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Jueves 26.03.2020 - Última actualización - 21:08
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Por Por Daniel Altare

El doble propósito de la cuarentena

 Crédito: Fernando Nicola
Crédito: Fernando Nicola

Crédito: Fernando Nicola



Por Por Daniel Altare El doble propósito de la cuarentena Este tiempo de recogimiento activa la mente, agiliza los pensamientos y hace que -sin pensarlo- se transforme en un tiempo de reflexión.

Por Daniel Altare (*)

 

La cuarentena o el confinamiento, como dicen los españoles, es un tiempo que puede tener un doble propósito. El primero ya lo conocemos muy bien, porque ha sido resuelto por el decreto presidencial y es comentado por el periodismo especializado y en todos los medios de difusión. Además cuenta con las recomendaciones de médicos e infectólogos, lo que debemos tratar de cumplir en todos sus aspectos bajo el lema “Yo me quedo en casa”. Tiene como objetivo fundamental frenar la pandemia o por lo menos lentificarla, para que no colapse el sistema de salud y la asistencia médica indispensable. En esto debemos ser estrictos en cumplir tanto nosotros como nuestra familia, porque si nadie entra en casa y nadie sale es menos probable que entre el virus.

 

El segundo propósito de esta cuarentena, no se propone en las mesas de opinión televisivas, pero tiene que ver con el aprovechamiento de este tiempo tan especial, como una oportunidad de recuperación personal. Esto incluye el descanso, la participación y colaboración en las tareas del hogar, el ordenamiento de tantas cosas y las reparaciones necesarias. Sin embargo, más allá de todo esto, habrá verdadera recuperación personal si cada uno hace de estos días, en primer lugar, un tiempo de recogimiento. Es la gran ocasión para un retiro personal y familiar, horas de quietud disfrutando del silencio, de la lectura, del análisis y aunque debemos estar bien informados, no podemos dejarnos absorber todo el tiempo por la televisión o la Internet.

 

Este tiempo de recogimiento activa la mente, agiliza los pensamientos y hace que sin pensarlo se transforme en segundo lugar en un tiempo de reflexión.

 

Nada sucede sin que Dios lo permita

 

La reflexión nos lleva a preguntarnos: ¿por qué sucede esto ahora? ¿A qué lo atribuimos? ¿Fue por un simple error humano?

 

Hay eventos que suceden en el planeta Tierra, que la ciencia y los humanos no podemos predecir ni controlar. Entre ellos se encuentran las sorpresivas erupciones volcánicas, los huracanes, las tormentas con ciclones, los tornados, los terremotos y tsunamis. Así también nadie podía predecir una pandemia como ésta, la que resulta humanamente muy difícil de controlar.

 

Para los que creemos en Dios, seamos católicos, judíos, evangélicos o de otros credos, esto suele tener una explicación. Entendemos y respetamos a los que no creen y admitimos que no acepten este razonamiento. Pero los que creemos en la existencia del Dios Creador, sabemos que Él también es un Ser Absoluto y Soberano, que tiene todo el control en la Tierra y el universo. La Biblia dice “Todo lo que Él quiere hacer lo hace” y también que “Ha puesto límite a la vida de los seres humanos” y nadie va a vivir más allá del tiempo que Dios le ha prefijado. Sin embargo, también nos dice que “Dios es amor” y envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo para rescatar a la raza humana caída, muriendo en la cruz como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

 

Ahora, nada sucede sin que Dios lo permita. Jesús ya lo profetizó en San Lucas 21:11: Él tiene todos nuestros cabellos contados y registra cuando uno se desprende y cae, ¿cómo no va a conocer y controlar el movimiento de los astros en el espacio, o de los virus imperceptibles aquí en la Tierra?

 

El tema es por qué y para qué

 

Nadie pensó veinte días atrás lo que sucede hoy. Todo el mundo está conmocionado y se ha paralizado. No podemos medir las consecuencias económicas, los mercados se han desplomado, los accidentes han disminuido en todo el mundo, los índices de contaminación han bajado, el narcotráfico se detuvo en estos días, la prostitución y las diversiones banales, la delincuencia y los robos, la violencia y los crímenes. Pero la reflexión nos lleva al verdadero para qué y es entender que este tiempo de cuarentena no sólo debe incluir momentos de recogimiento y reflexión, sino que debe ser un tiempo de reencuentro.

 

Reencuentro consigo mismo, para replantearnos muchos aspectos, para reconocer todo lo que tiene que cambiar en nuestras vidas y, más allá de lo personal, un tiempo de reencuentro con la familia, para conversar con la distancia prudencial, e intercambiar comentarios u opiniones entre todos los que comparten el mismo ámbito habitacional, para valorarnos, estimarnos y amarnos. Para volver el corazón de los padres a los hijos y de los hijos a los padres, para fortalecer la relación entre hermanos, y también éste es un tiempo de reencuentro para la relación y el buen trato conyugal.

 

Pero por sobre todas las cosas, debe ser un tiempo de reencuentro con Dios, a través de la Biblia, por medio de las reflexiones que se emiten por las redes sociales desde los templos, aunque debemos admitir que nuestro encuentro con Dios se produce más intensamente por la oración.

 

Nosotros como creyentes tenemos que rogar a Dios para que en su amor y compasión detenga esta pandemia, para que se recuperen rápidamente los infectados y para que todos guardemos las indicaciones preventivas. Pero también debemos orar para que se cumpla el propósito por el cual Él permitió esto, para que se produzca en todas las naciones un profundo despertar espiritual y que las personas se vuelvan a Dios de corazón para el bien de toda la humanidad.

 

Como creyentes debemos asumir esta responsabilidad, como Dios se la comunicó al rey Salomón en 2 Crónicas 7:14 y le recomendó para los casos de pestilencias y epidemias en la nación: “Si mi pueblo, los que creen en mí e invocan mi nombre, se humilla y ora y clama con intensidad y se aparta de sus malas obras, yo los escucharé desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra”.

 

(*) Pastor de la Iglesia Evangélica Brazos Abiertos

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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