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Jueves 19.03.2020 - Última actualización - 19:41
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Crónicas santafesinas

La ciudad de Granada, con la Alhambra en primer plano.  Crédito: Archivo El LitoralLa ciudad de Granada, con la Alhambra en primer plano.
Crédito: Archivo El Litoral

La ciudad de Granada, con la Alhambra en primer plano. Crédito: Archivo El Litoral



Crónicas santafesinas La globalización, por si alguien tenía alguna duda, nos ha alcanzado, esta vez en la desgracia. China estornudó y al resto del mundo le dio el ataque de tos.

I

El coronavirus parece ser el tema excluyente en el mundo, por lo menos en Occidente. Se hace muy complicado escribir en términos locales (santafesinos para ser más preciso) acerca de una noticia que afecta a toda la humanidad. En lo personal, escribo desde la ciudad de Granada, desde una oficina del “Colegio Mayor San Bartolomé y Santiago”, donde estoy alojado desde hace diez días dedicado a estudiar acerca del asesinato de Federico García Lorca en agosto de 1936, beca otorgada por la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNL. Mientras escribo, miro la tapa del diario histórico de Granada, el “Ideal” y registro que sus títulos no son muy diferentes a los de “El Litoral” en Santa Fe. Y tampoco muy diferentes a los de “El País” y el “ABC” de Madrid, o “La Nación” y “Clarín” de Argentina. Un amigo brasileño, que comparte conmigo esa suerte de retiro monacal, me dice que los diarios de su país, los de San Pablo y Río de Janeiro, hablan de lo mismo. Escucho a los amigos de LT10 y de a ratos a Marcelo Longobardi de radio Mitre. El coronavirus es tema excluyente. La globalización, por si alguien tenía alguna duda, nos ha alcanzado, esta vez en la desgracia. China estornudó y al resto del mundo le dio el ataque de tos. Y esperemos que no sea más que eso.

 

II

De Santa Fe, me anuncian los amigos que la ciudad lentamente se va paralizando. Era hora. Aquí en Granada está paralizada desde el sábado. La ciudad es un páramo. Salgo a caminar por sus calles y me siento un personaje de Bradbury o de Pavese. La soledad es casi absoluta. Todo cerrado. Empezando por los locales nocturnos, bares y comedores. Las únicas puertas abiertas son las de las farmacias y algunos supermercaditos. Después, el panorama es desolador. Sobre todo para un tipo como yo que pasa más horas en un bar que en su casa. Algunos mendigos, algunos policías, algún vecino que se dirige a un mercadito. Dos monjas, salen de un convento. Silenciosas, casi invisibles. La única sociabilidad que se registra es la de los taxistas, conversando entre ellos en paradas desiertas. Un bus se desliza por la calle como un fantasma. La sensación de que hemos regresado a la edad media es inquietante. Una ciudad con sus monumentos, sus museos, sus torres y calles trazadas como laberintos, sumergida en el silencio. Al mediodía y a la caída de la tarde, las campanadas de las iglesias contribuyen a fortalecer esa sensación de ser protagonista de alguna película ambientada en el mundo antiguo.

 

III

En Granada, pero también en cualquier parte del mundo, se discute si se está haciendo lo correcto o si se está exagerando. Yo, como se lo dijera a los amigos con los que comparto el enclaustramiento, he decidido hacerle caso a las autoridades. ¿Un acto de fe en un agnóstico? Tal vez. Pero lo cierto es que me he transformado en un ciudadano sumiso y obediente. Como diría tía Cata: el miedo no es sonso. Me dicen que me tengo que lavar las manos y me las lavo; me dicen que tosa o estornude con cuidado y no me lleve las manos a la cara, y lo hago; me dicen que debo que rehuir las multitudes y las rehúyo; me dicen que aproveche para leer, escribir y ver buen cine y lo hago. Y si me ordenaran que no debo mirar a las mujeres, no las miraría. Qué otro remedio me queda. Como dice un amigo creyente: me he sumado al rebaño. ¿Hay otras posibilidades? Siempre las hay, pero no las aconsejaría. Hay muchas cuestiones graves e importantes en juego para andar posando de rebelde o chico desobediente.

 

IV

Leo a periodistas y opinadores que se florean diciendo que este “asunto del coronavirus” se trata de una conspiración de las multinacionales, del neoliberalismo, de los siniestros chinos siempre dispuestos a aprovecharse de la supuesta imbecilidad de la condición humana. Para nuestros amigos rebeldes, pareciera que toda la humanidad es víctima de una maniobra tramposa. Según ellos, somos prisioneros del miedo. Y del miedo a la histeria y a la discriminación hay apenas un paso. O tal vez menos. Me perdonarán mis colegas rebeldes, pero no les voy a hacer caso. Por ahora, prefiero creerle a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y a los principales hombres de ciencias. Lo siento por ellos y por sus sanos afanes rebeldes, pero a riesgo de ser acusado de miedoso, he decidido hacerle caso a los que saben. Ya sé que esta pandemia en términos económicos nos saldrá un ojo de la cara. Pero ignorar o subestimar al bendito virus Covid 19 nos puede salir mucho más caro. Ni histeria ni pánico: sensatez y sentido común. De todos modos, como argentino residente en Europa, me doy el lujo taura de seguir llamando la atención. En efecto, españoles, franceses, italianos y griegos no pueden creer, les resulta imposible imaginar que los argentinos piolas aprovechamos que no hay clases para salir de vacaciones. A nadie en el mundo se le ocurrió algo parecido. Seguimos encabezando la tabla de posiciones de vivos, piolas y cancheros. ¡Vamos Argentina si querés! 

 

V

Leo el “Decamerón” de Giovanni Bocaccio. Según se informa en el prólogo, en una iglesia desolada de Florencia siete mujeres y tres muchachos deciden cumplir la cuarentena refugiándose en una villa ubicada a pocos kilómetros de Florencia. Las mujeres son jóvenes y hermosas; los muchachos son pintones y a partir de ese momento despertarán por los siglos de los siglos la envidia de todos los hombres del mundo, porque no a cualquiera en medio de una peste siete mujeres los invitan a cumplir juntos la cuarentena. Esto ocurre en 1348. Como leyó: hace casi ocho siglos. La estaban pasando mucho peor que nosotros. La peste negra mataba a pobres y ricos, a feos y lindos. Y nadie tenía la menor idea de lo que se debía hacer para combatirla. Los médicos no daban pie con bola y los religiosos suponían que había que hacerse cargo del castigo divino por nuestros pecados. Corrijo. No todos los religiosos, por supuesto. Porque hubo sacerdotes iniciados en la medicina y sacerdotes que a los más oscurantistas y fanáticos les recordaban que Dios no castiga sino que perdona. Y en medio de esa tragedia de muerte, dolor, impotencia y promiscuidad, diez jóvenes deciden refugiarse en una villa florentina para disfrutar durante dos semanas de la vida a través de los recursos de la imaginación, la sensibilidad y el placer. En un mundo teñido por la muerte, la desolación y el terror, un grupo de chicas y muchachos deciden afirmar la vida. Esto ocurría en 1348. Giovanni Bocaccio es el “cronista”. Agregale el Dante y Petrarca y el Renacimiento está a la vuelta de la esquina.

 

VI

Con una amiga me las arreglo para salir a caminar por estas calles en la que caminaron los moros, los gitanos, los judíos y los caballeros cristianos. Está permitido caminar si hay un motivo que lo justifique. En mi caso, la exigencia de caminar por motivos de salud. Certificada por un médico, por supuesto. El privilegio de caminar por las calles de Granada como si estuvieran trazadas para nuestra exclusiva curiosidad. El Albaicín, tierra de nadie. Desde la cuesta se distingue la Alhambra. Ni un gato en las inmediaciones. Y eso que la Alhambra es el territorio exclusivo de los gatos, según lo narrara Washington Irving en sus celebres crónicas. Por el Paseo de los Tristes y la Puerta de Elvira, solo dos mendigos parecen desafiar la soledad. En la Gran Vía y la avenida Reyes Católicos, las únicas luces que se distinguen son las de las farmacias y supermercados. Algún patrullero policial que circula a paso de hombre. 

 

VII

Mis días transcurrirán en el futuro inmediato en este Colegio Mayor fundado en 1649 y cargado de historia. No estoy solo. El rector nos brinda todas las comodidades posible. Y como para completar la dicha, me asegura que es tanguero. Hay profesores y estudiantes con los que compartimos la soledad. Los muchachos juegan a las cartas y estudian. Y los veteranos leemos, caminamos por las galerías y conversamos acerca de un mundo que hoy parece demasiado homogéneo. La globalización nos une en la desgracia, pero también en la información. Leo El Litoral a la misma hora que lo lee un venerable vecino santafesino. A LT10 la escucho a la mañana y a la nochecita. No estoy tan lejos de mi ciudad. Apenas lo suficiente como para extrañarla un poquito. 

 

Escribo desde la ciudad de Granada, desde una oficina del “Colegio Mayor San Bartolomé y Santiago”, donde estoy alojado desde hace diez días dedicado a estudiar acerca del asesinato de Federico García Lorca en agosto de 1936, beca otorgada por la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNL. 

La sensación de que hemos regresado a la edad media es inquietante. Una ciudad con sus monumentos, sus museos, sus torres y calles trazadas como laberintos, sumergida en el silencio. Al mediodía y a la caída de la tarde, las campanadas de las iglesias contribuyen a fortalecer esa sensación.

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