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Viernes 20.03.2020 - Última actualización - 21:27
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La peste en mi pago. Viernes 20

Control de temperatura en un supermercado.  Crédito: Agencia XinhuaControl de temperatura en un supermercado.
Crédito: Agencia Xinhua

Control de temperatura en un supermercado. Crédito: Agencia Xinhua



La peste en mi pago. Viernes 20 Estamos en mitad del mar y no hay orillas. Lo primero es hacer caso. Pocas camas, pocos respiradores, minga de vacunas y lo dicho: agua y jabón. Quedarse quieto.

La peste en mi pago me enfrenta con una cuestión a la que no estoy acostumbrado. Yo y tantos. No sé si lo podré explicar con palabras. Cualquiera de nosotros sabe que con las muelas es saca y ponga, torno y lo mas fino: implante. Con la vesícula igual. Llévesela. Oigan, vengo de la parálisis infantil en el ’50 y la bolsita de alcanfor pero crecí y llegó la Salk y luego la Sabin Oral. Vengo de vacunarme contra el sarampión y la hepatitis B. Soy de los que se clava la antigripal todos los otoños pero esto es distinto. Ni cirugía reparadora, yeso, implante o vacuna. Agua y jabón, reclusión y cuidado con los viejos. Convengamos que se tienen sensaciones diferentes a las que estábamos acostumbrados.

 

Después de mandar adentro a toda la población urbana vienen los líos: ¿cómo será en las villas de miseria de los arrabales de las grandes ciudades? ¿Se mueren más pobres que ricos? Con el cáncer ya sabemos, no respeta libreta de ahorros ni caja de seguridad. Si no hay vacuna ni cirugía sino prevenciones, éstas, las prevenciones... ¿alargan la llegada, la desalientan pero igual llega?

 

Estamos en mitad del mar y no hay orillas. Lo primero es hacer caso. Pocas camas, pocos respiradores, minga de vacunas y lo dicho: agua y jabón. Quedarse quieto. Pero una vaga sensación de desasosiego me acompaña porque uno siempre quiere saber dos cosas. El comienzo y el final de la película. Estaba enamorado y lo mató por amor. Quién. El mayordomo es el asesino.

 

Fíjense que le estamos creyendo a los chinos que arrancó la enfermedad, que se “amesetó” allá y que, si viene bien la ola, llegaremos a una orilla. No hacer lo que hizo Italia. Mama mía, buena parte de los nuestros desciende de los italianos, muchos son “oriundi” y nuestros hijos querían ser “comunitarios”.

 

Y en mitad de la tormenta los hijos que dicen papá no salgas. A mi casa viene el sodero, el de verdad, no Dady Brieva, el cómico puesto a actor serio y/o de comedias y publicista de una idea política, todas tareas que realiza con alta calidad histriónica, bueno Daddy no viene, no toca el timbre ése sodero de ficción sino el de verdad: chico joven, portador posible, lo miro con desconfianza.

 

Aprendimos definitivamente a “frizar” el pan, “frizar” primera declinación, es el verbo irregular y novedoso que viene del frío, que viene de freezer. La patrona, tan recluída como yo, cortó hace días el pan en rebanadas, las metió en bolsitas de polietileno, que son tóxicas pero muy útiles, y están guardadas a razón de tres panes en rebanadas por bolsita. Se meten en el tostador directamente y se huele el olor a pan tostado a los 20 segundos. Yo aviso, si se corta la electricidad entre el pan duro y la ausencia de tostador estaremos en problemas. Si se corta el gas listo, me rindo. Nos rendimos.

 

¿Qué significa capitular contra el coronavirus? Significa no hacer caso a la reclusión y el agua con jabón. Salir a la calle no es bueno porque no solo que es peor sino que es peor para los demás, por tanto la solidaridad indica quédate quieto aún con pan duro y sin gas. No sos el único ni el primero. No abandonar la trinchera de la silenciosa lucha de la quietud contra la exposición y el movimiento. Si nos movemos, dicen los que saben, el coronavirus avanza.

 

Veterano de aquella polio, de la erisipela y el sarampión, de la viruela boba, de la escarlatina que me agarró con 43 años, de la hepatitis cuando péndex, de la vesícula perdida y un stent ganado, sobreviviente al “macacus rhesus” (rh), al Aedes Aegypti, al Trypanosoma Cruzi, al Treponema Pallidum, a la fiebre del heno, a la leptospirosis y el Hantavirus, a la Gripe A, llorando, aún llorando por los amigos que se fueron con el humo de tabaco en los pulmones, quien esto escribe, enamorado del único club de fútbol que no ha salido campeón (Colón de Santa Fe) sostiene firmemente que aguantará el encierro, esperará las novedades día por día, soportará a los colegas que creen que saben más que los médicos pero si, por casualidad, se les ocurre hacer un corto comercial pidiendo que nos cuidemos y hagamos caso ya que lo peor es lo que se viene, ya sin colectivos, trenes y aviones, en un fin de semana decisivo, quisiera que las instrucciones me las dé el presidente, Alberto Fernández, el porteño. Tiene el mando y la responsabilidad. Al menos lo votamos. A los ministros no. A los WhatsApp tampoco. Ojalá saquen una ley anti WhatsApp bien intencionado. Los bien intencionados son los peores. Sería de estricta salud pública. We Shall Overcome.




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