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Martes 31.12.2019 - Última actualización - 9:58
9:50

Por Magín R. Ferre

La democracia estresada

 <strong>Foto:</strong> Ilustración Lucas Cejas
Foto: Ilustración Lucas Cejas

Foto: Ilustración Lucas Cejas



Por Magín R. Ferre La democracia estresada La democracia contemporánea tiene componentes empíricos que le dan forma y que al mismo tiempo tienen consecuencias prácticas y valorativas. 

Por Magín R. Ferrer (*)

 

La democracia contemporánea tiene componentes empíricos que le dan forma y que al mismo tiempo tienen consecuencias prácticas y valorativas. Mayormente se la entiende como un conjunto de procedimientos para la solución de conflictos políticos.

 

Sus componentes empíricos, como ser las autoridades electas, las elecciones, el sufragio universal, el derecho a competir por cargos electivos, la libertad de expresión, la libertad de asociación y la alternancia de medios de comunicación, deben ser entendidos dentro de un régimen político de gobierno conformado por un conjunto de reglas (formales e informales) que establecen los mecanismos para definir quién está autorizado para tomar las decisiones y bajo qué procedimientos. Cabe aclarar que estas decisiones son obligatorias para el conjunto de la sociedad. (N. Bobbio, 1986) (R. Dahl, 1989).

 

Así decimos que la democracia es el régimen de las autoridades autorizadas por un procedimiento legal y aceptado, cuya modalidad es la regla de la mayoría. El poder político que legítimamente es cedido por la ciudadanía tiene que ser controlado y rendir cuentas de sus actos; en este sentido, al ejercer el poder dentro límites derivados de la Constitución, decimos que nos encontramos bajo un Estado de derecho.

 

Ahora Bien, cuando las autoridades autorizadas (sin distinciones ideológico partidarias) persisten, independientemente de su período de gobierno, durante años en determinadas políticas públicas sin los resultados deseados y esperados, forzando o acomodando las instituciones a objetivos particulares y los ciudadanos autorizan nuevas autoridades, que con cierto tinte de mejora o cambio vuelven a insistir en las mismas políticas, nos encontramos frente a un problema que nos deja como enseñanza dos tipos de insubordinaciones.

 

Por un lado, una insubordinación de tipo política en la que los votantes manifiestan claramente su disconformidad y dicen “¡NO!” por medio de las urnas a pesar de los deseos de las autoridades. Entre otros ejemplos podemos citar el No a la reelección de Evo Morales en 2016, el Brexit en el Reino Unido, las reformas de Renzi en Italia, el No al pacto de paz con la guerrilla en Colombia, la elección de Trump en Estados Unidos y la excelente campaña del demócrata Berni Sanders frente a Hillary Clinton, el notable apoyo al Frente Nacional en Francia (hoy Reagrupamiento Nacional) y Podemos y Vox en España.
Por otro lado, una insubordinación de tipo social cuya respuesta más cabal es la protesta. Hasta hace unos años los sistemas políticos parecían estar inmunizados frente ésta y controlados por los dirigentes de los partidos y élites del establishment; sin embargo, esa omisión en algunos casos la ha hecho recrudecer al punto de lograr torcer o revertir una decisión que a todas luces deterioraba las condiciones de vida o que, en última instancia y frente la inestabilidad política, provocaba una nueva decisión (otra que no estaba en agenda). Entre otros ejemplos podemos citar las protestas en Brasil 2013, Inglaterra 2015, España entre 2011 y 2015, Francia entre 2016 y 2019; Ecuador, Chile, Bolivia y Colombia en 2019. 

 

Sin entrar en cuestiones ideológicas de apreciación sobre estos acontecimientos es menester aclarar que tanto el grado de violencia al que llegaron las protestas como algunos de los resultados electorales nos obligan a reflexionar acerca del rechazo al orden o sistema establecido y algunas prácticas políticas de los últimos 30 a 40 años.

 

Es en este punto en donde nos cuestionamos si la democracia es el sistema ideal o menos malo para llevar adelante el gobierno de un Estado en la actualidad. La respuesta es sí, porque justamente es por causa y consecuencia de la democracia que las autoridades autorizadas se enteran de que sus prácticas, decisiones o políticas públicas no están generando las condiciones necesarias para mejorar la calidad de vida (estabilidad laboral, social, económica, institucional, etc.)

 

En este sentido, tanto la insubordinación política como la social vienen a romper con la autopercepción de confianza que se tenían los líderes políticos sobre la realidad, sus prácticas y decisiones políticas. La ciudadanía ha dado su opinión y frente a la inacción u omisión de las autoridades autorizadas vemos, a veces con sorpresa, que otras alternativas y/o discursos políticos radicalizados ganan espacio en la escena política y social.

 

Estamos asistiendo a momentos de cambios en los que la democracia se estresa, con todo lo que ello implica, pero con certeza encontrará la solución política adecuada. 

 

Nos cuestionamos si la democracia es el sistema ideal o menos malo para llevar adelante el gobierno. La respuesta es sí. Es por causa y consecuencia de la democracia que las autoridades autorizadas se enteran de que sus prácticas, decisiones o políticas públicas no están generando las condiciones para mejorar la calidad de vida.

Tanto la insubordinación política como la social vienen a romper con la autopercepción de confianza que se tenían los líderes políticos. La ciudadanía ha dado su opinión y frente a la inacción u omisión de las autoridades autorizadas vemos, a veces con sorpresa, que discursos radicalizados ganan espacio en la escena política.

 

(*) Lic. en Relaciones Internacionales
 




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