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Sábado 18.01.2020 - Última actualización - 18:43
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Peisadillas (por Carlos Mario Peisojovich)

Servicio digital o como no ser vicio

Banco y supermercado sin la intermediación de los aparatos.  <strong>Foto:</strong> Ilustración Luis DlugozewskiBanco y supermercado sin la intermediación de los aparatos.
Foto: Ilustración Luis Dlugozewski

Foto: Ilustración Luis Dlugozewski



Peisadillas (por Carlos Mario Peisojovich) Servicio digital o como no ser vicio

Por Carlos Mario Peisojovich (El Peiso)

 

Mis sueños no se catalogan; son catados, eso sí, saboreados en mi interior, adornados de fantasías y guirnaldas surrealistas, con una pizca de sutiles dosis de realidad, con aromas de perfumes que dan risa, siempre en “Technicolor” y con ruiditos de fritura tan afín a los surcos de los discos de vinilo. Mi paso por la vida es incatalogable; si el camino es recto, yo me salto las paralelas, me voy por la tangente y curvo las reglas, será que no me atraen las medidas, será que me gusta la botella entera, generosa, perceptible y presta al convite. Me gusta la mesa compartida, sin partidos que reparten la torta y nos parten al medio y nos hacen cuestionar: ¿y yo? ¿En qué parte de la mesa estoy? 

 

Señores/as, políticamente también soy un embrollo, no resisto un inventariado, mi archivo político-mental está fuera de toda unidad mensurable. Vivo con desmesurada intensidad las noticias que nos llegan, la radio está encendida prácticamente todo el día (animal de radio), la tele me sublima, a veces me subleva, y siempre me subyuga. Mis dedos no pasarían ningún test y siempre me daría positivo si me hicieran un examen para encontrar rastros de tinta..., tengo el viejo vicio de leer los diarios capitalinos a la mañana y el diario local, mi tan querido “El Litoral”, por las tardes. La información es formación. Y la información tiene múltiples formas y canales, los contenidos digitales crearon otro paradigma en la comunicación global, el público lector de los dispositivos digitales consume ávidamente la información “clásica”-lo que sería las versiones “online” de los diarios- y las plataformas digitales de los medios de comunicación tradicionales que vuelcan su contenido a través de las redes sociales, todo muy lindo, todo muy instantáneo y visualmente atractivo, todo al alcance de la mano, todo gracias a nuestro dedo prensil de nuestras manos; tenemos todo lo que se puede tener a través de una pantallita de 5 pulgadas o más. 

 

Con el mando a distancia de nuestro televisor -el control remoto- tenemos los mismos recursos que en los artículos digitales (inteligentes);leyendo los manuales de estos preciados objetos, me fui dando cuenta que son como los humanos, que según dicen, solo usamos el 3% de nuestra capacidad mental. Sucede que estos equipos multifuncionales tienen características y funciones que ignoramos (permítanme hablar en primera persona del plural y meterlos a todos/as en la misma bolsa), dentro de sus múltiples funciones y aplicaciones denominadas por su sigla “app”, podemos cuidar nuestra salud, controlar nuestro peso; la masa liquida que ingerimos; apagar y prender objetos de la casa a distancia; corroborar si está todo bien mirando a través de la pantalla las cámaras de nuestro hogar; emitir en vivo cualquier tipo de contenidos ; GPS y traductor para aquellos que tenemos la sana costumbre de perdernos en cualquier lugar; pagar nuestras cuentas; pedir créditos y hacer toda la operatoria bancaria; es televisor; billetera; teléfono; radio; cronometro; etc. Sería muy largo enumerar todo lo que se puede hacer con nuestros dispositivos digitales, pero sólo listé lo más común, lo que en la práctica son las funciones más usadas por los consumidores de tales aparatos electrónicos. 

 

Por eso hacía la analogía de estos dispositivos respecto a la increíble capacidad desusada de nuestra mente. Solo uso el botón de prender y apagar y los botones del volumen.

 

Y ahí se terminó mi amor, porque entre esos aparatos y yo, hay algo impersonal. 

 

Releyendo lo que escribí, me voy dando cuenta del placer que me da no poseer ninguno de estos aparatejos que me complicarían la vida al máximo, a saber: todo aquello que puedo hacer con mis manos, mis ojos y mi breve cuerpo, lo hago sin la intermediación de los aparatos, me gusta ir al banco, ver a la gente, saludarnos, quejarnos del calor, de la situación del país, de cómo está todo y de todas esas cosas que se hablan en las filas de los bancos y supermercados. Cuando voy a los cajeros electrónicos me abatato ante los botones, me olvido las claves, me dejo las tarjetas dentro, soy un desastre.

 

Otro punto es el GPS, Sistema de Posicionamiento Global, que es lo que quiere decir la sigla. Confieso que en las dos décadas que viví en España, recorrí toda Europa perdiéndome en cada esquina, errándole a cada curva, metiéndome donde no debía meterme, diciendo lo que no debía decir y gracias a todo eso, pude conocer lugares inimaginables, gentes increíbles, y toda una ruta alternativa de bares, restoranes, barrios, personajes y paisajes que estaban vedadas para el viajante fortuito. Placeres ocultos para quienes estábamos fuera del circuito turístico por ser unos despistados naturales.

 

Billetera virtual le dicen ahora a los documentos y al dinero puesto en bancos digitales. Prefiero la billetera de cuero, con los billetes desprolijamente ordenados, el gesto y la satisfacción de recibir o dar dinero en mano, como antes, como siempre. Yo no me río del dinero, me río de la plata virtual. 

 

Y así podría seguir, y me caería en la grieta etaria de quienes son pro tecnología, y los que estamos en este lado de la mesa. Dame la mesa, la botella, los amigos, las charlas largueras y las miradas cómplices; los sonidos del silencio y la música en la radio llena de frituras y descargas eléctricas, del cara a cara y de la charla hablada y no chateada. 

 

Y que cuando nos digan que se cayó el sistema, pongamos cara de “dobolus” y con los deditos en reunión digamos: ¿Y?

 

Billetera virtual le dicen ahora a los documentos y al dinero puesto en bancos digitales. Prefiero la billetera de cuero, con los billetes desprolijamente ordenados, el gesto y la satisfacción de recibir o dar dinero en mano, como antes, como siempre. Yo no me río del dinero, me río de la plata virtual.

Dame la mesa, la botella, los amigos, las charlas largueras y las miradas cómplices; los sonidos del silencio y la música en la radio llena de frituras y descargas eléctricas, del cara a cara y de la charla hablada y no chateada. 

 


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