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Martes 31.03.2020 - Última actualización - 21:35
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La peste en mi pago. Martes 31

Los terroristas son egoístas

Aislamiento en la ciudad por el coronavirus. Crédito: Mauricio GarínAislamiento en la ciudad por el coronavirus.
Crédito: Mauricio Garín

Aislamiento en la ciudad por el coronavirus. Crédito: Mauricio Garín



La peste en mi pago. Martes 31 Los terroristas son egoístas Deberíamos usar la puerta del Siglo XXI para reformular las clases sociales, tan claramente expuestas. La palabra no es revolución ni resignación, es resolución.

Han aparecido toda clases de terroristas. La peste en mi pago no trae cosas nuevas, que serán necesarias, pero pone en escena lo peor de algunos extremos. Aparecieron quienes envían, por las redes, mensajes indicando que ellos saben, de buena fuente, que la partícula, el virus, es un invento chino para dominar el mundo. Pululan los que sostienen que moriremos como moscas gaseadas con Dicloro Difenil Tricloro Etano del bueno. Hay un ejército de “advertidores” (permítanme el neologismo) que insisten en advertirnos que no nos dejemos dominar, que mantengamos las libertades y que la cuarentena servirá para quitarnos la libertad. Siguen los consumidores de Kryptonita, se creen Superman. Quedan los otros, los que dicen levantemos la cuarentena así podemos vender de todo, el comercio salvará al mundo de la Pandemia. Se pueden resumir "Terrorismo. Forma violenta de lucha política, mediante la cual se persigue la destrucción del orden establecido o la creación de un clima de terror e inseguridad susceptible de intimidar a los adversarios o a la población”.

 

Los terroristas son, por construcción, egoístas. En mitad del viaje piden que todo se detenga. En mitad del viaje advierten (verdad / mentira poco importa) que estamos yendo hacia otro lado.

 

Nada más sencillo que preguntarse bueno, ahora, con la constancia virósica mundial en gira por todos los escenarios, con el mismo libreto teatro tras teatro, nadie resiste el archivo de  la pregunta: ¿qué hacías tu, muchacho, antes de que se apagase la luz?

 

Me cuento entre los peores. Vaticino mortandad de los peces entre los pobres, inútiles, desgraciados, analfabetos hacinados en villas de miseria en los arrabales de los grandes centros urbanos. Muchas muertes, además de las que trae la pobreza, el hambre, la desnutrición antigua y la narcocriminalidad íntima, conviviendo en la misma pieza. Holaaa... la droga sigue vendiéndose, holaaaa...

 

He leído a señores jurisconsultos, ex funcionarios con responsabilidades mayúsculas en mi país, que incluye mi pago, indicando lo mismo que advierto personalmente: el hambre se llevará a muchos, el coronavirus aumentará ese viaje al suicidio colectivo que, aquí está el punto, cuando fueron (algunos aún son) parte de la administración pública, prohijaron, suicidio al que ayudaron, país que descuidaron, atrasaron, hundieron, finalmente invalidaron como esperanza.

 

El lugar del desencuentro aparece allí. Se sostiene, desde estos hornos de las viejas prácticas, que todo redundará en una dominación aún mayor. Chocolates por la noticia.

 

Fronteras cerradas, contagio, discriminación y, finalmente, lo que se espera: Robocop. Claro que aparecerá un Gendarme Universal. Ya lo sabíamos. Aparecerá visible lo que estaba solapado: un orden económico universal y cómo, pero cómo escaparse... Yendo hacia lo alto de las montañas... Un ermitaño con conexión a la red...

 

Tal parece que es una suerte de onanismo intelectual sostener las salidas individuales, anárquicas, romnánticas sin aceptar que deberíamos usar la puerta del Siglo XXI para reformular las clases sociales, tan claramente expuestas. La palabra no es revolución ni resignación, es resolución.

 

Hay una larga escena, en la película de Truffaut basada en el libro de Bradbury, que siempre me conmovió. En Fahrenheit 451 pasean, se sientan, recitan, pasean, se esconden, murmuran, en mitad de un cielo azul / celeste pasean. Me parecía poco. Era el ejercicio, el triunfo de la memoria por sobre la acción o mejor: la acción estaba en el pensamiento, aún cuando este fuese solamente memorioso.

 

”Fahrenheit 451 es una película de ciencia ficción dirigida por François Truffaut, estrenada en 1966 y protagonizada por Oskar Werner, Julie Christie y Cyril Cusack. Está basada en la novela homónima de Ray Bradbury y constituye la única película de Truffaut rodada en inglés. La película sitúa en una sociedad posterior al año 2010, en donde la tarea de los bomberos ya no es la de apagar incendios (las casas de ese momento no son inflamables) sino la de quemar libros, ya que, según su gobierno, leer impide ser felices porque llena de angustia; al leer, los hombres comienzan a pensar, analizan y cuestionan su vida y la realidad que los rodea. El objetivo del gobierno es impedir que los ciudadanos tengan acceso a los libros, pues vela para que los ciudadanos sean felices, que no cuestionen sus acciones y rindan en sus labores”.

 

Una cosa trae la otra y la verdad (del Siglo XX) podríamos buscarla en el cine que, con seguridad tuvo todas las respuestas. Ese Omar Shariff corriendo en la calle, hasta descomponerse, es uno de los avistajes urbanos de la impotencia (del siglo XX)... "Doctor Zhivago (1965) (en ruso, Доктор Живаго) es una película dirigida por David Lean y protagonizada por Omar Sharif. Se trata de un drama épico, basado en la novela homónima que publicó el ruso Borís Pasternak en 1957 y que le valió el Premio Nobel de Literatura un año más tarde. La película obtuvo cinco premios Óscar y fue nominada a otros cinco. Además, fue galardonada con cinco premios Globo de Oro, incluyendo los correspondientes a las categorías de mejor película dramática, mejor director y mejor guion. Fue una película muy popular durante décadas, y a partir de 2010 se la consideró en los Estados Unidos la octava película más taquillera de todos los tiempos…”. La esperanza que corría el protagonista era una rubia, la misma de la quema de libros. Inalcanzable. Pero aquello era cine. Adelantaba. Definía. Ahora lo que cabe es redefinir la esperanza; eso no lo consigue el terrorismo.




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