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Sábado 07.12.2019 - Última actualización - 19:09
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Peisadillas (por Carlos Mario Peisojovich)

Invitados espaciales

Carlos Peisojovich (El Peiso) frente al micrófono de la radio. <strong>Foto:</strong> Archivo El LitoralCarlos Peisojovich (El Peiso) frente al micrófono de la radio.
Foto: Archivo El Litoral

Foto: Archivo El Litoral



Peisadillas (por Carlos Mario Peisojovich) Invitados espaciales

Por Carlos Mario Peisojovich (El Peiso)

 
¡Qué bello que es soñar! Qué excitante es el ejercicio cotidiano de liberar los sesos de los excesos del trajinar constante del diario andar, y posar la testa, que nada cuesta, para desencadenar y liberar los pensamientos para que, como incansables caminantes, van desandando los senderos de la irracionalidad impalpable que es la sustancia con las que están hechos los sueños. Y porque la vida es sueño y porque la vida es también cumplir con los sueños, tengo la dicha de contarles que uno de mis grandes sueños era volver a escribir en “El Litoral”, aquel diario que me cobijó a finales de los años sesenta.

 

Hace ya casi dos años que comencé a escribir mis “Peisadillas” para mi tan querido diario, si bien el espíritu circundante de mis escritos y algunas de las historias ya habían sido escritas y contadas hace algunos años atrás, década de los noventa, en el programa “Cuarto Poder” de Guillermo Tepper, ese mismo espíritu es aquel que intento dispensarle cada sábado en éstas líneas. Fiel a mi costumbre de hacer giros idiomáticos, jugar con la lengua, me propuse en aquel marzo del año pasado hacer lo mismo. La idea original era asociarme, por decirlo de alguna manera, con mi hijo Nicolás para “aggiornar” aquellas “Peisadillas” que tenía transcriptas para aquel programa de radio y acomodarlas en contenido y extensión para que fueran convenientes para publicar en una página semanal del diario. Aunque primigeniamente las “Peisadillas” salieron los sábados en la “Revista Nosotros”, a los meses comenzaron a ser publicadas en el cuerpo principal del diario, también los sábados. Siempre en sábado. El mejor día de mi semana, el de los paseos al cine de pibes, de salidas diarias, de festivales y acontecimientos culturales, de mis primeras emisiones por LT 10, “Mundo Joven”, de mis primeros pasos en la televisión santafesina con el recordado “Hola Show”, sábados de mi bien amado programa “Sábados Circulares” de mi admirado “Pipo” Mancera; sábado es el inamovible día de café de la mesa de mis amigos de siempre, nuestra “mesaterapia” semanal, misma hora, mismo día, mismo lugar. Ahora, los sábados son los días en que veo reflejados mis escritos, ya en el otoño de mi edad, pero donde más joven me siento, porque el proceso de pensar y de contar para ustedes me rejuvenece, y ahí me ves, como loco caminante de las calles con el sempiterno collar de dientes, corona de mi rostro sonriente, porque me vas a ver zapateando, trotando, riendo y gritando un saludo, cantando un piropo, porque sigo siendo ese loco incurable de la sala de los que piensan distinto, porque me vas a ver y quizás leer, pensando en qué es lo que va a decir esta vez este insano vejete de chiste fácil, de remate efectivo, nunca de risa con pago diferido. Porque mi sonrisa y mi buen humor, son un cheque al portador con pago a fecha.

 

En ese nuevo desafío que se me presentaba, me encontré con algunos grandes y pequeños problemas, el primero de ellos fue el teclado de la computadora (computadora que no uso). Mis dedos - torpes de nacimiento - y mi vista ya no tienen la flexibilidad de hace 15 años o más; mi antigua y depreciada (nunca despreciada) máquina de escribir es una avejentada y gris momia desdentada que fagocita el polvo de la derrota y el abandono en un rincón que ya ni siquiera en la memoria ocupa lugar. Así que tuve que tomar el rol de decidor, y decirle a mi hijo que fuera mis dedos a la hora de darle sentido a mí desalineado pensamiento coloquial para transformarlo en un desatinado texto escrito que pretende ser correcto.

 

El segundo inconveniente con el que nos vimos expuestos al releer aquellos textos fue el de la realidad de un contexto histórico muy diferente del acontecer santafesino y nacional comparado con nuestros días y con los personajes actuales. Mis anteriores “Peisadillas” estaban escritas para la actualidad de un programa de noticias de emisión radiofónica diaria, y mi intervención consistía en un relato teatralizado de esa noticia transformada en sueño para contarla al aire, con mi impronta y con los tan mentados juegos de la lengua al que tan afecto soy. Ese fue un inconveniente que trajo otro problema. Si bien el problema de hablar en otra realidad no es un problema en sí, el inconveniente era mi hijo, otra vez, diciéndome que tal o cual artilugio lingüístico o personaje quedaba fuera de contexto o fuera de tiempo y que esa humorada que reflejaba ser risueña o siquiera un chiste inteligente, se difuminaba en una nada sin sentido. Así que tuve que repensar mis chistes, posicionarme en el espacio y tiempo correspondiente, ponerme en los zapatos del que lee y no del que escucha, y escuchar a mi hijo, de nuevo, poniéndome en el lugar que debería estar si fuera un tipo normal, pero como no lo soy, él me mira desencajado con la cansina luz del monitor en su desencajada cara, pensando en no sé qué millones de cosas que debería decirme con la boca, pero que las traduce muy bien en su mirada furibunda y descolocada... Entonces me río, hago un chiste, me voy por ahí con mis pensamientos mientras él comienza a mover sus dedos sobre el teclado, con la mirada fija en la pantalla y que con acostumbrados y desenredados dedos va destornillando la idea de éste viejo que perdió varios tornillos en el primer cachetazo que dio la partera cuando mi madre, al cabo de nueve meses, me sacó de encima. Y encima sigo.
Y acá lo tengo, otra vez, a mi hijo que me dice que por hoy ya está. Y se enoja, porque siempre digo los mismos chistes. A Cayastá.

 

Acá ya está. Hasta el sábado que viene.

 

Los sábados son los días en que veo reflejados mis escritos, ya en el otoño de mi edad, pero donde más joven me siento, porque el proceso de pensar y de contar para ustedes me rejuvenece, y ahí me ves, como loco caminante de las calles con el sempiterno collar de dientes, corona de mi rostro sonriente.

 

Me vas a ver zapateando, trotando, riendo y gritando un saludo, cantando un piropo, porque sigo siendo ese loco incurable de la sala de los que piensan distinto, porque me vas a ver y quizás leer, pensando en qué es lo que va a decir esta vez este insano vejete de chiste fácil, de remate efectivo, nunca de risa con pago diferido. 
 

 




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