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Domingo 29.03.2020 - Última actualización - 19:20
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Por Osvaldo "Coni" Cherep

Reflexiones desde el cómodo encierro



Por Osvaldo "Coni" Cherep Reflexiones desde el cómodo encierro Es muy probable que el mundo que nos encontremos el día que nos otorguen la libertad sea mucho más duro y difícil que el que dejamos en la puerta de casa, pero también puede ser el comienzo de algo globalmente mejor.

Por Osvaldo “Coni” Cherep

 

Los hogares se han convertido en pequeños laboratorios humanos. Quienes tenemos la fortuna de contar con una casa más o menos cómoda, donde cada uno tiene espacio para resguardarse de la presencia del otro, la pasamos mejor. Otros, muchos otros, sufren esta cuarentena como se sufre la cárcel. Y hacen un gran esfuerzo para respetar las reglas. Si no las cumplimos, estamos arruinando el plan de solución colectiva. Nadie se salva solo. Y si se salva, no tardará en entender que ese salvataje no tendrá sentido.

 

Las crisis, dicen los chinos, son oportunidades. Entre las corrientes pesimistas y la dura realidad, se cuelan algunas expectativas de cambio. Es muy probable que el mundo que nos encontremos el día que nos otorguen la libertad sea mucho más duro y difícil que el que dejamos en la puerta de casa, el viernes, cuando empezamos el encierro obligatorio. Pero también, puede ser el comienzo de algo globalmente mejor: si algo ha quedado claro es que el dinero en sí mismo no soluciona nada. Que expuestos todos al mismo riesgo, el dinero no concede ventajas muy grandes. Y que la desigualdad y el saqueo del medioambiente, no termina siendo negocio para nadie. Ni siquiera para los que hacen negocios.

 

Lo fascinante y a la vez aterrador de esta historia es la incertidumbre. Nadie, absolutamente nadie sabe cómo sigue. El miedo es general, como aquel mal tiempo de nuestro entrañable Martín Bustamante. Y es una buena oportunidad para atravesarlo. El miedo se combate con conciencia y conocimiento, no con temeridad. A una sociedad que dejó a un tercio de su cuerpo en la marginalidad, le cabe al menos una severa autocrítica: de un modo u otro, todos contribuimos cotidianamente a profundizar ese despojo. Las soluciones no son sencillas, ni se podrán abordar con rapidez. Pero si no aprovechamos esta desnudez general, para comprender que no podemos seguir viviendo en esa dualidad de consumo extremo y gente que se muere de hambre, no habrá servido de nada el paso de coronavirus. De eso se deben encargar los “funcionarios”. De todos los niveles y responsabilidades. Gobernar es establecer políticas integrales. Poner en marcha planes de mediano y largo plazo. Se acabaron los tiempos de los que pasan para hacer negocios personales por el Estado. Y llegó, por fin, el tiempo de los que realmente saben. Sin los que saben, no podremos superar la pandemia. Ni ninguna de las situaciones críticas que sufren las grandes ciudades.

 

Lejos de cualquier pensamiento mágico, y después de leer la nota de Alberto Trossero en El Litoral, creo que el mundo empezó a dar señales de salud durante este tiempo de Stop mundial. ¿Habrán comprendido Trump y todos los muñecos de poder mundial, que esto sigue después de ellos? Hay una fuerza juvenil poderosa que entiende de daño ambiental, y un nivel de conciencia importante sobre los nuevos retos que afrontamos. En Venecia, decretada la cuarentena obligatoria y las fronteras cerradas, los canales muestran agua cristalina donde, por primera vez en décadas, se pueden ver las algas marinas y peces. La NASA confirmó que en sus testeos se registró una reducción de la contaminación en China y las imágenes satelitales muestran hasta una disminución del 25 por ciento. En Barcelona se han registrado jabalíes pastando en medio de las calles, en nuestro continente se han reportado apariciones de especímenes de la fauna en vías de extinción, como los Osos Palmeros. Todas parecen señales de lo que la sobrepoblación y la actividad industrial indiscriminada hacen sobre el ambiente. Una de las que realmente sabe, la argentina Dafna Nudelman, especialista en sustentabilidad y activista por el consumo responsable es clara en ese sentido: “Es la falacia del granito de arena: muchas veces nuestras acciones pueden parecer insignificantes, pero en momentos como este nos damos cuenta de que tienen un impacto real”. Say no more, dice Charly García.

 

Otra revelación sin réplica posible es la estupidez como común denominador en líderes presuntamente antagónicos en lo ideológico: no existen diferencias entre la imbecilidad de Boris Johnson y Nicolás Maduro. Nada separa a López Obrador de la ignorancia y el desprecio por la vida ajena que manifiesta Jair Bolsonaro. Y Donald Trump, claro, aunque -seamos justos- reaccionó tarde, pero reaccionó. Todos los líderes mundiales que juegan al populismo nacionalista, han revelado sus intestinos: frente a la Pandemia actúan como hechiceros, no como estadistas. Sus recetas mágicas, sus desafíos a los contagios masivos y su insolencia frente a la ciencia dejó en claro cuáles son sus condiciones reales para salvar la vida de los suyos: ninguna. La “Grieta” del mundo se extinguió y habrá que reemplazarla por otra mucho más seria y útil: los que saben y los que no. Los que se forman para administrar la cosa pública y los saltimbanquis que sanatean. Que sirva para los casos locales, también. Dejemos de votar slogans e imposibles, y empecemos a tomar en serio el destino de los asuntos públicos.

 

Finalmente, y esquivando a los lugares comunes que están repletos de consejeros espirituales de todos los tamaños y credos: aprovechemos este tiempo en serio. Nos regalaron diez, quizás veinte o a lo mejor cuarenta días para usarlos. No para dejarlos pasar tachando en las paredes palitos, en cuenta regresiva. No importa qué ni con qué, porque cada uno tiene sus preferencias. Pero en casa hay montones de cosas rotas, espacios por limpiar, libros sin leer, películas sin ver, y en la net un montón de tutoriales que enseñan desde coser un botón hasta la forma de hackear las redes del Banco Mundial (es mentira, solo daba un ejemplo). Usemos este tiempo que nos han regalado. Exprimamos las horas de manera tal que cuando nos llegue el sueño nos derrumbemos de cansancio real, y al otro día nos despertemos con la sensación de haber aprendido algo nuevo. Incluso algo que nos puede cambiar la vida para siempre, ¿Quién lo sabe?
Ah. Y usen los teléfonos. Llamen a los seres queridos que están solos, y busquen en la lista de contactos aquellas personas con las que les gustaría tomar unos mates y llámenlos. 

 

Sí, ya se. Este encierro es una pesadilla. Pero es lo que hay, y lo que nos queda. No hay elección, y lo mejor es aprovecharlo.

 

La “Grieta” del mundo se extinguió y habrá que reemplazarla por otra mucho más seria y útil: los que saben y los que no. Los que se forman para administrar la cosa pública y los saltimbanquis que sanatean. Dejemos de votar slogans e imposibles, y empecemos a tomar en serio el destino de los asuntos públicos.

 

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