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Jueves 09.01.2020 - Última actualización - 18:18
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Crónicas santafesinas

Canillitas, patios cerveceros y mosquitos

Marcel Proust. <strong>Foto:</strong> Archivo El LitoralMarcel Proust.
Foto: Archivo El Litoral

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Crónicas santafesinas Canillitas, patios cerveceros y mosquitos

Por Rogelio Alaniz


I


Lo conocí en La Habana hará unos diez años. Me lo presentó Jorge Obeid. El entonces gobernador de la provincia me habló de un ingeniero químico recibido en Santa Fe y que desde 1960 vivía en Cuba. No estoy seguro del todo, pero creo que nunca había vuelto a la Argentina. Tampoco recuerdo su nombre ni su apellido, pero eso no importa porque en esta columna no estoy haciendo historia sino “memoria”. Conversamos en el parque de una de esas mansiones expropiadas por la revolución y que en el lenguaje cubano la denominaban “casas de protocolo”, un eufemismo para referirse a casas expropiada a supuestos oligarcas batistianos. Entonces el hombre debía de andar por los ochenta años. Era flaco, alto y huesudo. Nariz grande, la cara como descarnada y un bigote de esos que en otros tiempos usaban los cantantes de boleros. Hablamos de varios temas, pero lo que recuerdo y lo que importa es lo que me dijo de Santa Fe. Había vivido en nuestra ciudad siete u ocho años. En una casa de estudiantes que, por lo que describió, debe de haber estado por calle 1º de Mayo. Me habló de algunos amigos de la facultad, de algunos asados disfrutados en la galería de la vieja casa de estudiantes; de un patio cervecero que, por lo que me dijo, calculo que debe de haber funcionado cerca del puerto; de una novia de la que recordaba el color de los ojos, pero se había olvidado el nombre. 


En algún momento, mientras los mozos circulaban ofreciendo ron, whisky y porciones de sabrosas langostas, le pregunté casi a modo de final qué recuerdo decisivo mantenía de aquella ciudad que no visitaba desde hacía por lo menos medio siglo. Me respondió sin vacilar: los lisos de cerveza que nunca más probó; el olor de los espirales para combatir los mosquitos y los gritos de los canillitas a la caída de la tarde voceando El Litoral. Los olores, las voces y los sabores. Con algo parecido Marcel Proust escribió una cuantas miles de palabras que dieron que hablar. A este ingeniero, una frase le alcanzó para describir su tiempo perdido.


II


Mis recuerdos de la ciudad por supuesto que son más amplios y algo más detallados. No nací en Santa Fe, pero con mis padres viajábamos a la ciudad con frecuencia. Mi primera imagen se relacionaba con la cercanía de la ciudad: el arco de la colonización en Esperanza y la curva de Recreo en la que me decían que se había matado un corredor de autos. También tengo presente la terminal de ómnibus en calle Mendoza. La terminal que funcionó allí calculo que hasta 1968. Había un bar que después lo tuve presente porque hay un cuento de Juani Saer, “El taximetrista” y ese bar es un lugar importante. Después tengo presente el edificio del “Correo Nuevo”, como le decían entonces. No sé cuando se inauguró, pero lo seguro es que fue hace un montón de años, tanto que yo entonces era un niño. También tengo presente que los santafesinos estaban orgullosos de ese edifico de correo, muy parecido, si la memoria no me engaña, al que levantaron en la ciudad de Córdoba en la esquina de General Paz y Colón. Lo que sí tengo presente de nuestro correo era la pared sobre calle Mendoza. Mejor dicho, tengo presente la multitud de mosquitos apoyados allí. Aquellos eran buenos años para los mosquitos. Trabajaban de mañana, tarde y noche. Y de lunes a domingo.


III


Desde la terminal y hacia el oeste estaba el Baviera. El mítico Baviera de Mendoza y 25 de Mayo. Una cuadra más y estaba el Doria. Según se decía entonces, eran lugares “paquetes” de la ciudad. Por lo menos eso era lo yo escuchaba. Los hombres de traje y las mujeres de punto en blanco. Hombres de traje y peinados a la gomina. No recuerdo mujeres con pantalones u hombres con vaqueros. Siguiendo por Mendoza, cruzando una calle San Martín que estaba muy lejos de ser peatonal, estaba casi a mitad de cuadra, La Modelo. Allí íbamos con mis padres y mis tíos. Ellos tomaban lisos y los niños, casi adolescentes, se nos servía el “cívico”, un liso chiquito acompañado de lo que entonces se decía “la batería”, abundantes platitos con diferentes fiambres. Una costumbre que se perdió en la noche de los tiempos, como se perdieron los tranvías, el funyi, y las polainas.


IV


A mí me gustaba ir a Santa Fe. Los amigos de mis padres vivían en en una enorme casa sobre avenida Urquiza, a media cuadra de bulevar. Seguramente los visitábamos desde siempre, porque tengo presente una noche de reyes en la que dejé en el patio mis zapatos, la palangana con agua y algunos yuyos para los camellos de Melchor, Gaspar y Baltasar. Si la memoria visual no me falla, avenida Urquiza entonces tenía árboles enormes. De allí deduzco que todavía Hacha Brava no había llegado. Debo de haber tenido once o doce años cuando con Carlitos, el hijo de la familia amiga de mis padres, íbamos al cine Esperancino a ver películas de cowboys y de guerra. Al lado del cine funcionaba un local bailable que nosotros entonces mirábamos de lejos. Se llamaba La Cabaña. En aquellos años los bares colocaban las mesas en los canteros de bulevar. Al frente de La Cabaña había un club que le decían el Chanta Cuatro, pero creo que tenia otro nombre. También ponían las mesas en los canteros de bulevar. Siempre pensé que el Chanta era lo más parecido que había en Santa Fe a un club inglés. ¿Por qué esa sospecha? Porque solo veía hombres.


V


En verano, con Carlitos esperábamos en la esquina de Urquiza y bulevar el colectivo creo que el 16 o el 17- para ir a Guadalupe. La cita era en la Costanera, al fondo. No recuerdo si entonces estaba el monumento a Artigas, pero sí recuerdo que la playa era un lujo: arena limpia y se disfrutaba del agua y del sol. El agua era limpia y el piso de arena. No recuerdo ni palometas ni temores por contaminación. Entonces había un bar con una terraza que daba sobre la playa. Nos alcanzaba a nosotros para tomar una gaseosa: Bidú o alguna naranjina. A los más jóvenes les informo que la Coca Cola no llegaba a la provincia de Santa Fe porque desde el Instituto Bromatológico le exigían que den a conocer la fórmula. Y la empresa, por supuesto, se negaba.


VI


Al primer político que conocí en Santa Fe fue al doctor Aldo Tessio. Yo debo haber tenido entonces doce o trece años. Y entonces él era el gobernador de la provincia. Mi tía dirigía una institución de bien público de mucho prestigio. Había una fiesta o algo parecido. Seguramente para recaudar fondos. El gobernador se hizo presente. Con mis doce años reconocí a un hombre mayor, el traje gris, los lentes oscuros y la sonrisa discreta. Por los comentarios de mis mayores comprendí que se trataba de un señor importante. Saludaba con cordialidad y su conversación debe de haber sido muy amena, porque las señoras en particular lo escuchaban arrobadas. Advierto lo obvio: son los recuerdos de un adolescente que terminaba de dejar la niñez, Un adolescente que lo único que sabía de política es que se trababa de un oficio de hombres mayores que hablaban desde los palcos o tribunas. Sí tengo presente cuando horas después -y ya en casa- mi padre le comentaba admirado a mis tíos que Tessio lo había reconocido en el acto. Mi padre, director de escuela de Sunchales, había estado una sola vez en la vida con él y en una reunión en la plaza del pueblo. Pero apenas lo vio le dijo: “Como le va Alanizàcomo anda la escuela”. A esa anécdota, mi padre, que nunca fue radical, la comentó siempre, hasta en los tiempos en que yo ya conversaba con Tessio, no de igual a igual porque siempre perteneció al mundo de mis mayores, pero sí compartiendo algunos entretelones de la política. Y, muy en particular, los temas que Tessio siempre defendió de manera incondicional: las libertades públicas y los derechos humanos. Y las críticas a las dictaduras y los despotismos que asolaron nuestra historia. 

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