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Sábado 29.02.2020 - Última actualización - 17:29
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Invisibilizado lo incivilizado

 Crédito: Archivo El Litoral
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Invisibilizado lo incivilizado

“Si te sientes inútil y deprimido, recuerda que un día fuiste el espermatozoide más veloz de todos”, Groucho Marx.


Los sueños son repetitivos, es que los sueños son como las modas, siempre vuelven; como el Yo-Yo (mi juego favorito), o como el herpes, como las ex, y hasta las enfermedades que se creían erradicadas. Es que todo, a la larga o a la corta, termina volviendo con esa tan particular manera de ser circular; tan circular como el mundo, como nuestra cabeza, como nuestros sueños liberados como globos. La vida es un “Déjà vu” perpetuo, y sin embargo quedamos paralizados cuando nos sucede esa sensación de “algo ya vivido” que sería la traducción literal de la palabra “Déjà vu”, sin fijarnos en la paradoja que se da en nuestra automatizada vida moderna, como si nosotros no estuviésemos acostumbrados a repetir nuestras acciones, a esquematizar nuestra vida y hacer de la rutina una regla inflexible. Esclavos del reloj, limitados por el horario, organizados por el almanaque, educados por instrucciones cívicas, adoptamos convenciones sociales y vamos pasando por la vida con reglas impuestas heredadas y adoptadas casi sin chistar. 


Vamos repitiendo nuestros actos casi inconscientemente. Somos como los trompos, giramos estando en el mismo lugar. Aun estando inertes, la tierra nos mueve en su rotación a 1700 kilómetros por hora, y no se nos mueve un pelo. Las reglas y las escuadras no fueron hechas para mí, me gusta bordear el camino, ir por el filo de las cosas, ser incorregible y caprichoso, desandar el camino de la vida sin respetar las señales, me dejo llevar por el libre tránsito de mis días sin las credenciales que denoten mi anormalidad.


Toda mi vida comencé, y a la larga se hizo rutina, con la costumbre de empezar a leer el diario desde la última página, mi mirada solamente buscaba localizar las viñetas de las páginas de humor, era la manera (la sigue siendo) de arrancar las “malas” con una sonrisa.


Mucha gente tiene el hábito de dejar lo más sabroso del plato para lo último, me imagino que debe ser para quedarse con un buen sabor en la boca, quizás ese “dejar lo mejor para lo último” fue el principio del deseo del postre; pero indagando en los leves pensamientos de la nada, también vino a mi memoria que antes nuestros viejos abuelos o padres, ya patriarcas de sus respectivas familias, apenas finalizaba la cena o el almuerzo de algún festejo en particular, iban a la sala de fumadores (generalmente la sala o la biblioteca) a hablar de cosas de “hombres”, con sus vasos llenos de bebida, coñac o whisky, encendiendo sus puros y pipas, recuerdo que no era un agradable sabor el que quedaba en la boca, pero era lo que se estilaba, y como muchos saben, las costumbres como las modas, a veces incomodan, pero se siguen usando.


Confieso, y quienes los que me conocen no necesitan esta confesión, que yo siempre fui un ansioso incurable, inquieto por naturaleza, curioso empedernido.


Hedonista irreparable y sibarita irresoluto, siempre empiezo por lo que me da placer, por lo que me hace reír, lo que me conduce a la satisfacción inmediata para tener en mi cara esa complaciente sonrisa de Buda.


Ya de feto apuré las cosas para no perderme nada; anticipé mi nacimiento un par de semanas sin pedir permiso a nadie, nací inmaduro, “arrancao verde”, fui un adelantado y quizás me faltó ese golpe de horno... Pero como todo tiene un porqué, creo que hasta soy de corta estatura para poder ser siempre el primero de la fila, para ser el que siempre iba adelante en las fotos y al que todos querían apretarle las mejillas con ternura y acompañadas de frases tipo “¡ay!, ¡qué simpático!”, “que carita de travieso” y cosas por el estilo..., obviamente, como era simpático y travieso, siempre usé a mi favor mi corta estatura. Retacón y con dobladillos de pantalones exagerados, pero nunca corto de ideas.


En esa constante búsqueda de llegar más alto, quise leer antes de ir a la escuela, es más, antes de ir al jardín maternal, es que tenía la necesidad de querer saber todo, de curioso nomás y de metiche insobornable, buscaba mejorar y potenciar esa habilidad que tenemos los petisos de meternos en todo y en todos los lugares posibles, no importaba si era a codazos o a puntas de pie, o subyugando con las palabras bien dichas, lo importante era estar ahí.


Fue esa curiosidad innata que desató uno de los vicios que tengo desde que se reveló en mí la pasión por los medios, el vicio periodístico de querer adelantarme a los títulos del día siguiente. Ejercicio que a lo largo de los años fui usando como un juego. Leí alguna vez por ahí a un periodista decir que un buen periodista es aquel que se adelanta a las noticias que están por ser noticias. Pero hay cosas que no se pueden ver venir, por más que sepamos que todo vuelve, no la esperamos. Por suerte, si no sería muy aburrido vivir.

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