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Viernes 03.04.2020 - Última actualización - 20:19
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Por Ana María Cecchini de Dallo

El virus que nos agrede y cuestiona

 Crédito: Mauricio Garín
Crédito: Mauricio Garín

Crédito: Mauricio Garín



Por Ana María Cecchini de Dallo El virus que nos agrede y cuestiona El coronavirus nos hace reflexionar sobre las bondades de vivir en poblados a escala humana. 

Por Ana María Cecchini de Dallo

 

Una vez más un extraño fenómeno, cuyo origen no puede explicarse, cuestiona a la humanidad.
Hubo tiempos en que, otras pandemias, que dejaron miles de muertos, fueron, a la vez, gestoras positivas de cambios rotundos en las costumbres.

 

Hoy, esta microscópica pelotita con puntas, semejante a un bichito de dibujos animados nos bombardea con su ponzoña, nos paraliza y nos hace evidentes realidades a las cuales queríamos ignorar, pero no desconocíamos, relacionadas con el modo de vivir, la relación con la naturaleza y los viajes por el mundo.

 

El enorme riesgo de la vida, adquiere proporciones más graves, en ciudades monstruosas, aquellas que, aun cuando se muestren bellas, atractivas, que parecen tener “una luz especial”, para atraer a muchos individuos que buscan oportunidades de trabajo o de vivir mejor. 

 

Estas megalópolis “parecen” ofrecer más cercanía a los servicios de mejor calidad o a un mercado de posibilidades de compra y de venta. 

 

Sin embargo, son también un caldo de cultivo de miles de personas frustradas en sus expectativas, que terminan viviendo hacinadas o sumergidas en el aislamiento, el anonimato y despersonalizados, trasladándose por una o dos horas diarias en transportes incómodos, tal vez para alcanzar un monto de ingresos insuficientes, y, al mismo tiempo obligados a distanciarse de los que quieren por la mayor parte del día.

 

El coronavirus nos hace reflexionar sobre las bondades de vivir en poblados a escala humana, tener cerca el trabajo, o trabajar desde la casa; asistir a la escuela del barrio, y que nos ocupemos mejor de esas ciudades más pequeñas.

 

El virus nos revela las carencias de los sistemas de salud, precisamente, uno de los servicios hace más atractivas esas grandes ciudades. Pone en evidencia la necesidad de políticas públicas que las atiendan, así como a la educación, la promoción para el asentamiento de industrias y servicios energéticos, de modo equilibrado, acercándolos a las ciudades más pequeñas; lo mismo debe ocurrir con todo avance tecnológico, de cualquier índole, porque ello facilitará que la gente permanezca satisfecha en sus poblados. 

 

Los chinos, ese pueblo multitudinario, señalado hasta ahora como el causante de esta desgraciada experiencia, tienen a su millonaria población y sus oportunidades de trabajo, distribuida en ciudades ordenadas, distantes entre sí por bellísimos parque naturales, si bien no han podido eludir la acumulación de personas en edificios de minúsculos departamentos. 

 

La naturaleza reacciona también ante la cuarentena y nos da hoy su mensaje, desmintiendo a quienes cuestionaban la necesidad de buscar soluciones a la contaminación y al daño del hombre, la vida de animales y plantas muestran los efectos de la paralización y nuestro encierro: los cielos límpidos, las aves y los ciervos que se animan a acercarse a las ciudades y las aguas que se pueblan de peces.

 

Otro rubro que nos interpela es el de los viajes, esa devoción masiva que se despertó en los últimos años como un hambre devorador, que dictaba la “obligación” de salir de nuestro sitio, a veces para conocer y otras por el sólo irse, “a donde se pueda económicamente”. En muchos casos no importaba lo que les esperaba, ni tampoco que era posible conocer para enriquecer el espíritu: una cultura, una forma de vida diferente, un obra humana bella o un paisaje, etc. A veces se ambiciona partir sin conocer el lugar adonde se vive.

 

El coronavirus que va dejando enorme cantidad de muertos, hace tambalear la economía del mundo y la economía de muchas personas, nos interpela como humanidad a revisar valores y conceptos de vida. 

 

El coronavirus nos hace reflexionar sobre las bondades de vivir en poblados a escala humana, tener cerca el trabajo, o trabajar desde la casa; asistir a la escuela del barrio, y que nos ocupemos mejor de esas ciudades más pequeñas.

El virus nos revela las carencias de los sistemas de salud, precisamente, uno de los servicios hace más atractivas esas grandes ciudades. Pone en evidencia la necesidad de políticas públicas que las atiendan, así como a la educación, la promoción para el asentamiento de industrias y servicios energéticos, de modo equilibrado.

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