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Jueves 09.04.2020 - Última actualización - 18:50
18:40

La peste en mi pago

Los maestros, pobrecitos, no saben nada

 Crédito: Archivo El Litoral
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La peste en mi pago Los maestros, pobrecitos, no saben nada El coroavirus trae una oportunidad positiva importante. La instrucción sistemática es una de las cosas que se podrían resolver. Es un asunto atrasado. El Ministerio de la Educación. Los maestros.

Este asunto, que no tiene modo de ocultarse, hablo de la peste en mi pago, trae una oportunidad positiva importante, para los que sobrevivan. Si me permiten el optimismo: para los que sobrevivamos. La instrucción sistemática, que no la educación, es una de las cosas que se podrían (ejem, uso del condicional, ejem, recordar) resolver. Este asunto tan atrasado. El Ministerio de la Educación. Los maestros.

 

De algunas cosas uno tiene información, el periodismo es eso, un inmenso mar de conocimientos, un mar de centímetros de profundidad. Escarbar debajo del periodismo es llegar al condicional de los verbos. Asesinaría, podría volver, habría robado, debería quedarse… ejem, ¿recordaron? Lo que sigue es eso, una información con poquísima profundidad.

 

Hace algunos años supe de un muchacho que había resuelto un tema informático y había vendido una patente de negocios, en red, a los países centrales, digo mejor: a Estados Unidos. Muchos dólares, primer caso. Fue nota. Muchacho que ahora estaba desarrollando una idea -con crudeza y justeza - para los pibitos pobres, vagos y atorrantes. El tema era, desde el periodismo, prometedor.  El periodismo se nutre, al decir de uno de los maestros argentinos (Félix Lauro Laiño) de tres cosas: salud, dinero y amor. “Escriba sobre eso y venderá, escriba sobre otra cosa y perderá plata”.

 

El periodismo, en estos días, se explica solo. La peste vende programas porque incluye salud, obvio, también dinero y, allá en la lejanía, con el disfraz de la esperanza, el amor. Todo amor es esperanza y la inversa es más real: la esperanza no es espera, es amor en espera, porque el amor es ilusión y ganas. Ceguera. Esperanza.

 

El tipo del que contaba desarrollaba dos conceptos con títulos “connotadores”. Arbustos y Enjambres. El arbusto no tiene muchas raíces pero allí están y existen, se quedan resisten y eso: son arbustos. El enjambre es una colmena en movimiento, en transición. Enjambre, cardumen, bandada, tropilla. El enjambre oferta indisciplina y más atrevimiento que una tropilla. Connotaciones.

 

En el fondo oscuro y mugriento de La Matanza, del Empalme Graneros de Rosario y del Alto Medellín, tres ciudades, tres apiñamientos, viven pibes de poco mas allá de los 11 / 12 años, sin nada que perder porque la vida ya fue rifada. No ganaron la rifa. Está perdida (la vida) en eso sitios, aún sin coronavirus. La vida se la va a llevar un código narco, de una sociedad narco, en mitad de la ceguera del viejo Estado Siglo XX. Ceguera. Silencio. Ignorancia, vida placentera dentro del termo, de las tormentas que acaecen allá, en mitad de los arrabales.

 

Juntamos pibes de ese grupo. El requisito era difícil: no estar atrapado por la droga, ni yerba, ni paco, ni talco, ni polvo, ni ladrillo, ni aguja, ni picadura. Con los que ya se fueron de aquel lado es mas difícil… decía. No poseen garantía para ningún proyecto. Ya están fallados. Lástima.

 

Todos tienen, desde los 5 años, desde los 3 años, incorporado el teléfono que no es teléfono. Nacieron así, ahora, Siglo XXI. Celular que no es “celular”, excepto por las celdas de conexión. Es un diccionario, una biblioteca, un abecedario y un idioma. Una herramienta. Un arma. Un lenguaje.

 

Instrucción sistemática diferente. No saben escribir la palabra zanahoria, la escriben con “b” larga, son unos analfabetos del alfabeto, pero conocen el otro lenguaje: el lenguaje de los algoritmos. No saben que lo saben pero lo usan, lo hablan. Se comunican, son algoritmos comunicantes, porque eso no es individuos o seres “parlantes o hablantes” ¿Se entiende? Un poco, no mucho. Son ingleses en Inglaterra. Hablan inglés. Les enseñan qué uso tiene el idioma que saben.

 

Debido al Siglo XXI portan otro código de vida donde es diferente el bien y el mal, el pecado, el cumplimiento de la palabra empeñada, la vida, se insiste, la duración de la vida. Están en un mundo donde las cosas no son como las imaginamos, son del modo que la viven. Estamos fuera. Nos negamos a verlos. Son invisibles. Tranquilidad... Ellos no nos ven y no les importamos.

 

La peste, esta peste es una más. Durísima. No asusta. Vienen apestados de malaria, dengue, droga, tuberculosis, raquitismo, hepatitis mal curadas, riñones y lo dicho; sociedad narco sin agua ni luz y con dinero sin marca y mercadería en tránsito. Abuelos y padres perdidos. La vida humana es una mercadería en tránsito. Los bichitos de la luz y ellos igual. Cero diferencia. Bailan alrededor de la luz. Allí se queman. El coronavirus es una boludez del centro de las ciudades. Si no van a vivir más allá de los 35, que no los jodan con barbijos, vacunas y contagios.

 

Debido al coronavirus, que no tiene modo de escape ni indiferencia, que está, llegó, se queda, la tragedia trae una oportunidad positiva importante, para los que sobrevivan. Si me permiten el optimismo: para los que sobrevivamos.

 

Le pregunté al pibe que inventara este laburo, porqué les da laburo y dijo: porque hay medios, municipalidades, provincias, estados, empresas  que requieren de informáticos que les patrullen palabrotas, vocablos, tendencias, cuestionen qué secuencian los algoritmos en cada hora y emplean, esos capitanes del capital, a estos arbustos y enjambres para eso, buscar estadísticas de frases, elecciones de la sociedad que vigilan, las sociedades, tal vez alguien quedó distraído en el romanticismo, la biblioteca y el libro encuadernado, las sociedades están vigiladas por  los señores algorítmicos, ya es tarde para ignorarlo.

 

Le pregunté al pibe si ahora, que los maestros están obligados a dejar las aulas y enfrentarse a la pantalla, porque el coronavirus es como la electricidad de 330 voltios, mata por contacto y contagia por cercanía, le pregunté al pibe por los maestros y si ahora, debido al coronavirus, si no cambiarían las cosas, porque es otra pedagogía, otra didáctica, otro sistema, otro esquema, otro diccionario y otra finalidad de la instrucción sistemática. Se lo pregunté. Sonrió. Me contestó, en voz baja, un murmullo, con el título de la nota de esta apestosa jornada, escrita en el diario de la peste en mi pago.




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