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El Litoral
Jueves 27.02.2020 - Última actualización - 17:35
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Crónicas santafesinas

Calle San Martín entre Corrientes y Moreno. Crédito: Colección BirriCalle San Martín entre Corrientes y Moreno.
Crédito: Colección Birri

Calle San Martín entre Corrientes y Moreno. Crédito: Colección Birri



Crónicas santafesinas

I

La identidad de la ciudad a través del diario. Santa Fe y El Litoral. Imposible escribir la historia de la ciudad en el último siglo sin esa presencia en la que todo santafesino se reconoce. Marcelo, viejo amigo, me contaba que cuando eran niños jugaban todas las tardes en la Plaza San Martín: la de la Jefatura, los bomberos, la catedral y el templo de la masonería. Y Marcelo recordaba que su madre le advertía, antes de que saliera a la calle: “Cuando oigas a los canillitas de ‘El Litoral’ voceando el diario regresá a casa”. Claro, empezaba oscurecer. Los canillitas del diario como aquellos viejos serenos de la ciudad colonial que anunciaban en voz alta la hora. Hace muchos años entrevisté a una señora mayor que había llegado a la ciudad de Santa Fe en los años veinte del siglo pasado. Aún tengo presente sus palabras. “Nunca dejaré de estar agradecida a El Litoral. Gracias al diario que todas las tardes llegaba a casa, aprendí a leer en español, aprendí a conocer la ciudad, sus locales de ropa y comida, sus lugares de esparcimiento, las noticias cotidianas de todos los días. El Litoral me permitió descubrir la ciudad. Gracias al diario, supe qué películas daban en los cines, qué obras de teatro se representaban, qué conciertos se ofrecían. Gracias al diario, descubrí la política y descubrí la ciudad y la región. El Litoral me hizo santafesina, de alguna manera argentina, pero por sobre todas las cosas, ciudadana”.


II

Nunca supe por qué motivos papá decidió que me alojara en “La Taberna de Juanito”, así se llamaba. De don Juanito Marimá. Fue en 1967 y yo llegaba a Santa Fe a estudiar. La mencionada Taberna estaba sobre calle San Martín, en la esquina, creo que de calle Corrientes. Y si no puedo precisar con exactitud la calle, es porque el edificio no existe, se lo llevó el progreso o las hormigas, pero lo cierto es que se lo llevaron. No era un hotel, no era una pensión, era una taberna. Mi amigo Rómulo me recuerda el fragmento del poema que estaba escrito en una de sus paredes: “Si es no invención moderna/ vive Dios que no lo sé/ pero delicada fue/ la invención de la taberna.”. Mostrador y mesas en la planta baja; botellas de vino, de ginebra y vaya uno a saber de qué otros elixires. Olor a café y tostadas a la mañana; olor a comida casera; escaleras de madera con escalones que crujían, y los cuartos en el primer piso. Aire y tono de edificio viejo y venerable. Mi cuarto era amplio, con lugar para una mesa y un par de sillas, además de un ropero y un baño con bañadera. Ventanas de doble hoja que daban a la calle. De la Taberna, las imágenes que guardo es la penumbra: día y noche, todo parecía transcurrir a media luz. Dos meses, tres a lo sumo, me alojé allí. Y lo menciono porque de alguna manera a la ciudad la descubrí desde ese lugar en un tiempo en que no conocía a nadie y nadie me conocía a mí.


III

Hay una tarde de primavera que tengo presente; se trata de una tarde que me acompañará como recuerdo hasta el fin de los tiempos. Salgo de la Taberna recién bañado y de riguroso traje y corbata como correspondía a un estudiante de Derecho en aquellos años. Deben ser las seis de la tarde, seis y media cuanto mucho. Tarde hospitalaria, mansa, apacible. Decido caminar por calle San Martín hasta bulevar y desde allí a la facultad. Mi asombro y mi curiosidad. Tengo diecisiete, dieciocho años, pueblerinos. De Sunchales, para más dato. Creo que no era tonto -por lo menos no en exceso- pero la ciudad y en particular calle San Martín me desbordaban. Ni miedo ni timidez, sino extrañamiento. De todos modos, esa caminata de una tarde de octubre la tengo presente porque creo que nunca más observé a la ciudad con ojos tan curiosos, nunca más mi mirada fue tan pura, tan ingenua, tan encantada. Todo era nuevo, todo era notable, todo era novedoso.


IV

Pasé frente al Jockey Club y el Club del Orden y supuse que los hombres mayores que estaban parados en la puerta o las personas que podía distinguir desde la calle y que conversaban sentados en mullidos sillones, pertenecían por definición al patriciado local. Ricos y lejanos. Pasé frente a la confitería “Los dos chinos”, pero yo aún no sabía que se llamaba “Los dos chinos” y que alguna vez Pampanana sería el dueño, el mismo estudiante con el que unos meses más tardes nos liaríamos en una mesa de póker. Al Teatro Municipal lo tenía presente porque alguna vez había asistido con mis padres a una función, pero todas esas mujeres y hombres que pasaban a mi alrededor me resultaban absolutamente desconocidos. Un detalle de aquellos tiempos: los muchachos todos -o casi todos- peinados a la gomina; sacos y corbatas o sacos sport. La moda italiana de mocasines sin medias. Pantalones de botamangas anchas. Todos, hombres y mujeres, mayores que yo. En la esquina de San Martín y Mendoza me encontré de pura casualidad con un amigo de mi pueblo que desde hacía unos cuantos años estudiaba en Santa Fe. Conversamos de trivialidades y nos separamos con la promesa de vernos más tarde en el Comedor Universitario. Eran los años en que, según mi leal saber y entender, la cita social se formalizaba en el Baviera de Mendoza y 25 de Mayo. O en el Doria: el Doria de la esquina o el Doria de la galería. Otro lugar distinguido para mis modestísimos conocimientos ciudadanos de entonces, era la confitería Melipar con sus enormes ventanales sobre calle San Martín. La Melipar estaba en el primer piso de Galería Garay, una de las primeras galerías de la ciudad. 


V

Lo que cuento ocurrió hace más de medio siglo. Según se mire parece una eternidad o parece ayer. Pero, palabras más palabras menos, medio siglo no es para tomarlo a la ligera. Después, por calle San Martín caminé de día y de noche; de tarde o de madrugada; solo o acompañado; con frío o con calor; con sol o con lluvia; casi siempre fresco, pero a veces con algunas copas de más; por lo general en son de paz, pero algunas veces sumado a manifestaciones estudiantiles contra las dictaduras de turno. Lo que digo es que a la calle San Martín me la sé de memoria. Conozco cada uno de sus recovecos: los que estaban y los que están. La conozco cuando era calle angosta y ahora que es peatonal. Cambió mucho por supuesto, pero en lo que importa sigue siendo la misma. “Un cambio en la permanencia”. De esta calle santafesina guardo imágenes, recuerdos, historias de amigos que fueron y que serán; de mujeres que me quisieron y sabiamente dejaron de quererme. Sin embargo, a la hora de pasar en limpio, a la hora de expresar en palabras aquello que importa, aquello que de alguna manera me constituye, el único recuerdo que importa, la única caminata que vale, es la de aquella tarde de primavera de 1967, cuando yo era muy joven y caminaba por la principal calle de la ciudad como si fuera el hombre invisible.


VI

Historias que se cuentan de la ciudad. Historias que se confunden con leyendas. Algo de verdad y algo de mentira. Así se fundan, para bien o para mal, los mitos. Edgardo y Jorge me aseguraban que alguna vez el dramaturgo Eugene O’Neill anduvo por Santa Fe. Que llegó con una cuadrilla de obreros ferroviarios y que durmió “bajo la sombra” del Puente Negro. Si fue cierto, es para maravillarse. El autor de “Extraño interludio” o “Largo viaje hacia la noche”, el padre de la mujer que se casó con Carlitos Chaplin, el abuelo de la divina Geraldine, durmiendo en Santa Fe a la intemperie. Otro amigo ingeniero, afirmaba que Luis Carlos Prestes, el mítico dirigente comunista brasileño, el celebrado “Caballero de la esperanza”, estuvo una temporada en la ciudad trabajando en la construcción de la costanera. Ya conté más de una vez que Eduardo Arolas escribió el tango “Derecho Viejo” en homenaje a la muchachada del Centro de Estudiantes de Derecho de nuestra facultad. Y lo escribió porque hace una ponchada de años anduvo por estos pagos, con el bandoneón y su bohemia. Una crónica sostiene que Roberto Arlt pasó por Santa Fe rumbo a Entre Ríos. Me hubiera gustado compartir un vino con él; o, aunque más no sea, charlar de lo que se le ocurriera con un cigarrillo de por medio, esos fasos negros y sin filtro que a él le gustaban. El doctor Borzone sostenía que Federico García Lorca visitó Santa Fe y pasó una noche en la ciudad. Si fue así, debe de haber sido a fines de 1933 o a principios de 1934. ¡Qué lujo! El autor de “Romancero Gitano” caminando, por ejemplo, por Parque Sur, sin espanto y sin miedo. Jacinto Benavente estuvo en Santa Fe y así lo registran las crónicas. Arthur Rubinstein en esta ciudad dio dos conciertos. En 1964, Jorge Luis Borges caminó por calle San Martín acompañado de dos jovencitos: Juani Saer y Roberto Maurer.  

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