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Jueves 26.03.2020 - Última actualización - 20:14
19:49

La peste en mi pago. Jueves 26

 Crédito: Guillermo Di Salvatore
Crédito: Guillermo Di Salvatore

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La peste en mi pago. Jueves 26 Escribo estas notas día por día con un ojo en mis propias espaldas, mi tos, mi fiebre, mi destino. Otro ojo en la sociedad que carga presión y tiene cada día menos alimentos y más miedito.

Una especie de rebelión en las cárceles, todas a la misma hora y con el mismo petitorio, han dado una señal. La peste en mi pago está empezando a remover cimientos que, es evidente, estaban flojos. Ojalá no se caiga la casa. La casa es la sociedad medianamente pactada, solo medianamente. No somos una buena sociedad.

 

El pedido de los presos era alocado pero posible. Estamos encerrados y tenemos más peligro de contagio. Nos vamos a morir todos. Déjennos salir. Queremos ir a casa. Alocado y corrijo: imposible.

 

Alocado y también imposible, imposible que lo realicen. En los casos de guerra -y esto es una guerra- aunque no les guste a los libertarios a ultranza, las relaciones se tensan y en la tensión nada es sencillo, mucho menos el diálogo. No se quiere ver esa lucha de Orden o Libertad, que tanto asusta representar.

 

Los presos, deberíamos volver a ese punto, están privados de su libertad porque transgredieron algunos de los pactos puestos en textos, aceptados por la sociedad. Cumplen una condena. Quitar ése principio es quitar que hay leyes que cumplir y castigos por no cumplirlas.

 

Muchos de los que incumplen los pedidos de cuarentena y escondite, para que circule menos el virus que transportamos los humanos, se toman del mismo punto: no hicimos nada. Somos libres.

 

En los presos, en la rebelión de los detenidos, que terminó con varios muertos, porque aprovecharon para cobrarse cuestiones propias de sus sectas y códigos sectarios, la cuestión es la misma. El miedo, en este caso el miedo por sí y como excusa y allí está el punto. Los presos son esa campanita que anuncia que la caldera está con mucha presión, que la vieja olla “marmicoc”, la vieja olla a presión tiene el silbato funcionando por el vapor que la hace girar y eso, silba anunciando que hay mucha presión. Sacarla del fuego o bajar el fuego.

 

Escribo estas notas día por día con un ojo en mis propias espaldas, mi tos, mi fiebre, mi destino. Otro ojo en la sociedad que carga presión y tiene cada día menos alimentos y más miedito.

 

Escribo estas notas como un alarido. Che, estamos sanos, para seguir sanos debemos cumplir la cuarentena y darle comida a los que no tienen nada y pueden enloquecer de hambre.

 

Cartesiano en la duda metódica y con el principio de la más rastrera incertidumbre en la mochila: cumplir preceptos sanitarios y resolver cuestiones societarias con amplitud. No encuentro otra forma de decirlo que ésta: advertirlo.

 

Desorden y egoísmo. Por allí se colará el coronavirus, también la disolución de la sociedad y la re pregunta: se disuelve lo que ya estaba partido en mil pedazos. Sí. No. 

 

Hay otra duda, a caballo de estos tiempos. El orden asegura salvación. El orden como antes el rezo, con la confianza que da la ignorancia. Hum. No lo sé. El enfermo en la cama obedece, el rengo pide ayuda para caminar, que es eso, como ejemplo, en la sociedad mundial disparándose de un virus que es muchísimas veces más pequeño que el diámetro de un pelo.

 

Los diarios se ponen viejos por el tiempo obvio de impresión, que trae otra cifra de muertos de la noche a la mañana y se venden menos, los programas radiales se escuchan más, los de televisión se dividen en pasatiempos novelescos o coronavirus, nadie atiende a otros temas o sí, lo dicho, pasatiempos novelescos pero nada de chismes y filosofía barata.

 

Está, pese a los silencios, la suma de filósofos de ocasión que resumen el coronavirus en un discurso de tres minutos. Los consultan como se puede, por una línea de red o de teléfono. Acompañan como se puede, ya está dicho, algo que no conocen.

 

En los velatorios antiguos estaban “las lloronas” y los señores de negro, altos y serios. Daba prestigio que muchas señoras llorasen en el velatorio y más prestigio esos señores de negro, indicando que diversas personalidades estaban acompañando al muerto porque era muy conocido.

 

Lejos, muy lejos la discusión política. En algunos casos porque no corresponde, en otros porque nadie atiende, ahora, voces discordantes ya que no es tiempo de discordias. “Pajarito en el alambre”. Viejo dicho.  La frase me lleva a la infancia. Decíamos, cuando salíamos de cacería en los arrabales tranquilos, con la “gomera”, la “honda”, ese artefacto compuesto por dos largos pedazos de goma elástica, que una presa era fácil no cuando estaba en vuelo, ni siquiera allá, en lo alto del nido en el árbol sino allí, en el alambre, detenido y solo. Un opositor que se enoja con las autoridades en mitad de una pandemia es eso: un pajarito en el alambre. La peste es la vieja pandilla de amigotes en esa zona en que la ciudad se volvía campo, que el pueblo se destejía en las últimas casas. Un político con discursos de tiempos de paz y discusión es eso: pajarito en el alambre pero, ay, ay, los extrañamos; no a ellos, al tiempo en que podían hacerlo.

 

No soy de citar a políticos para decir lo que pienso. Excepción. La Merkel dijo hace más de 15 días. Se va a infectar el 70 % de los alemanes. Algunos morirán. La economía va a perder 5 puntos netos. Yo le creo a la veterana.




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