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Sábado 04.04.2020 - Última actualización - 7:36
7:26

La mirada de la sociología ante la emergencia sanitaria

Frente a la pandemia, la solidaridad se vuelve un gesto de grandeza colectiva

La responsabilidad individual de cumplir a rajatabla con el aislamiento obligatorio y la observancia a las normas de higiene implican un nuevo compromiso social y solidario, hacia uno mismo y hacia el resto de la comunidad. La ciudad y una crónica mínima.

Un chofer de colectivos, con las medidas de seguridad: barbijo y guantes. El trabajador del servicio esencial “transporte público de pasajeros” está exceptuado del DNU que fijó el aislamiento preventivo y obligatorio por parte de Nación. Crédito: Flavio RainaUn chofer de colectivos, con las medidas de seguridad: barbijo y guantes. El trabajador del servicio esencial “transporte público de pasajeros” está exceptuado del DNU que fijó el aislamiento preventivo y obligatorio por parte de Nación.
Crédito: Flavio Raina

Un chofer de colectivos, con las medidas de seguridad: barbijo y guantes. El trabajador del servicio esencial “transporte público de pasajeros” está exceptuado del DNU que fijó el aislamiento preventivo y obligatorio por parte de Nación. Crédito: Flavio Raina



La mirada de la sociología ante la emergencia sanitaria Frente a la pandemia, la solidaridad se vuelve un gesto de grandeza colectiva La responsabilidad individual de cumplir a rajatabla con el aislamiento obligatorio y la observancia a las normas de higiene implican un nuevo compromiso social y solidario, hacia uno mismo y hacia el resto de la comunidad. La ciudad y una crónica mínima. La responsabilidad individual de cumplir a rajatabla con el aislamiento obligatorio y la observancia a las normas de higiene implican un nuevo compromiso social y solidario, hacia uno mismo y hacia el resto de la comunidad. La ciudad y una crónica mínima.

“Luisito, ¿qué hacés afuera?”, le grita un hombre a Luisito, que es un señor de edad muy avanzada y que salió a la vereda sólo para poner una bolsa de residuos rota adentro de otra sana. El señor mayor rejunta la bolsa rota con prudente esfuerzo. “¡Rajá para adentro, te digo!”, le ordena imperativamente. Luisito lo saluda con un breve movimiento de su brazo derecho y se mete a su casa: él es “grupo de riesgo” ante el coronavirus.


En las calles del macrocentro de la ciudad, casi no hay nadie. Pero hay; una mujer va en bicicleta vestida con toda la indumentaria aeróbica, en su brazera un celular gigante. Lleva una bolsita de supermercado, de las de tela, acaso como “superchería” para burlar y eludir algún control policial sobre el cumplimiento del aislamiento obligatorio. No parece ir a comprar alimentos, sino estar haciendo actividad deportiva al aire libre. 


“Mirá, yo no sé que va a pasar. Pero de ésta nos salvamos entre todos o no se salva nadie. Yo tengo que salir a laburar, hacer la moneda, y me expongo, te expongo a vos y expongo al resto de los pasajeros que se sube”, reflexiona Juan, taxista. En su auto improvisó una mampara de nylon, que lo separa de la gente que lleva y trae. Y hay un cartel enorme colgado del respaldo de asiento de acompañante, lo suficientemente grande para que se lea bien leído: “Sr. Pasajero: si tose o estornuda, hágalo sobre el pliegue de su codo”.


Al ser transporte público es un “exceptuado” del aislamiento, como si esa calificación fuese un beneficio o una prerrogativa —como muchos creen—, por el sólo hecho de poder salir a la calle. Todo lo contrario: los “exceptuados” (fuerzas de seguridad, trabajadores de la salud, empleados de negocios de comida y farmacias, periodistas, etcétera) deben ponerle el cuerpo —literalmente— a una pandemia mundial, con todos los riesgos que eso implica.

 

 

Por Suipacha y Las Heras pasa un joven en monopatín eléctrico y de traje. Así como se lee: con la ciudad casi vacía de fondo, aquello parece una imagen surrealista. “Amigo, ¿me da una ayuda? Soy maletero, y todo esto me cortó los brazos”, se lamenta Carlos en un banco del predio ferial municipal. Después gira su cabeza y mira la terminal de ómnibus: desierta, aquel “no-lugar”, espacio de tránsito efímero de miles de gentes que vienen y van en micros, hoy es la presencia de una ausencia: un páramo desértico en el medio de una urbe.


Es una cuadra de Candioti Norte. Es la hora 21. Beba y Luis están en la terraza de su casa. Lo hacen todas las noches: ponen un pequeño parlante y cantan el Himno, o a veces Luis se anima a frasear algún tanguito nostalgioso, y desde las ventanas y los balcones de los edificios se escuchan aplausos y se ven las linternas de los celulares. “Vecinos, ¡respetemos la cuarentena! ¡No salgan, aguantemos!”. La cosa sigue por el grupo de WhatsApp de “los vecinos de la cuadra” con felicitaciones, otras arengas a cumplir el aislamiento, alguna que otra broma. Luego la calle se precipita hacia un silencio conventual y a la penumbra.


Entonces, en algunos de estos casos narrados, aparecen pequeños gestos solidaridad colectiva. El hombre que le grita a Luisito, los vecinos que desde sus casas hacen algo para hacer sentir bien al resto. No es aquella solidaridad individual de tenderle una limosna o darle un poco de comida a una persona que vive en la calle (gestos que son valiosos, no obstante). “Quizás la novedad que nos trae la cuarentena no es justamente el aislamiento social obligatorio (...). Los nuevos compromisos (a asumir como sociedad) son una forma de solidaridad que que no se limita a la versión edulcorada de ‘ayudar a otros’”, le dice a El Litoral la socióloga Virginia Trevignani.

 

La solidaridad colectiva pareciera ser una nueva categoría y el gran desafío ante la pandemia: quizás implique entender que los únicos vectores de transmisión del coronavirus son los humanos. Y que, por eso, es imprescindible respetar el aislamiento, observar y cumplir las medidas de higiene preventivas, y denunciar a quienes burlen la cuarentena. Quizás el taxista de la mampara de nylon tenga algo de razón. “Nos salvamos entre todos o no se salva nadie”. La pandemia exige un pacto de grandeza social, encaramado sobre los hombros de este tipo de gesta solidaria.

 

“Quizás la novedad que nos trae la cuarentena no es justamente el aislamiento social obligatorio (...). Los nuevos compromisos (a asumir como sociedad) son una forma de solidaridad que que no se limita a la versión edulcorada de ‘ayudar a otros’”. Virginia Trevignani, socióloga. 

Autor:

Luciano Andreychuk


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