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Jueves 02.01.2020 - Última actualización - 17:51
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Crónicas Sueltas

"Un año más, qué importa, como vino se fue"



Crónicas Sueltas "Un año más, qué importa, como vino se fue"

Rogelio Alaniz


I

Atribuirle a Jorge Luis Borges la escritura de novelas parece ser una obsesión de los presidentes peronistas. Hoy lo hizo tío Alberto; ayer, Carlos Saúl Menem. Digo yo, sin pedantería alguna, pero con deseos de colaborar al desarrollo de la cultura nacional : ¿Por qué los políticos peronistas en lugar de hablar de Borges porque suponen que pronunciar su nombre otorga un raro prestigio, no intentan leerlo? Aconsejo -y espero que nadie lo tome a mal o como una ofensa política personal- “Historia Universal de la infamia”. Descarto por ahora “La fiesta del monstruo” e incluso el “Poema conjetural”. Y desestimo cualquier intento de aconsejar a los devotos lectores de “La razón de mi vida” y “Sinceramente”, la lectura de “El Aleph”, “Las ruinas circulares”, “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius” o “La casa de Asterión”, porque eso sí sería de mi parte un abominable acto de pedantería que a esta altura del año no debo o no debería permitirme.


II

Para principios de los años 50, otro de los grandes creadores de nuestra historia nacional, Atahualpa Yupanqui, harto de soportar cárceles y torturas del régimen peronista, respondió con estos términos a la pregunta que le hiciera un amigo por su decisión de irse del país: “Pienso, luego exilio” . Algunas razones tenía el viejo para pensar en esos términos. Un comisario nacional y popular le había destrozado los nudillos de la mano derecha con la máquina de escribir para que nunca más tocara la guitarra. “Al enemigo ni justicia”, como se decía entonces y se intenta balbucear ahora. Don Ata de todos modos nunca perdió su sentido del humor. “Estos peronistas parece que nunca se enteraron de que soy zurdo”. Y lo decía con esa sonrisa que parecía lastimarle la cara. Hasta el día de hoy no se sabe si la calificación de zurdo provenía de la ideología o de su habilidad musical.


III

Otro de los grandes pensadores nacionales que vivió trágicamente al peronismo fue don Ezequiel Martínez Estrada. A decir verdad, al hombre se le fue un tanto la mano, porque su rechazo al peronismo fue tan visceral que se le inflamó la cara y hasta le cambió el color de la piel. Los médicos no lograron establecer un diagnóstico, aunque su amiga Victoria Ocampo siempre sospechó las causas de esa “infección”. Las sospechas se convirtieron en certeza cuando después de 1955 la infección se le fue misteriosamente y su rostro volvió a ser el de siempre. Martínez Estrada nunca vaciló en considerar al peronismo como una suerte de peste emocional. Sensibilizado por lo que consideraba un clima irreversible de decadencia, alguna vez dijo “La Argentina se tiene que hundir. Si merece vivir, saldrá a flote, y si no, mejor que permanezca hundida en el pantano de la Historia”.


IV

Entre mate y mate, Axel Kicillof debería admitir dos cosas: que la oposición tiene derecho a no dar quórum a un impuestazo que no terminó de explicar; pero, además, el gobernador debería decir algo, una palabrita al menos, de sus compañeritos peronistas que, calladitos, lo dejaron en la estacada porque no lo soportan. El “Chiquito” (como la bautizó con su habitual dulzura su jefa) me recuerda a esos nenes malcriados acostumbrados a satisfacer todos sus caprichos, y cuando una puta vez en la vida una tía o una vecina le dicen: “Nene, basta de caramelos”, se ponen a berrear como unos cochinos y llama a la mamá.


V

Los malandras políticos empiezan a recuperar la libertad. La estructura política del Estado se moviliza para asegurar la impunidad. Como decía Norberto Bobbio, en la historia de la humanidad son muy breves los períodos en que los poderosos, (Cristina, and company) pagan por sus fechorías y crímenes. La impunidad suele ser la constante. Es lamentable, pero la historia así lo enseña. Cristina y sus socios no están presos porque las redes del poder los sostienen. No son ladrones de gallinas. Son políticos poderosos y millonarios. A los creyentes tal vez los consuela suponer que los corruptos pagarán en el más allá por sus “pecados”. Les envidio el consuelo. Lamentablemente yo no creo en los castigos divinos pero, tal como se presentan las cosas, se hace cada vez más difícil creer en la justicia de los hombres.


VI

Diego Maradona saludando desde los balcones de la Casa Rosada expresa tal vez mejor que nadie la estética del actual gobierno. El personaje en cuestión que ocupa uno de los lugares simbólicos más representativos del poder no es un trabajador, mucho menos un luchador social o un hombre del pueblo como se decía en otros tiempos, sino un lumpen cultural y político, encanallado en sus viscosas miserias, que disfruta de los dudosos privilegios de su condición y que su supuesto “hacer lo que se la da la gana” resulta funcional a una estrategia de dominación sobre los sectores populares. Maradona hoy ya no es un jugador de fútbol -si es que ese detalle políticamente tiene alguna importancia- sino que representa algo así como ese ídolo popular cuyas pulsiones más que ver con el fútbol se relacionan con una estética de la vulgaridad, la grosería, la subcultura del instinto. Que el gobierno nacional elija y permita esta exposición dice más de él que todos los tediosos panegíricos de los intelectuales de la denominada cultura nac&pop.


VII

Otras de las iniciativas del flamante gobierno es insistir una vez más en que el fiscal Alberto Nisman se suicidó. El empecinamiento que exhiben para sostener esa hipótesis los hace más sospechosos que inocentes. Sin embargo, yo, que creo que efectivamente el fiscal fue asesinado, no deduzco de allí que la señora Cristina sea la responsable. Incluso ella misma admitió en algún momento la posibilidad del asesinato. Pero sin embargo la legión de los K más papistas que el Papa, se esmeran en sacar conejos de la galera para probar que fue un suicidio. No creo que Cristina haya ordenado asesinarlo a Nisman, pero sí creo que la trama de poder que la sostiene a ella algo tiene para decir sobre este crimen.


VIII

La película “Los dos papas” es un claro ejemplo de los alcances actuales de la estética de lo políticamente correcto. A decir verdad, no cuesta demasiado digerir esa píldora que asegura previsibilidad y tranquilidad de conciencia. El contraste entre el cardenal latino y el cardenal germano es de manual. Uno es vital, alegre, nacional y popular diríamos, y el otro es rígido, reprimido, alejado de los placeres y los desafíos de la vida real. Habría que señalar que las mismas virtudes populares que el director le asigna a Bergoglio, se las podrían atribuir también a Juan XXIII y a Wojtyla, por lo que podríamos arribar a la conclusión que sobre este tema el director no aporta nada nuevo. El que en todas las circunstancias sale mal parado es Ratzinger quien recorre el camino que va de la rigidez dogmática a la senilidad reblandecida, una “sanción” que seguramente proviene de su condición de alemán, pero sobre todo por su condición de intelectual. Al respecto, es necesario decir que el Ratzinger de la vida real es uno de los teólogos e intelectuales más brillantes que dio la iglesia católica en la segunda mitad del siglo veinte, un académico que escribió libros excelentes y que polemizó mano a mano y sin dar cuartel con algunos de los intelectuales marxistas y liberales más destacados de su tiempo. ¿Por qué no pensar a “Los dos papas” como la traducción en el lenguaje del cine de la mítica consigna “Alpargatas sí, libros no”? Agregaría, por último, que todo testimonio documental se reconoce por lo que dice, por lo que calla y por lo que apenas insinúa. Digo esto, porque un tema central de la Iglesia católica como es el de los casos de pedofilia, apenas está sugerido.

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