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Jueves 09.04.2020 - Última actualización - 19:20
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Crónicas santafesinas

No elijo cualquier bar. Las mesas y las sillas son importantes. El color de las mesas y las sillas importan. No es solo una cuestión de comodidad, es también una cuestión de estética.  Crédito: Pablo AguirreNo elijo cualquier bar. Las mesas y las sillas son importantes. El color de las mesas y las sillas importan. No es solo una cuestión de comodidad, es también una cuestión de estética.
Crédito: Pablo Aguirre

No elijo cualquier bar. Las mesas y las sillas son importantes. El color de las mesas y las sillas importan. No es solo una cuestión de comodidad, es también una cuestión de estética. Crédito: Pablo Aguirre



Crónicas santafesinas Podrán convencernos de que lo más sano, lo más justo y lo más solidario es cumplir con la cuarentena: nuestra racionalidad nos impone el cumplimiento del deber. Pero nada ni nadie podrá prohibirnos extrañar, practicar el ejercicio de la nostalgia, evocar los buenos tiempos.

I

Podrán convencernos de que lo más sano, lo más justo y lo más solidario es cumplir con la cuarentena: nuestra racionalidad puede imponernos el cumplimiento del deber. La fuerza pública podrá exigirnos cumplir con las disposiciones legales y si no lo hacemos, detenernos o multarnos. Podemos hacer eso y mucho más, porque está visto que los seres humanos colocados en situaciones límite somos capaces de adaptarnos a todas las circunstancias, incluso las más incómodas, incluso a las que en otros tiempos hubiéramos considerado un disparate o un delirio que a alguien se le hubiese ocurrido exigirnos cumplir. Lo que nunca podrán hacer, lo que jamás podrán impedir, lo que incluso nosotros no podremos evitar, es que extrañemos los tiempos en los que salir a caminar por bulevar, por la peatonal, por la Costanera, por Parque Sur o parque Garay, o por cualquier otro punto de la ciudad, era un acto que solo dependía de nuestra voluntad y a veces ni siquiera de nuestra voluntad, porque a esas “tareas”, la de salir a caminar, las cumplíamos como si fuera una rutina y en más de una ocasión protestábamos -en voz baja o en voz alta- por salir a caminar, o “hacer un mandado” porque hacía frío o porque hacía calor o, sencillamente, porque no teníamos ganas de hacer esas cosas horribles, cansadoras y aburridas como era salir a caminar por las buenas calles del Señor.

 

II

Repito: nada ni nadie podrá prohibirnos extrañar, practicar el ejercicio de la nostalgia, evocar los buenos tiempos en los que podíamos ser felices -ahora nos estamos dando cuenta- con tan pocas cosas. A esa libertad no hay estado de excepción o estado de sitio o estado de alarma que pueda arrebatárnosla. Los bares. Las cantinas. Los comedores. Los restaurantes. Benditos sean. Benditos los tiempos en los que nos encontrábamos con los amigos para compartir un café. O cuando en algún momento de la mañana nos “metíamos” en un bar para leer el diario. O cuando acordábamos con otro amigo almorzar o cenar juntos en el comedor de siempre. O esas renovadas tramas de afectos representado por una pareja que conversa en voz baja tal vez para decirse que se aman, tal vez para decirse que han dejado de amarse, pero siempre la mesa de un bar como testigo.

 

III

La literatura perdería un porcentaje de su encanto sin los bares. El tango sin ir más lejos se habría empobrecido y mucho sin ese protagonista que se llama bar, café o cafetín. Pienso en “Café la humedad”: “Café la Humedad, billar y reunión, sábado con trampa qué buena función, no me pregunten si hace mucho que la espero, un café que ya está frío y hace varios ceniceros...”. Pienso en “Cafetín de Buenos Aires”: “En tu mezcla milagrosa, de sabihondos y suicidas, yo aprendí filosofía, dados, timba y la poesía cruel, de no pensar más en mí...”. Pienso en “Café de los Angelitos”: “Yo te evoco perdido en la vida y enredado en los hilos del humo, frente a un grato recuerdo que fumo y esta negra porción de café”. Pienso en “El último café”: “Llega tu recuerdo en torbellino, vuelve en el otoño atardecer, miro la garúa y mientras miro, gira la cuchara de café”. Pienso en “Por la vuelta”: “Afuera es noche y nuevamente, brindamos juntos por la vuelta, tu boca roja y oferente, bebió del fino bacará, después quizás ahogando un llanto, “quédate siempre” me dijiste, que afuera es noche y llueve tanto/ y comenzaste a llorar...”.

 

IV

Y podría seguir pensando en otros géneros. Por ejemplo, “Milagro en el bar Unión”, de Daniel Salzano, cantado por Jairo en homenaje a ese bar de la ciudad de Córdoba que cerró sus puertas en 1994, pero que el poema produjo el milagro de dejarlo abierto para siempre. “Ella está triste y él está solo en el bar Unión/ afuera el agua cala los huesos del corazón/ el pide un whisky Caballo Blanco para empezar/ a él los caballos lo ponen siempre sentimental...”. Sin ir más lejos, el rock nacional le debe mucho a los bares y cafetines. “La Perla del Once”, de avenida Rivadavia y Jujuy, fue testigo (algunos dicen que el testigo fue el baño) de la creación de ese poema fundacional del rock que se llama “La Balsa”. Dicho sea al pasar, medio siglo antes en el mismo bar, y tal vez con otras intenciones, Jorge Luis Borges y otros muchachos se reunían alrededor de Macedonio Fernández para, como diría el propio Borges, disfrutar de la felicidad de oírlo hablar”. También creo que pertenece al universo del rock ese otro tema “Las cosas que pasan”: “Que lindo era sentarse en la mesa de un bar/ y ver a Buenos Aires pasar y pasar”. El bar como un mangrullo... o una cerradura. O por qué no, algo así como un aleph, desde donde es posible contemplar el devenir algo caótico universo.

 

V

Con más de cincuenta años vividos en Santa Fe, yo por supuesto tengo mis bares preferidos. Mis bares en los que una parte importante de mi pobre historia circuló por sus mesas. Advierto. No elijo cualquier bar. Las mesas y las sillas son importantes. El color de las mesas y las sillas importan. No es solo una cuestión de comodidad, es también una cuestión de estética. Una estética sobria, austera. Una estética como salida del pincel de Edward Hooper. Importa también la luz que llega de la ventana durante el día o a la caída de la tarde. O la luz que cae del techo. Importa cierto silencio, no un silencio absoluto pero tampoco el jolgorio. Importa el mozo que te atiende y la calidad del café que te sirven. Importa que en lo posible el televisor no moleste; o que la música no te aturda. Importa sentarse a una mesa en la que haya espacio para hojear el diario, leer un libro, escribir. O simplemente quedarse en silencio. En el bar se puede estar solo o acompañado. A mí me importan los dos momentos. Importa conversar con un amigo; pero importa saber estar solo. En el bar, señores, se aprende a estar solo, lo cual es un aprendizaje decisivo en el mundo que nos ha tocado vivir.

 

VI

De mis años de estudiante, que fueron muchos, movidos y en algunos casos sacudidos, mi bar preferido fue el San Jerónimo. El San Jerónimo de bulevar y, casualmente, calle San Jerónimo. Tenía otro nombre, pero nosotros nos encontrábamos o nos dábamos cita en el bar San Jerónimo. Hablo de los años sesenta y setenta. Hablo de un ventanal que daba en diagonal a la Universidad. Hablo de cuando calle San Jerónimo era mano hacia el norte. Hablo de un mozo gallego de edad infinita. Hablo de tardes y noches eternas transcurridas allí. Al San Jerónimo se iba o del San Jerónimo se venía. A la salida de una peña; a la salida del cine. O a la salida de lugares que por ahora prefiero no acordarme. Hablo del café con el diario y los cigarrillos; de reuniones de estudiantes conspiradores; de algún amigo que ya no está y de alguna novia que ya se fue. 

 

VII

Cambiando de barrio, el otro bar que frecuenté diariamente, fue el Bar el Parque. El de Avenida Freyre y Suipacha. Con Carlos Tercero, el Cuervo Gervasoni y otros amigos salíamos del Comedor Universitario e inevitablemente anclábamos allí a tomar un café y dejar que avanzara la siesta. También esperábamos la noche en ese bar que en verano fue y es un clásico patio cervecero santafesino. Por último -y dejo en el tintero a muchos bares que recorrí sin descanso- menciono mi bar de los últimos años. Hablo del Gayalí o Las Delicias de San Martín e Hipólito Yrigoyen. Allí he asistido con asistencia perfecta los últimos seis o siete años. Y me quedo corto. El café, el diario y la computadora para escribir. Tres novelas y algunos cuentos fueron escritos de principio a fin en esa mesa cuyos ventanales dan sobre calle San Martín. Impecable la atención de los mozos. Y dulce y entrañable las atenciones de su dueña: Choly. Qué lejos que estoy de mi ciudad y mis paisajes, Dios mío. No es un problema de distancia. Tampoco es el maldito y malparido coronavirus. Es otra cosa. Ojalá alguna vez pueda escribirlo. 
 

Nada ni nadie podrá prohibirnos extrañar, practicar el ejercicio de la nostalgia, evocar los buenos tiempos en los que podíamos ser felices -ahora nos estamos dando cuenta- con tan pocas cosas. A esa libertad no hay estado de excepción o estado de sitio o estado de alarma que pueda arrebatárnosla. 

En el bar se puede estar solo o acompañado. A mí me importan los dos momentos. Importa conversar con un amigo; pero importa saber estar solo. En el bar, señores, se aprende a estar solo, lo cual es un aprendizaje decisivo en el mundo que nos ha tocado vivir.

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