo Quiroga Santa Cruz, es otro ejemplo piadoso. En la misma línea novedosa de idas y venidas, una mujer fue elegida presidente, para algunos la segunda mujer electa presidente en América latina: Lidia Gueiler Tejada.

 

IX

A modo de conclusión: Resulta por lo menos gracioso que los argentinos discutamos si en Bolivia hubo o no golpe de Estado, cuando este país si algo sabe es de estos temas, al punto que su historia nacional muy bien podría escribirse como la historia de sus golpes de Estado. ¿Exagero? Por el contrario, me quedo corto. Desde 1825 a la fecha, Bolivia registra la friolera de 189 golpes de Estado, es decir un promedio de un golpe de Estado por año. Yo no hice mediciones internacionales, pero se me ocurre que este formidable promedio no lo tiene ningún país de América latina. Y si las comparaciones sirven para algo, muy bien podría decirse que lo ocurrido a Evo Morales fue apenas un chichoncito, un tincazo en la oreja a un pichón de déspota amigo del fraude electral y de la coca.

 

La ejecución de Villarroel fue de una ferocidad inédita. Un grupo de golpistas ingresó armado al Palacio Quemado y en su propio despacho hirieron de muerte a Gualberto y sus tres colaboradores. No se conformaron con eso. A los cuerpos moribundos los arrojaron desde el balcón a la Plaza Murillo.

 

Las transformaciones económicas, sociales y políticas del MNR son históricas, al punto que más de un historiador estima que los cambios provocados son más trascendentes que los de Evo Morales.

 

A partir del derrocamiento de Paz Estenssoro en 1964, regresan los golpes de Estado perpetrados por generales nacionalistas y populares en algunos casos, corruptos y represores en la mayoría. Las historias de sangre se reiteraron con persistente y atroz monotonía.




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