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Viernes 13.03.2020 - Última actualización - 12:18
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En la mira (y)

En el horno

Caen las Bolsas en el mundo. El rápido avance planetario de la pandemia por un coronavirus ha paralizado a la economía china y golpeado a las economías de Europa y los Estados Unidos de Norteamérica. Crédito: Agencia XinhuaCaen las Bolsas en el mundo. El rápido avance planetario de la pandemia por un coronavirus ha paralizado a la economía china y golpeado a las economías de Europa y los Estados Unidos de Norteamérica.
Crédito: Agencia Xinhua

Caen las Bolsas en el mundo. El rápido avance planetario de la pandemia por un coronavirus ha paralizado a la economía china y golpeado a las economías de Europa y los Estados Unidos de Norteamérica. Crédito: Agencia Xinhua



En la mira (y) En el horno La pandemia por el coronavirus ha dejado a la vista la extrema volatilidad de los mercados financieros y su impacto negativo sobre todas las economías del planeta. Nuestro país queda encerrado en un horno a máxima temperatura.

El mundo está que arde. Ha bastado una pandemia grave para que quede a la vista la extrema volatilidad de los mercados financieros y su negativo e inmediato impacto sobre todas las economías del planeta, incluidas las de las principales potencias. También demuestra lo difícil que resultará en el futuro vivir en un mundo tan inestable, cuando en el horizonte se avizoran complicaciones cada vez mayores en los campos de lo social, lo ambiental y lo sanitario. 

 

En estos días, en el gobierno nacional lamentan la aparición de un súbito “cisne negro” en el escenario mundial, que ha descalabrado los índices bursátiles y los precios de los papeles y acciones en que están invertidos los excedentes de las grandes empresas y los ricos del orbe; pero también los ahorros de numerosos integrantes de las clases medias a los que los fondos de inversión convencen para que les confíen sus dineros.

 

En pocos días, el rápido avance planetario de la pandemia originada por un coronavirus con veloces mutaciones, ha paralizado a la economía china -el gran motor global de las últimas décadas- y golpeado a las economías de Europa y los Estados Unidos de Norteamérica. Al margen de las graves consecuencias sanitarias, a efectos de esta nota la consecuencia ha sido el derrumbe del valor de las acciones y los títulos de deuda de diferentes tipos; reducidos, estos últimos, casi a la condición de meros papeles pintados en lo que respecta a los países más complicados.

 

En lo que a nosotros concierne, la debacle se produce en el exacto momento en que Martín Guzmán, ministro de Hacienda y Finanzas de la Nación, pulía la oferta que, en los próximos días, la Argentina presentará a los poseedores de títulos de deuda en el sector privado, de acuerdo con un cronograma establecido de manera previa al estallido de la epidemia y el derrumbe de los valores en los mercados. 

 

Ahora el problema se magnifica, porque la crisis estruja el valor nominal de los títulos y la quita en que se pensaba lo reduce a casi nada. Esta reducción extrema del valor impreso, también contrae el interés que puedan tener los tenedores en llegar a un acuerdo, ya que entre recibir ahora casi nada y esperar una mejor oportunidad, pueden optar por estirar el tiempo de espera mientras se judicializa el reclamo. Para peor, la dramática situación enciende la codicia de los denominados fondos buitres, que tienen espaldas para comprar esos papeles a precio de remate, iniciar acciones ante los tribunales de Nueva York -con una jurisprudencia homogénea respecto al cumplimiento de los contratos- y esperar el tiempo que haga falta hasta que los juicios concluyan.

 

Si esta hipótesis se verifica, nuestro país queda encerrado en un horno a máxima temperatura. La táctica de Guzmán, de negociar primero con los acreedores privados para después ajustar la negociación con el Fondo Monetario Internacional, se ve ahora amenazada por la incertidumbre. Y si lo único que queda en pie es el Fondo, antes de aprobar un programa de facilidades extendidas, le requerirá a nuestro país un plan claro de recuperación económica, capaz de generar los recursos necesarios para atender el capital y los intereses del préstamo. Ese plan, va de suyo, no dependerá de la contabilidad creativa que se hizo famosa ya en los tiempos de Domingo Cavallo. Tendrá que ser un plan en el que los números cierren de verdad, lo que preanuncia sufrimientos y estrecheces en los próximos años para la sociedad argentina. 

 

Si esto ocurriera así, el gobierno deberá cambiar el chip confrontador que, sobre todo, emplea el mayoritario sector kirchnerista, y ampliar el diálogo con otros segmentos de la política, la producción y el trabajo que hoy puedan resultarles incómodos. Está en juego la patria, cuyo sentido Cristina Kirchner y su adlátere Oscar Parrilli, han secuestrado para usarlo como nombre propio de su instituto, que funciona como casa de gobierno alterna de la Argentina. Es una jugada de pícaros, que los asocia con la Patria en mayúscula y, por contraste, margina a los que no opinan como ellos o cuestionan sus políticas, enorme conjunto al que maltratan con apelativos tales como gorilas, cipayos, contras, vendepatrias, sarnosos, agrogarcas y otras lindezas por el estilo. 

 

Esta descalificación de lo distinto, este desconocimiento del otro, desnuda el pensamiento totalitario que se ha apoderado de sus cerebros. Para ellos, sólo es concebible un modo de ser argentinos: el de ser como ellos; los que difieren son antiargentinos. No hay conciudadanos que piensan distinto, hay enemigos a los que hay que acorralar y reducir. Se aferran a la inconciabilidad de los opuestos teorizada por la posmarxista belga Chantal Mouffe, asociada afectiva e intelectualmente con entronizado pensador argentino Ernesto Laclau.

 

Mouffe, perteneciente a una Bélgica lacerada por la persistente división entre flamencos y valones (minoría, esta última, a la que pertenece), cuestiona con dureza los postulados de la democracia deliberativa y su sustrato liberal-racionalista, que cree superable el conflicto entre partidos o sectores a través de dialécticas positivas. Ella entiende que la lucha por la hegemonía es connatural a la política. No obstante, hay una diferencia notoria entre Chantal y el kirchnerismo; la autora, de un pensamiento mucho más refinado que el de Parrilli, sostiene que la lucha por la hegemonía se traduce en el inexorable antagonismo entre adversarios (al principio hablaba de amigos y enemigos), pero contiene ese conflicto inevitable dentro de un marco institucional en el que ambos sectores se reconocen mutuamente la legitimidad de la disidencia y la lucha agonal por lograr sus divergentes objetivos, que al cabo habrán de sintetizarse en el logro de una democracia radical y plural. La lectura del kirchnerismo es más elemental: “Al enemigo ni agua”. Para Cristina, en tanto, la pluralidad es la multiplicación de los que piensan igual.

 

Los apoderadores de la Patria como facción, convierten a sus conciudadanos en algo parecido a los metecos de la antigua Grecia. Yo prefiero pensarla como Jorge Luis Borges en su poema de 1966, en humilde, generosa y abarcadora minúscula. Su último verso dice así: “Nadie es la patria, pero todos lo somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso.”

 

Y esa patria en peligro inminente nos necesita a todos, porque la situación excede las visiones sectarias. Es hora de diálogo en busca de acuerdos, no de trincheras para la guerra. La única salida es lograr un programa que asegure el crecimiento, por eso resulta absurdo que se ataque al sector más genuino de la economía nacional y el que, con los estímulos necesarios, puede generar una respuesta más rápida al problema. Dije, en una nota anterior, que se necesita un punto de apoyo bien elegido para que la palanca de Arquímedes pueda mover el peso estancado de nuestra economía. Esta puede ser la salida, en vez de cavar pozos que nos sumen en una oscuridad cada vez mayor. 

 

Nuestro país queda encerrado en un horno a máxima temperatura. La táctica de Guzmán, de negociar primero con los acreedores privados para después ajustar la negociación con el Fondo Monetario Internacional, se ve ahora amenazada por la incertidumbre. 

Esa patria en peligro inminente nos necesita a todos, porque la situación excede las visiones sectarias. Es hora de diálogo en busca de acuerdos, no de trincheras para la guerra. La única salida es lograr un programa que asegure el crecimiento.

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