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Miércoles 22.01.2020 - Última actualización - 20.02.2020 - 17:57
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Por Graciela Daneri

Quien delega su libertad pierde su dignidad

Libertad, de Lola Mora Crédito: Archivo El LitoralLibertad, de Lola Mora
Crédito: Archivo El Litoral

Libertad, de Lola Mora Crédito: Archivo El Litoral



Por Graciela Daneri Quien delega su libertad pierde su dignidad En nuestra Argentina se observa el destino de un pueblo que ha perdido la confianza en sí mismo, que ha extraviado la fe en la Verdad y cuando esto sucede pone en manos de líderes su libertad.

Por Graciela Daneri

 

“Nada de lo ya transcurrido es un pasado definitivamente cerrado. El pasado dura en el presente y participa en la formación del futuro”. Ryszard Kapuscinski

 

Hace un siglo y a partir de la revolución rusa de febrero a octubre de 1917, se tenía confianza en que con una revolución anticapitalista mundial sería posible obtener la igualdad en el mundo, aniquilar la miseria y lograr la riqueza universal. 

 

Pero resulta que el decurso de un siglo de esperanzas que no se concretaron ha demostrado lo ineluctable de dicha aventura, ya que de una aventura -con muchos crímenes- no pasó: sólo fue una “experiencia” más y a raíz de ello los líderes de ese experimento han caído en el descrédito y los pueblos han perdido sus ilusiones. Y debo confesar que yo misma fui una de esas que interpretó positivamente esa distorsión de la realidad. ¿Quién no se deja llevar por la ilusión de cambiar el mundo a los 20 años? Grave es seguir concibiendo lo mismo cuando los años pasan y la realidad nos enfrenta y demuestra que estábamos equivocados...

 

Por ejemplo en África, los que eran “revolucionarios” como Dos Santos en Angola, pasaron de un izquierdismo a ultranza a un capitalismo salvaje en provecho propio... o sea que se transformaron en explotadores como sus colonizadores europeos al perseguir sus devaneos de riquezas a través de abusos, esclavización y luchas tribales.

 

Y Latinoamérica no le va en zaga, basta recordar variados regímenes (que sería una obviedad mencionar) que en pos del marxismo-leninismo pasaron al populismo y lograron empobrecer y hambrear a su población engrosando sus propias arcas y para cumplir sus propósitos no escatimaron siquiera jugar a escondidas con el narcotráfico, las guerrillas y las sublevaciones populares, esto es el “quid pro quo” de los dictadores populistas que se autodefinen como defensores de los más desfavorecidos de la sociedad.

 

Tratando de emerger de los escombros de esta historia, hoy nos encontramos ante esta situación dilemática, aunque es más que sabido que derrumbar un edificio ya construido es una cuestión muy simple, en cambio reemplazarlo por una construcción nueva es una labor de años.

 

La ética es un vocablo olvidado. Isidoro de Sevilla (a cuya lectura me estimuló la sapiencia del Dr. Carlos Raúl Argüelles) en su “Etimologías” -un libro que hallé en esas librerías de la calle Corrientes, en Buenos Aires, donde venden libros antiguos y usados a bajo precio- dividía la Ética en Justicia, Prudencia, Fortaleza y Templanza. ¿Nuestra clase política posee estas virtudes? Nada más simple: la respuesta basta buscarla en la realidad que hoy nos aqueja.

 

Ahora más que nunca hay que tener en cuenta que la corrupción es un montículo de termitas que corroe los soportes de la democracia y del Estado de Derecho y que mientras los saqueadores prosperan económicamente, se traicionan y extorsionan entre sí o se venden al mejor postor, lo más dramático reside en el hecho que los niños argentinos están condenados desde el momento en que son concebidos, y la voz enronquecida de los que no callan es sofocada.

 

Como supo decir uno de mis escritores preferidos: “¿Cómo predicar el Sermón de la Montaña a los pobres hambrientos, sin discernimiento propio, desilusionados: ‘benditos sean los mansos...’ cuando sólo los fuertes e implacables pueden sobrevivir?”.

 

Es necesario también recordar incansablemente por más reiterativo que resulte, el pensamiento de Nietzsche, quien afirmó que la Historia no hace más que repetirse. Las mismas cosas repitiéndose como disco rayado, interminablemente. Se repite “ad infinitum” y, sin embargo, ¡a muchos los toma de sorpresa!...

 

En nuestra Argentina se observa el destino de un pueblo que ha perdido la confianza en sí mismo, que ha extraviado la fe en la Verdad y cuando esto sucede pone en manos de líderes su libertad, como hace años lo señalara Erich Fromm en su “Miedo a la libertad”. Estos son los ciudadanos que no son capaces de asegurársela por sí mismos porque han perdido su dignidad de hombres. Y si se oculta el pensamiento en lo más profundo del yo y se esconde a los otros, uno cree que no podrá ser arrasado, pero es muy probable que quede ciego en las tinieblas de la nada.

 

Ahora más que nunca hay que tener en cuenta que la corrupción es un montículo de termitas que corroe los soportes de la democracia y del Estado de Derecho y que mientras los saqueadores prosperan económicamente, se traicionan y extorsionan entre sí o se venden al mejor postor.

En nuestra Argentina se observa el destino de un pueblo que ha perdido la confianza en sí mismo, que ha extraviado la fe en la Verdad y cuando esto sucede pone en manos de líderes su libertad.

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