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Miércoles 25.03.2020 - Última actualización - 18:02
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Por Alberto Trossero

La pospandemia

El espacio público devino es espacios desiertos, y el ágora se aposentó en medios y redes entronizando su comunicación en los espacios privados. Crédito: Agencia XinhuaEl espacio público devino es espacios desiertos, y el ágora se aposentó en medios y redes entronizando su comunicación en los espacios privados.
Crédito: Agencia Xinhua

El espacio público devino es espacios desiertos, y el ágora se aposentó en medios y redes entronizando su comunicación en los espacios privados. Crédito: Agencia Xinhua



Por Alberto Trossero La pospandemia Tal vez no se trate sólo de un virus sembrando muerte, miedo y desconcierto. Quizás estemos -también- en presencia de un vector de cambio civilizatorio.

Por Alberto Trossero

atrossero@merlo-sl.com.ar

 

Con el mismo carácter impredecible que signara a los grandes cambios en la historia de la humanidad. Así, repentinamente, la mutación y vertiginosa propagación de un virus logró aquello que ni la devastación de la naturaleza, ni los dramas del cambio climático, ni la pauperización de dos tercios de la humanidad lograron generar: poner en pausa la globalización, en estado de alarma y movilización a los centros de poder mundial, y en expectación con cuarentena a países y continentes enteros, clamando por remediación.

 

En esencia se trata de un fenómeno paradójico y complejo. Signado por una propagación de la alarma y el fundado temor, tan grandes como la misma diseminación planetaria del virus. 
Como si se tratase de un nuevo discurso único, ya no referido a las hegemonías económicas, políticas y culturales dominantes. El virus y la pandemia tienen una centralidad temática refrendada con acciones a escala planetarias que superan -en todo- a las más fantasiosas tramas de ciencia ficción. Incluyendo discursos presidenciales en distintas latitudes con referencias y comparaciones conmovedoras respecto al carácter sin precedentes de este fenómeno que logró poner en vilo a la humanidad.

 

La globalización... virtual

 

En pocas semanas, lo que parecía imposible de imaginar aconteció plenamente. La exponencial dinámica de la globalización se puso en pausa. Como un inusitado efecto dominó se fueron cercando las vías terrestres, marítimas y aéreas de todo el planeta. La falta de conectividad física devino entonces en globalización virtual, a distancia, compartiendo miedos, inquietudes y esperanzas. 

 

Las inmensas oleadas turísticas dieron paso, incluso, a escenarios desconocidos para generaciones de residentes, sobre todo en los destinos con enorme afluencia de visitantes de todo el mundo. En algunos casos, las masivas protestas sobre la afectación de la calidad de vida y el descomunal deterioro de los recursos culturales y naturales que se hicieran públicas con las marchas del “tourism go home” se tornaron proféticas.

 

Como dando cumplimiento a ciertas alegorías poético-musicales, la calesita por el momento dejó de girar. Y en este súbito modo “global pause” el mundo comienza a considerar -con tiempo y espacio para ello- el sentido con que lo hacía, y aquel con que debería recomenzar. La pandemia es un drama y un desafío, que abre la perspectiva para reconsiderar otros tantos, esfumados en el vértigo de una dinámica global inequitativa, y con marcadas improntas autodestructivas.

 

La cuarentena... globalizada

 

Más temprano o más tarde ,según los grados de convencimiento y acciones estatales, el aislamiento social se terminó globalizando tanto como la propagación del virus. El espacio público devino es espacios desiertos, y el ágora se aposentó en medios y redes entronizando su comunicación en los espacios privados.

 

Como una inversión de signos, todo se resignifica, al influjo de una inercia que fue creciendo en convencimiento al ritmo de los colapsos sanitarios y los crecientes índices de mortalidad en los países más severamente afectados. La amenaza acecha, y el hogar se convierte en refugio y contención, para propios y extraños. El encuentro consigo mismo -esa mismidad que la posmodernidad confinó en los sótanos- se interpela en el ámbito de lo hogareño, en el cara a cara con los afectos cercanos, o en la soledad acompañada por millones de personas que afrontan los mismos desafíos a la hora de interpretar una impronta existencial sin precedentes a nivel mundial.

 

Tiempos de sosiego obligado, donde la banalidad, el consumismo potenciado, la indiferencia, el individualismo, las exclusiones, los abusos, las miserias y mezquindades de todo tipo -entre otras tantas pestes de época- confrontan más que con el “codo a codo” que bien recomiendan los protocolos sanitarios, con el “hombro a hombro” que supone el enorme trabajo de reconstrucción colectiva que nos debemos, desde hace ya mucho tiempo.

 

La comunicación sensibilizada

 

A la hiperconectividad y la extendida modalidad informativa y difusiva que caracteriza a la comunicación contemporánea, la pandemia sumó -como sólo suele ocurrir en los estados de crisis a modo de excepción- aquello que debiera estar siempre por encima del mero intercambio: el sentido de común unión y de destino compartido, aun en las diferencias y las distinciones que nos caracterizan y nos constituyen.

 

Como un estado de sensibilización a flor de piel que todo lo permea. Como una apertura que rompe los cercos de la cuarentena, o un aire de cercanía con la otredad que ningún barbijo es capaz de obturar. Así se entretejen las tramas de comunicación en la era del virus. Y está bien que sea así, pero será esencial, en tiempos de la pospandemia que siga siendo de esa manera, para arremeter contra esa vacuidad técnica que -generalmente- nos distrae, nos aliena y banaliza.

 

Comunicar culturalmente lo que nos pasa es tan importante como comunicar aquello que nos debemos: los sueños, valores e ideales capaces de incluir a todos aquellos que lo necesitan y merecen. Pero lo colectivo es una construcción sólo posible a partir del convencimiento y el protagonismo personal. Y de esto debe dar cuenta el nuevo paradigma de comunicación, para que los aplausos de reconocimiento que se comparten desde el aislamiento y se “viralizan”, permitan luego “viralizar” un nuevo orden, donde lo importante sea siempre lo importante, ante todo y para todos.

 

Nada será como antes

 

Así como las causas fueron impredecibles, las consecuencias también los son. No es posible dar cuenta de lo que vendrá, pero nada será como antes. No se trata de una especulación infundada. Los cambios profundos, las rupturas a escalas civilizatorias, no admiten retornos a situaciones análogas. 

 

Estamos protagonizando uno de los más importantes desafíos de la humanidad, y no sólo por los riesgos que implica el virus con sus potenciales y temerarias mutaciones genéticas. Los quebrantos en los sistemas de salud, aun en países del llamado primer mundo, ponen en jaque las históricas y convencionales nociones de progreso y desarrollo. Con la misma severidad con la que comienzan a crujir los macrosistemas financieros que en las últimas décadas han posibilitado una obscena concentración de la riqueza a nivel mundial.

 

No es momento de hacer lecturas apocalípticas, la mera observación de la realidad nos exime de ello. De lo que se trata es de llenar de sentido la esperanza, a la hora de encaminar el nuevo escenario de mundo, asumiendo con entusiasmo vital un protagonismo capaz de reencauzar todo aquello que sea necesario, para dignificar la existencia, propia y ajena. 

 

Nada será como antes. Que comience a ser como creemos y queremos, de eso se trata. Y al respecto -como siempre ha ocurrido- estarán los que piensan y creen que es posible, y aquellos que niegan esa capacidad ontológica del hombre de trascender el absurdo y el sinsentido.

 

El nuevo cántaro

 

Prevenciones, vacunas y tratamientos. Se mitigará el drama, aun sin que podamos predecir cuándo y a costa de cuántas pérdidas. Pero llegará la pospandemia, y entonces, como los antiguos y ancestrales alfareros deberemos modelar el nuevo cántaro para que reverbere en su vientre el agua de la vida.

 

Un nuevo cántaro, amasado con las cenizas de los pesares y -sobre todo- con los sueños de humanidad que hace tanto nos debemos.

 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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