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Viernes 06.03.2020 - Última actualización - 17:34
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Bla bla bla

En el discurso ante la Asamblea Legislativa, Alberto Fernández habló de todo, menos del camino económico que habremos de recorrer para salir del pozo. Crédito: Archivo El LitoralEn el discurso ante la Asamblea Legislativa, Alberto Fernández habló de todo, menos del camino económico que habremos de recorrer para salir del pozo.
Crédito: Archivo El Litoral

En el discurso ante la Asamblea Legislativa, Alberto Fernández habló de todo, menos del camino económico que habremos de recorrer para salir del pozo. Crédito: Archivo El Litoral



Bla bla bla

Una canción lleva este título, que entre nosotros significa hablar mucho sin decir nada concreto, algo parecido a volar en círculos sin saber adónde aterrizar. Es la sensación que me deja el discurso de Alberto Fernández, en el que habló de todo, menos del camino económico que habremos de recorrer para salir del pozo. 


Después de haber escuchado numerosos discursos ante asambleas legislativas de los más diversos presidentes, creo que la política es uno de los sectores que más atrasa en materia de innovación. Cambia, eso sí, el marco escénico de las ritualidades institucionales; ahora hay más jóvenes y mujeres, y el banal uso de las selfies, que Ellen DeGeneres instaló como presentadora en una gala de entrega de Oscars, y se ha difundido a la velocidad del coronavirus. De modo que mientras el país sufre, los que tienen la responsabilidad de sacarlo del pantano tontean sonrientes como turistas en el ámbito del Congreso Nacional para inmortalizar un momento que desaparecerá de los archivos de las cámaras o sus soportes más temprano que tarde.


También hubo figuras nuevas en el palco preferencial, como la de Marcelo Tinelli, el viejo cosificador femenino que, ya claramente alineado con el gobierno, disfruta ahora del calor afectivo de las mujeres de verde que luchan contra machirulos que difícilmente puedan alcanzar la celebridad pública del más notorio de ellos: el showman, empresario, dirigente de San Lorenzo y AFA, y ahora político kirchnerista, nacido en Bolívar, provincia de Buenos Aires. 


Con la visible colaboración de Gustavo Béliz, el presidente, que sólo lleva dos meses y medio en el poder, enumeró títulos de lo que piensa hacer, y cuya instrumentación, si se lleva a cabo, implicará nuevos incrementos del gasto público para un país que gira en rojo. Como si no hubiera ya suficientes funcionarios para pensar el país, Alberto propone recontra pensarlo con el aporte de nuevos funcionarios que hipotéticamente tienen lo que a los que están les falta. Y, además, con la suma de nuevos consejos multisectoriales que anticipan contradicciones dialécticas de suma cero (Juan Domingo Perón decía que la creación de comisiones era el mejor método para que no se hiciera nada). Hace rato que la fórmula discursiva del “Entre todos” o “Con todos” ha extendido su alcance más allá del populismo -el gobierno anterior también lo empleaba- para disfrazar con un traje de generosidad la propia y exclusiva voluntad de hacer lo que se quiere.


Entre los anuncios, el hombre que encabeza este gobierno de “científicos” (¿?), en vez de despreciables CEOs (del inglés, Chief Executive Officer; y en castellano, más simple, Director Ejecutivo de empresas privadas), manifestó que en su programa de acción política primero están los vulnerables y luego los demás, y que entre los bancos (a los que necesita para la renegociación de la deuda) y el pueblo, siempre la primera deuda a pagar será la que se tiene con el pueblo, lo que está muy bien, aunque para poder atenderlo hay que incluir en la ecuación las relaciones con los bancos y los factores económicos con capacidad para producir los dólares que a la Argentina le faltan.

 

Precisamente, de qué manera se va a impulsar el prometido crecimiento, sigue siendo una incógnita, aunque las pocas medidas concretas hasta ahora adoptadas marchan a contramano de cualquier noción realista de crecimiento y, mucho menos, de desarrollo integral. Pero hay que conceder que aún es pronto para una conclusión definitiva, ya que queda en medio la negociación con el Fondo Monetario Internacional para reprogramar la deuda pública a plazos mayores, y negociar quitas significativas en la deuda con acreedores privados, condiciones básicas, aunque no suficientes, para relanzar políticas de activación económica.


A criterio de quien escribe, hubo en el discurso demasiadas promesas de “Nunca más”, que en la Argentina significan “Pronto se repetirá”. Entre ellas las relativas a los vicios de la Justicia Federal que Fernández pretende remover con una reforma que desconcentra el poder de Comodoro Py al aumentar sustancialmente el número de jueces federales, proyecto que, dicho sea de paso, es cuestionado por juristas y, además, no cuenta con el apoyo de Cristina Kirchner, que imagina una transformación judicial más radical, al estilo de lo hecho por el chavismo en Venezuela. 


A propósito de Cristina, a la que no le gustan muchas de las ideas esbozadas ni su papel secundario en el plano institucional público, se le vio en todo momento un gesto de desagrado y, antes de ingresar al recinto de la Asamblea, un maltrato gestual a Fernández que dejó al presidente amoscado y sin respuesta, como un chico que ha recibido un reto. Sobre este episodio, cuya crudeza visual ha impactado a todos, el inefable ex embajador argentino ante el Vaticano, Eduardo “Puf Puf” Valdéz, le explicó al periodista Ernesto Tenembaum, que no tiene un pelo de zonzo, que esa circunstancia fue mal interpretada, habida cuenta de que Alberto le preguntaba a su vice sobre el protocolo de la Asamblea (del que él ya había participado en el pasado mes de diciembre) y que Cristina se lo explicaba con la intensidad propia de la docencia platense. De inmediato, sin decencia, el multioperador agregó, con un recurso de proximidad emocional respecto del entrevistador: “Vos que estudiaste en La Plata sabés que son enérgicas las docentes de La Plata. El tema era ese, no otro”. Y lo dijo sin ponerse colorado.


Pero anécdotas aparte, por reveladoras que sean, lo que seguramente provocará respuestas en los próximos días es el anuncio oficial del inminente envío al Congreso del proyecto de interrupción legal del embarazo, muy resistido por la Iglesia; y la corroboración implícita del aumento de las retenciones a la comercialización de soja a través del pedido explícito de colaboración que el presidente dirigió al campo, pese a las protestas crecientes del sector. 


Es que el campo, que en los anteriores ciclos de los Kirchner le aportó a las arcas del Estado 175.000 millones de dólares, como consecuencia de profundos cambios en la productividad (nuevas prácticas agronómicas, la tracción de la biotecnología y precios internacionales excepcionalmente altos), ahora sufre cambios negativos que afectan la ecuación productiva del sector. La sobrecarga impositiva proveniente de la suma de tributos nacionales, provinciales, municipales y comunales, y el aumento en dólares de los costos de producción, se combinan con una fuerte caída de los precios internacionales de la oleaginosa, agravada por el cierre de los puertos chinos a causa de la epidemia de coronavirus. Es la tormenta perfecta que restringe con severidad, cuando no anula por completo, la rentabilidad de los productores, y que ahora también sacude a las grandes compañías exportadoras. En suma, el gobierno acude a una ruralidad siempre esquilmada a causa de la inercia de una rancia tara ideológica que sigue asociando al campo con una oligarquía que ya no existe, al menos en este sector. 


El panorama es complicado, porque la economía no arranca y las tensiones con la Iglesia y la agroindustria auguran nuevos conflictos de efectos difíciles de predecir. Es probable que el clima social empeore, y que un discurso cargado de títulos que pueden compartirse, pero también de procedimientos bajo sospecha, difícilmente vaya más allá de palabras que la recurrente experiencia histórica ha vaciado de sentido. 

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