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Sábado 22.02.2020 - Última actualización - 18:40
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Peisadillas

Fe - minas


La feminista francesa Hubertine Auclert (1848-1914), con un banda en la que se lee ‘Suffrage des femmes‘ (sufragio femenino) imagen captada a fines del siglo XIX. Foto: Archivo El Litoral
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Peisadillas Fe - minas

“Las mujeres con buen comportamiento rara vez hacen historia”. Eleanor Roosevelt


Es mi sueño un estertor de graciosas majestades masculinas venidas a menos, hoy mi sueño tiene género, y no es un pedazo de tela que posa sobre un sillón con la exultante belleza de las sedas orientales... aunque pensándolo bien, quizá valga la analogía, pues son ellas el género cuya piel posee esa exultante belleza de la mejor seda oriental. Hoy mi Peisadilla pertenece al género femenino. Es la mujer un motor de búsqueda más potente y más calificado que “Google”, ellas saben encontrar la aguja en el pajar, la pila en el cajón, y a los hijos en el montón. Ellas, sufrientes criaturas, llegaron hasta nuestros modernos días caminando un largo sendero lleno de miserias e injusticias. Injuriadas y desprestigiadas fueron haciendo su camino, siempre bajo la sombra del hombre y predestinadas a la servidumbre de la prole.


La historia comenzó mal desde el vamos, es que muy mala prensa le dio el “best seller” de todos los tiempos, pues desde el génesis -el principio de todo- ellas estuvieron signadas a ser las silentes receptoras de los caprichos del hombre. Dice La biblia en sus primeras estrofas, directa y sin eufemismos, escritas con las palabras de algún intermediario haciéndose eco de las palabras del señor: “A la mujer le dijo: Multiplicaré los dolores de tu preñez, parirás tus hijos con dolor; desearás a tu marido, y él te dominará”. Génesis, 3;16. Mal comienzo para la mujer. Hombres 1, mujeres 0, y el árbitro está comprado.


Y sí, en un principio fue la luz, y como él además vio que la luz era buena, al final y de taquito, el señor se termina conmiserando con las féminas y les dota desinteresadamente del don de “dar a luz” para que los “Don” puedan tener primogénitos y así perpetuar la orden impuesta desde un primer momento para que las doñas se hicieran cargo de parir con dolor antes del Demerol o el Pentotal y cumplimentar el mandato divino que devino en tradición religiosa. Y así asumimos durante largos miles de años que la mujer tenía que ser algo así como la incubadora portátil del hogar, la muñeca de goma del lecho, y portadora de unos de los adjetivos que en estos días más se escucha cuando se refieren a ellas: Resiliencia. Nos dice el “mataburro” que esta palabra se usa mucho en psicología, y cuyo significado se puede definir en la capacidad que tiene el ser humano para sobreponerse a circunstancias que le son adversas a lo largo de su existencia. Y pucha que si se sobrepusieron. Está bien, les llevó unos cuantos cientos de años, unas cuantas luchas que se daban con total desigualdad de fuerzas, y que también la mayoría de esas luchas fueron dirimidas en un hermético silencio, casi con victorias que se festejaban secretamente, y es que peregrinar de las mujeres en la historia de la humanidad siempre estuvo suscripto a la ignominia y representando un papel secundario, diría que algo así como un “bolo” para decirlo en el lenguaje cinematográfico, eran menos que un extra y su mera existencia estaba circunscripta a parir y criar hijos varones que fueran fuertes y aptos para seguir procreando varones más fuertes y más aptos para poder así eternizar la progenie y someter a la hembra a seguir siendo hembra y nada más.


El tic tac del reloj que marca el paso de los días termina por poner las cosas en su lugar, si bien pasó mucho tiempo desde aquel primer mandato marcado sangre menstrual y fuego, deberíamos decir que dios invento al hombre y éste a la mujer, a su antojo y como despojo. Pero hoy ellas enarbolan las banderas de la libertad y la igualdad. Su lucha silenciosa se transformó en una marea intensa y ruidosa, sus pequeños logros diarios se transformaron en derechos obtenidos en buena ley.


Soy sincero, disiento del lenguaje inclusivo, la costumbre o el hecho de no tener el oído acostumbrado, pero la lengua se determina por el uso y quizás en un futuro la misma dinámica de la lengua termine por imponerlo, o no, quizás termine desintegrándose.


Quiero finalizar mi Peisadilla diciendo que adoro que nuestra mujer, y digo nuestra porque la polenta de la mujer argentina es única, porque nuestra mujer es impulsora y creadora del colectivo de “Ni una menos”, porque fue y es generadora de los derechos adquiridos de la mujer, y que su voz es escuchada y respetada en todo el mundo. Y como hombre mujerista que soy, me sigo enamorando de la lucha que ellas siguen peleando.
Por algo el amor, la justicia y la libertad, tienen cara de mujer. 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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