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Jueves 02.04.2020 - Última actualización - 20:32
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Entretelones de la política provincial

Crónicas santafesinas

El Hipódromo el 29 de abril de 2003 Crédito: Amancio AlemEl Hipódromo el 29 de abril de 2003
Crédito: Amancio Alem

El Hipódromo el 29 de abril de 2003 Crédito: Amancio Alem



Entretelones de la política provincial Crónicas santafesinas Hago memoria y trato de recordar algo parecido a este escenario de puertas cerradas, comercios con las persianas bajas, calles vacías, barrios desiertos y silencio. Una ciudad fantasmal.

I

Hago memoria y trato de recordar algo parecido a este escenario de puertas cerradas, comercios con las persianas bajas, calles vacías, barrios desiertos y silencio. Una ciudad fantasmal en la que todo parece desplazarse con esa morosa lentitud que distingue a las pesadillas. Hago memoria y admito que nunca vivimos algo parecido. Para bien o para mal (diría que para mal) nos toca ser testigos de un hecho inédito, testigos de esos episodios o acontecimientos que en el futuro le comentaremos a nuestros nietos, o, aquellos que hoy son niños, los comentarán a quienes para el 2020 aún no habían nacido. Al día de hoy ya contamos con “material” abundante para escribir una novela o un culebrón, filmar una película o un documental, componer una ópera o, aunque más no sea, una cumbia de esas que los santafesinos hemos demostrado que somos capaces de improvisar en menos que canta un gallo. Y, ¿por qué no?, de dibujar y pintar una escena, de esas que alucinarían a un Goya o a un Caravaggio y, si mal no viene, a un Arancio. Y eso que hay motivos para sospechar o temer que lo más “interesante” aún no llegó, o aún no se manifestó en toda su “plenitud”.

 

II

Admitiendo que lo que la vida nos ha deparado en estos días es original, digo a continuación que en la memoria registro situaciones que no fueron idénticas pero que en algún punto se parecieron. Son recuerdos fugaces, breves, algo así como fogonazos fugitivos, pero perdurables en la memoria. ¿Ejemplos? Aquella tarde de abril de 2003 cuando la ciudad se inundó como hacía muchísimos años no lo había hecho. Sí, claro, el mismo día en el que a plena luz entró el agua por un sugestivo “hueco” sobre calle Gorostiaga que los gobernantes de entonces se olvidaron de “tapar”. O supusieron que en la ciudad rodeada por dos ríos no hacía falta hacerlo. Detalles históricos al margen, tengo presente esa caída de la tarde y esa llegada de la noche. Si la memoria no me falla, fue un martes. ¡Tenía que ser martes! Entonces la ciudad vivió un instante que podría compararse con la soledad absoluta. Fue un instante, un par de horas si se quiere, pero fue intenso. Lloviznaba y había refrescado. Salimos de la radio de la universidad con dos periodistas a recorrer las calles de Santa Fe. Dios mío. Cuánta soledad y cuánto silencio. Y sobre todo cuánto desamparo y tristeza. No duró mucho, porque la solidaridad pronto se hizo presente, pero esos momentos no los olvido más. Caprichos de la memoria. Lo que más registro de esa recorrida lúgubre por la ciudad es a cuatro o cinco perros, perros vagabundos, solitarios, abandonados, recostados sobre las puertas de la universidad. 

 

III

Hay otro momento de silencio y desamparo que mi memoria tiene presente. Ocurrió el 1º de julio de 1974. Si, no se equivoco, el día que Isabel Martínez anunció por cadena nacional que el presidente Juan Domingo Perón había muerto. La noticia la escuché -o la escuchamos- en el bar de la facultad de Derecho, cuando la facultad tenía un bar que merecía ese nombre y un concesionario que se llamaba Vicente. La radio era vieja y estaba en la estantería, entre botellas, vasos y un almanaque. Aún tengo presente el tono de la voz de Isabel. Era una noticia que todos estábamos esperando, porque se sabía que la salud del general no daba para más y el desenlace era cuestión de horas. En el bar nos habíamos convocado muchos estudiantes, en su gran mayoría militantes y dirigentes. Los peronistas no pudieron disimular su desconsuelo; algunos lloraban, otros se abrazaban. Recuerdo dos mujeres llorando desconsoladas en la galería frente al aula Vélez Sarsfield. Los que no éramos -ni somos- peronistas respetamos el duelo, pero si bien a ninguno de nosotros se nos cayó una lágrima, estábamos afligidos en primer lugar porque más o menos “gorilas”, esa muerte no nos podía resultar indiferente. El hombre que moría había sido, para bien o para mal, el centro de la política nacional durante treinta años. No era moco de pavo. Pero no empezaban ni terminaban allí nuestras aflicciones, porque a la muerte de Perón le sucedía la llegada al poder de Isabel y López Rega y los previsibles enfrentamientos armados entre las facciones internas del peronismo. No, la muerte del general no era sola su ausencia, sino también la posibilidad de que también sumaba la del estado de derecho o lo poco que quedaba de estado de derecho.

 

IV

Alrededor de las cinco o seis de la tarde dejé la facultad y empecé a caminar por bulevar. Era un día de semana, a una hora que habitualmente la calle desborda de autos, colectivos y gente. Pues bien, a esa hora la ciudad era un desierto. Un desierto silencioso, ese silencio que incluía el dolor y el miedo. Dolor, porque la muerte de Perón golpeaba el corazón de los millones de peronistas que lo amaron y respetaron; miedo, porque para peronistas y no peronistas, lo que se venía era bravo y, además, teñido con sangre. Recuerdo que se decidieron tres días de duelo, es decir, de cese de actividades. Hubo actos públicos y misas en homenaje a la memoria del difunto. De la ciudad salieron colectivos y trenes hacia Buenos Aires donde una multitud esperó bajo la lluvia el momento de darle el ultimo adiós al General. Yo por supuesto allí no estuve. Pero lo que no olvido es esa tarde del 1º de julio. El silencio inquietante de la ciudad, un silencio que flotaba en el aire, un silencio denso, un silencio que se “oía” y sobre todo se olía. Y ese olor se confundía con la pólvora y la muerte.

 

V

Lo que la experiencia histórica enseña, es que cuando las ciudades apagan las luces y desaparece el bullicio y en su lugar se instala el silencio, es porque una desgracia, un dolor o una tragedia ha caído sobre ella. Nos guste o no, la vida es ruido, ritmo, luz. Podemos quejarnos de la alienación de la vida moderna, de los embotellamientos de tránsito, de las multitudes caminando por las calles, amontonadas en los estadios deportivos o saltando y brincando en los recitales, pero cuando eso falta... qué tristeza. La soledad, el retiro del mundanal ruido, la decisión de irse a vivir al campo lejos de la gente, es tentadora cuando sabemos que podemos volver a esas ciudades con su estrépito y sus muchedumbres. Pero una vida sin esas alienaciones se parecería mucho a la muerte. Las pesadillas de algunas novelas de Ray Bradbury o J. G. Ballard o Philip K. Dick, se tejen con la trama de ciudades desiertas, calles abandonadas, barrios en ruinas y con los sobrevivientes encerrados en sus casas o, más que encerrados, escondidos.

 

VI

Lo que me importa decir, para no dar tantas vueltas, es que palabras más, palabras menos, el aislamiento, el encierro, la cuarentena o como la quieran llamar debe terminar. Fue necesario declararla, pero habrá que abandonarla gradualmente; la vida misma exige terminar con esta situación. Hay un debate abierto entre científicos, intelectuales, académicos. No hay una sola opinión, pero se me ocurre que nadie puede discutir que más temprano que tarde a esto hay que ponerle fin. La alternativa no puede ser encierro absoluto y por tiempo indeterminado. No es joda. Esto no es una huelga a lo Baradel. Entiendo por qué se hizo y entiendo los riesgos en juego, pero el desafío consiste en superar esta emergencia. Hay alternativas. Debe haberlas. Si no las encontramos, como diría tío Colacho, el collar nos va a salir más caro que el perro. 

 

Aquella tarde de abril de 2003 salimos de la radio de la universidad con dos periodistas a recorrer las calles de Santa Fe. Dios mío. Cuánta soledad y cuánto silencio. Y sobre todo cuánto desamparo y tristeza. No duró mucho, porque la solidaridad pronto se hizo presente, pero esos momentos no los olvido más. 

No olvido esa tarde del 1º de julio. El presidente Juan Domingo Perón había muerto. El silencio inquietante de la ciudad, un silencio que flotaba en el aire, un silencio denso, un silencio que se “oía” y sobre todo se olía. Y ese olor se confundía con la pólvora y la muerte.

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