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Martes 26.11.2019 - Última actualización - 12:00
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Tribuna de opinión (por Néstor Vittori)

Alberto: entre Apolo y Dionisos

Apolo y Dionisos, dioses griegos. <strong>Foto:</strong> Archivo El LitoralApolo y Dionisos, dioses griegos.
Foto: Archivo El Litoral

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Tribuna de opinión (por Néstor Vittori) Alberto: entre Apolo y Dionisos Apolo y Dionisos. Uno la razón, la proporción, el orden, el límite consagrado en sistema, reconociendo el talento y la creatividad individual; otro la voluntad de poder, colectivo, instintivo, irrefrenable, irracional pero vital, dinámico, ilimitado, exorbitante.

Por Néstor Vittori | El Litoral

 

“Harry encuentra en sí un hombre, esto es, un mundo de ideas, de sentimientos, de naturaleza dominada y sublimada, y a la vez encuentra allí al lado, también dentro de sí, un lobo, es decir, un mundo sombrío de instintos, de fiereza, de crueldad, de naturaleza ruda, no sublimada. A pesar de esta división aparentemente tan clara, de su ser en dos esferas que le son hostiles, ha comprobado, sin embargo, alguna vez, que por un rato, durante algún feliz momento, se reconcilian el lobo y el hombre.” Herman Hesse, Lobo estepario.

 

La transcripción y la cita responden a la necesidad de interpretar una realidad de múltiples exteriorizaciones, que sin duda ponen en contradicción el orden social y político vigente en muy distintos lugares del mundo, con violentos y destructivos cuestionamientos a los distintos sistemas que rigen, pero sin avizorarse propuestas sistemáticas, transformadoras o mejoradoras, que resulten sustentables por las realidades que se cuestionan.

 

Aparece en toda flagrancia, la visión nietzscheana de la tragedia como un conflicto entre Dionisos y Apolo en tanto expresiones mitológicas; por un lado la voluntad de poder, colectivo, instintivo, irrefrenable, irracional pero vital, dinámico, ilimitado, exorbitante, y por el otro la razón, la proporción, el orden, el límite consagrado en sistema, reconociendo el talento y la creatividad individual como motores del progreso humano.

 

El nuevo gobierno que asumirá el 10 de diciembre en Argentina, ha actuado como catalizador de las expectativas sociales, neutralizando posibles estallidos de violencia, como las que aún suceden en Chile, en Bolivia, o han sucedido en Ecuador recientemente, que reflejan un estado de tensión social y política motivado por la insatisfacción, frente a la visibilización de la desigual distribución de la riqueza y la fuerte concentración de la misma en pequeñas porciones de la población, así como la burla política de las instituciones, a través del fraude y la mentira.

 

Esta situación se produce en la Argentina, en el peor contexto económico financiero, producto de un largo proceso acumulativo de déficit fiscal, solventado por endeudamiento interno y externo, que ha tocado el límite de posibilidades de seguir sosteniéndolo, sin un profundo ajuste del Estado y sus finanzas.

 

El conflicto está a la vista. Por un lado fuerzas dionisíacas reclamantes de mejores ingresos a un Estado deficitario, que como único camino presiona a los sectores productivos, para arrancarle una tajada más a su manifiestamente diezmado desempeño. 

 

La función apolínea aparece, como imposible, injusta y regresiva, aunque inevitable, para emprender el único camino que puede sacar al país del marasmo de la crisis, que es el del crecimiento económico y la generación de empleo, que contradice lo expresado en el párrafo anterior, al restarle capacidad de inversión, y por ende de crecimiento, al sector productivo. 

 

El conflicto entre las fuerzas reclamantes y el sector gobernante, tiene un horizonte de radicalización, en tanto no surjan factores amortiguadores, que reconociendo la profundidad de la crisis, depongan parcialmente sus reclamos, y aporten a un consenso para evitar el peor de los escenarios, que es la materialización del conflicto social en las calles y con violencia.

 

Esto requiere una gran madurez de los sectores que componen el mapa económico de la nación, un fuerte compromiso de los sectores políticos, tanto oficialismo como oposición, en un consenso básico de convivencia política, y un fuerte respaldo en la neutralización de los extremos tanto del partido gobernante como de los opositores, frente a requerimientos y amenazas extremistas de sectores anárquicos que alientan y aprovechan el conflicto.

 

El mayor riesgo en el proceso que se avecina a partir de 10 de diciembre, es la confrontación entre apolíneos y dionisíacos en el propio partido gobernante, habida cuenta de la inoculta voluntad de poder de muchos de sus miembros -de revancha en muchos casos- y la presión en campo fértil, sobre Cristina, madre manifiesta de la presidencia de Alberto, a quien no escarnece la convocatoria de las “bacantes” a liberarse de equilibrio y racionalidad, subiendo al monte Citeron, para embriagarse con la lujuria del poder.

 

Esperemos que Alberto no sea un nuevo Penteo, y termine descuartizado y devorado por las ménades (entre ellas su propia madre Ágave) en la exaltación báquica del poder, de la que muchos cosechan los beneficios del descontrol, y la corrupción. 

 




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