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Sábado 07.03.2020
17:21

Coronados de miedo a enfermedades sobrevivamos

El “Aedes aegypti”, un mosquito traicionero que pica y enferma. Crédito: Archivo El LitoralEl “Aedes aegypti”, un mosquito traicionero que pica y enferma.
Crédito: Archivo El Litoral

El “Aedes aegypti”, un mosquito traicionero que pica y enferma. Crédito: Archivo El Litoral



Coronados de miedo a enfermedades sobrevivamos

Ya de grande, me enteré de que algunos médicos aconsejaban que sus niños anden “en pata” y que terminaba siendo sano eso de que se revuelquen y que coman tierra y que hagan todas esas cosas que antes no dejaban. 


“La investigación de las enfermedades ha avanzado tanto que cada vez es más difícil encontrar a alguien que esté completamente sano.” Aldous Huxley


Cuando mis “Peisadillas” están en ablande, lo que generalmente sucede la noche antes de mandar el texto, voy calentando el motor de la imaginación para que el atribulado día que sucederá sobreviva otras veinticuatro horas a los noticieros del mundo. Así que me pongo en estado “sueñauta” (una especie de astronauta de los sueños) y me recuesto en mi cama. Derechito y sin chistar, como un obediente escolar, me acomodo en la catrera esperando recibir las musas reclusas de mis fantasías oníricas. Aletargado y soñoliento espero pacientemente deshilachar esa maraña de ideas y oraciones, informaciones, definiciones, opiniones (siempre encontradas en un eje y desencontradas en sus diferencias), como un cazador nocturno de mariposas, intento capturar al vuelo las palabras justas y necesarias, palabras que se escapan y se reemplazan por otras, que brillan por su ausencia o resplandecen con su presencia inmutable. Comenzar a contarles mis “Peisadillas” es como tratar de ordenar un universo de crucigramas irresueltos, pero juro, lo sueño en el intento.


Y en ese estado de despertar soñando o del soñar despertando, según en el lado que se lo sueñe, llegan las voces lejanas de los noticieros de la televisión nacional, y me agarra un chucho de frío y me cobijo bajo las sábanas en posición fetal, cubro mi nariz hasta el límite de mis párpados inferiores, así, a modo de barbijo y me veo a mí mismo como hijo... “Hijo no camines descalzo que te vas a enfermar”, llega la voz aisladamente clara y límpida de “la mami” a través de la máquina del tiempo que es ni más ni menos que recordar, y ahí me veo gozando de las baldosas frías bajo las plantas de mis pies, o me intuyo revolcándome con hojas y lápices de colores, de panza al piso y despreocupadamente entre libros de historietas o enciclopedias gráficas. Me veo en las tardes infantiles de verano ataviado solamente con unos cortos, en esas largas, calurosas y silenciosas siestas santafesinas que parecían no terminar nunca, buscando el frescor en los pasillos de la casa materna para no despertar a los viejos, desmembrando bichos secos en el patio de la casa, observando la vida secreta de los insectos siesteros, inventando historias de gigantes yo y de poblaciones populosas y temerosas de ese gigante las hormigas donde éstas eran regidas por un curioso dictador yo otra vez que les hacía cambiar el rumbo con un palito, con una repentina lluvia artificial de dudoso origen o con una vital y demoledora pisada que revolucionaba su ordenada vida de castas. Con el tiempo, ya de grande, me enteré de que algunos médicos aconsejaban que sus niños anden “en pata” y que terminaba siendo sano eso de que se revuelquen y que coman tierra y que hagan todas esas cosas que antes no dejaban, argumentando que los niños que hacen cosas de niños vayan generando anticuerpos y defensas. Soñando con las sábanas hasta la cabeza en ese mar de contradicciones, me veo sobresaltado por ese flechazo traidor de la picada de un mosquito... Ya no sólo estoy acurrucado en la cama, también tiemblo como hoja seca en otoño. ¿Será el mosquito “Aedes aegypti”? Me levanto repentinamente y voy al cajón de las cosas que no son importantes hasta que se necesitan. Ese cajón -estoy seguro de que cada casa lo tiene-, es “ese” cajón en donde terminan, como en Cambalache, la biblia y el calefón; ahí encontraremos: los lentes viejos junto a las pilas usadas (que las guardamos porque quizás pensamos que en algún momento y como por arte de magia van a volver a cargarse); el alicate (en realidad son los alicates, porque seguro que alguno ya perdió su utilidad); la cinta “scotch”; las pilas chiquitas de los relojes; los relojes que tienen las pilas muertas; las tijeras; los estuches de anteojos que ya no usamos; los anteojos que ya no usamos que nunca coinciden con esos estuches; la calculadora sin pilas; pilas de papeles; enchufes desarmados que alguna vez se volverán a armar; cables cuyas fichas ya no son compatibles con los aparatos de ahora; fósforos húmedos; llaveros viejos; llaveros sin usar; argollas sueltas de llaveros; espirales húmedos junto a decenas de soportes de espirales usados y nuevos; biromes y lápices varios; pegamento seco e inutilizable; ¡y acá está!, el repelente en crema. Pero ya es tarde, el mosquito ya picó.


Dejo mis miedos infundados desfundándome de la cama y vistiéndome enfilo hacia el supermercado que está a la vuelta de casa, es un “super” chino, que tiene buenos precios y está a tiro de piedra de mi casa. Haciendo la fila para pagar, el cajero, de origen chino él, tiene el infortunio de estornudar frente a la fila de la caja, la mirada de espanto se refleja en todos los testigos clientes allí presentes y empiezan a protestar por lo bajo, a llenárseles de miedo las miradas, a impacientarse y ofuscarse, metiéndose la mano en la boca, algunos con pañuelos, llenos de pavor y conteniendo la respiración o respirando a sorbitos.


Y así estamos, mirando los noticieros que nos muestran el fatal avance de una gripe que mata como todas las gripes pero con un nombre bien “marketinero”, comercialmente gráficamente explícito. Y somos testigos asustadizos viendo las pantallas llenándose de puntos rojos que van cooptando un mapa mundial, y eso me recuerda el sarampión que se creía erradicado... Uffff.


Voy a darme una buena dosis de mi mejor medicina, en ese galimatías tan argentino trajeado de un arcaico latín que dice como máxima: “Non calentarum, largum vivirum”.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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