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Sábado 25.01.2020
11:25

Jairo en el Hotel Hermitage de Mar del Plata

La nostalgia del valle y el volcán

El recital fue una manera de celebrar los 50 años de Mario González con el nombre de Jairo, repasando canciones de todas sus épocas. <strong>Foto:</strong> Gentileza Flor ArroyosEl recital fue una manera de celebrar los 50 años de Mario González con el nombre de Jairo, repasando canciones de todas sus épocas.
Foto: Gentileza Flor Arroyos

Foto: Gentileza Flor Arroyos



Jairo en el Hotel Hermitage de Mar del Plata La nostalgia del valle y el volcán

 

Raúl Emilio Acosta

 

“Jairo es un cantautor argentino, también conocido como Jairo Córcoba o Marito, cuyo nombre de nacimiento es Mario Rubén González. La propia Mercedes Sosa lo consideró como ‘La Mejor Voz de Argentina’. Antes de los veinte años, con su primer álbum editado, adopta el seudónimo que lo acompañaría el resto de su carrera”. (Wikipedia). Desconfíe de Wikipedia. Desconfíe. Jairo es mas que eso.

 

Escribir sobre Jairo es usar la primera persona del plural. Escribir sobre Jairo es escribir sobre nosotros. En el año 1972, en el 1973, acompañando a dos entrañables amigos (Claudina y Alberto Gambino, el dúo que cantaba Brassens en castellano, espantando a la moral franquista en España, es Claudina santafesina como yo quien me dice: “Está cantando bien Marito, que se llama Jairo... anda por aquí...”.

 

Estamos en el 2020 y podría decirlo otra vez, que nada sería diferente. Está cantando bien y el sitio es el que elija. Jairo es tintura indeleble puesta en el espacio donde estamos. Una pintura que nos enfrenta y nos contempla. Una voz que se reconoce es una firma definitiva. Jairo es eso. Una firma definitiva. Difícil esquivar: es parte de nuestra generación, la que nos toca. Jairo es nosotros.

 

El primer tema que me revuelve el alma es “El valle y el volcán”, con una poesía de María Elena (Walsh, claro está) que define su carrera y su poesía. No puedo escaparme de “Es la nostalgia”. Debo puntualizar el “Nosotros venceremos” que no es el que cantaba Pete Seeger, es la traducción de la Walsh puesta como lo que es, ese tema es un himno callejero. El “Nosotros venceremos” de la Federación de Box y la campaña de Alfonsín es una apuesta, como después sería “El ferroviario”.

 

Jairo, el morochito, el que es respetado, además de querido, respetado por Don Ata. El de Piazzolla. El de “La clara fuente” esa canción de Quebec, el Canadá francoparlante. El de la “Milonga del Trovador”. De “El niño del tambor”, de “Manuelita” en francés.

 

Jairo canta “La tristeza de Amador” y uno entiende que algo pasa con este muchacho. La primera vez que escuché este poema de Daniel Salzano (oigan, deberían pararse cuando lean su nombre) supe que solo Jairo podía musicalizar tanta belleza y que no perdiese nada, por el contrario. Supe también que se podía hablar de ciertas tristezas cotidianas. El poema dice: “Cuando supo, por aquel viento que le paró... los pelos del alma / que había llegado la tristeza, que había llegado la tristeza / la del pájaro enjaulado, la patrona de los enanos, / la que nunca tuvo novio / Que había llegado la tristeza, la tristeza que nunca había conocido / con sus labios filosos, sus tules que flotaban y un jazmín peludo entre los ojos...”.

 

He vuelto de su recital en el Hotel Hermitage. Es enero argentino del 2020. El Hotel Hermitage es, en sí mismo, un ámbito con magias y ecos entrañables. Ahí cantó. Nos encontramos todos. Primera persona del plural. Lo que somos, lo que fuimos. El druida es Jairo. Escuché sus temas, esos arreglos, ese timbre que es “su sonido”, el sonido Jairo. En el recital estaban todos sus piolines de títeres de 50 años de cielo y espacio. De tablado.

 

Comenzó con “Yo te invito bailarina”. Siguió “Milonga del Trovador”. “Me basta con saber”. La del atardecer, cuando le encanta esa hora del día. “Estampitas”. La de los que se fueron (“No sabía nada”). Los poetas. Un rejunte (medley y/o potpourri) de “Me verán llegar”, “Amigos míos me enamoré”, “El valle y el volcán”, “Nuestra canción será un himno”... Después, como si estuviese Jacques Brel en el escenario cantó “Los enamorados” y un material que sobrecoge porque no es su costado mas conocido y doble encogimiento del alma, todos las cantábamos. “Zamba del grillo”, “La nochera” y “Zamba de mi esperanza”. Solo con su guitarra, evocando “al sonido de los Chalchaleros”, la voz del gordo Saravia, fallecido hace muy poco y que se insiste: todos cantamos. Rara es la música popular y la memoria. Poco domesticable.

 

Hizo el estribillo de “que viví”, del compañero Aznavourian y del mismo (Aznavour para los franceses) la versión de “La Bohème”, con participación de su hijo Yaco. Después llegó el set de rancheras. “La balacera”. Y “Bar Unión”. Esa canción tan particular, París, que no vale una misa sino una mujer. “Revolver”. “El ferroviario”. El elemental “Indio toba”. Elemental y fundamental. Como la que siguió: “Morir enamorado”. “Naranjo en flor” con una bellísima anécdota sobre el filme donde la cantó. Y el re final con el “Ave María” en francés y en castellano.

 

Teclado, percusión, bajo, guitarra, batería, acordiona y varias veces él y otros acariciando más cuerdas de guitarras. Ordena todo un apellido ilustre. El hijo de Oscar Cardozo Ocampo. Arreglos y teclado.

 

Más allá del recital, impecable, que sostiene sus 50 años con el nombre de Jairo y la música uno debe preguntarse qué es o mejor: ¿por qué es un “nosotros”?

 

“Es la nostalgia un ramito de hollín/ un tenue velo del color del añil / un espejismo azul, un tiempo, / con sabor a soledad / y en tanto la vida gira”. Eso: en tanto la vida gira... mientras girábamos también estaba Jairo.

 

“Para correr hacia el mar vistiéndonos de sol, para tener y prestar niñez del corazón. Para jugar a inventar el mundo en una flor, somos dos, somos dos. La eternidad es hoy, la eternidad para cantar y derrotar al tiempo. Para cruzar sin temor el valle y el volcán, somos dos, somos dos. Enamorándonos, viviendo sin después, ni adiós, ni olvido”. Sabemos que nos iremos pero tenemos nuestra pretensión permanente. Vivir “sin después, ni adiós, ni olvido”.

 

Hace 50 años la integrante del Dúo Claudina y Alberto Gambino (él era cordobés) me comentaba: “Está cantando bien Marito, que se llama Jairo... anda por aquí...”. Parece que fue ayer.

 


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