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Sábado 18.04.2020 - Última actualización - 20:12
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Peisadillas

Te conozco, mascarita

Barbijos, tapabocas y máscaras. La imaginación creativa al poder, para poder estar mejor. Crédito: Ilustración Luis DlugozewskiBarbijos, tapabocas y máscaras. La imaginación creativa al poder, para poder estar mejor.
Crédito: Ilustración Luis Dlugozewski

Barbijos, tapabocas y máscaras. La imaginación creativa al poder, para poder estar mejor. Crédito: Ilustración Luis Dlugozewski



Peisadillas Te conozco, mascarita Los días se parecen tanto unos de otros que la monotonía de las horas terminan hastiando hasta la locura.

“La creatividad es la inteligencia divirtiéndose.” Albert Einstein
 

La creatividad es un don maravilloso, ser creativo es darle forma a lo ya creado, somos recreadores consuetudinarios, los argentinos hemos aprendido a lo largo de nuestras victorias y de nuestras crisis a acostumbrarnos a manipular la realidad que nos viene en suerte utilizando las artes creativas con lo que tenemos a mano. Existen en el mundo grandes empresas de publicidad o empresas de innovación tecnológica, que poseen un plantel de personas consideradas creativas, que tienen como objetivo generar ideas innovadoras para que una idea sea “La” idea y a partir de allí ponerse manos a la obra colectivamente.

 

La idea creativa a veces viene en forma de sueño, otras veces utilizando el conocimiento y mezclando los atributos del saber con algo de la experiencia vivida para plasmarla materialmente, y otras, simplemente, se manifiesta. Es como un rayo de luz, creo que de ahí surge la idea -creativa- de graficarla en los comics o en historietas como una lamparita encendida; es en ese preciso instante en que la idea creativa ve la luz, el creativo es un iluminado. Como dice Einstein en la cita que enuncio para abrir mi nota, ser creativo es tener a la inteligencia jugando. Muchas veces hemos escuchado que en la Argentina el que no trabaja es porque no quiere, y lo ejemplifican con alguna foto que resalta los atributos de los inventos caseros, desde el famoso “lo atamos con alambre” a la creatividad de los artilugios que utilizan para poner en movimiento la famosa viveza criolla, pongámosle, bien entendida, para evitar o sobrellevar situaciones desagradables. Las salidas creativas de nuestra gente no tienen límites, y es justamente en los momentos límites donde se manifiestan con sus mejores luces.

 

Una de las mejores maneras, según dicen los expertos, de evitar que el virus del COVID 19 se contagie, es usar barbijos y/o tapabocas. Si bien lo mejor es quedarse en casa, que esa sí es la mejor manera de evitar el contagio, para todos aquellos que tienen el deber de ir a trabajar o que no tienen otra alternativa que salir a la calle, el gobierno municipal tomó la decisión, mediante un decreto, que deben utilizar barbijos y sucedáneos caseros. Como velos de un mundo pos apocalíptico, la oferta de barbijos caseros es extensa, así vemos manteles, camisas, remeras y cortinas que han reencarnado en barbijos originales y coloridos. Desfilan fotos de gente en las filas de los supermercados o farmacias que tienen puestos un corpiño guacho de hermano, con finísimos detalles de encaje que van coronando las comisuras de un rostro bello y de ojos picarescos. No son pocas las bufandas, los pañuelos y hasta una toallita femenina cosida en un trozo de tela para reforzar conscientemente la idea de la protección diaria y la libertad de movimientos, resaltando las virtudes del elemento en cuestión. La imaginación creativa al poder, para poder estar mejor.

 

Existe otro sub producto que disparó exponencialmente la creatividad de nuestros ciudadanos... es la máscara protectora, hemos visto en el desandar de la cuarentena máscaras que se asemejan a una especie de medio casco de astronauta, otros que son una mezcla de máscara de soldar y parabrisas individual, un anillo plástico que es contenedor del acetato de una radiografía limpiada hasta la transparencia, otras que son la parte superior de los bidones de cinco litros y que parecen emparentadas a las máscaras antigases de la segunda guerra... Este castigo que aún no se sabe si es divino o un error de laboratorio dejó en evidencia a toda una maquinaria creativa que sacó a relucir un ideario maravilloso, exponiendo productos de fabricación casera que a uno le dan ganas de aplaudir, dejando entrever la maravillosa cantidad de recursos humanos que tenemos en nuestra bendita tierra argenta.
 

 

Mis “Peisadillas”, que con tanto gusto les cuento sin cuentos cada semana para ustedes, tratan de manifestar, mediante las palabras, los movimientos que se suceden en el cotidiano andar de nuestras humanidades y sus ramificaciones con la realidad actual, los recuerdos re-locos de mi pasado desanclado de caminar por el medio de los medios, de las anécdotas y de los placeres mundanos de mi tan hermosa y cordial Santa Fe. Fe santa es la que deberíamos poseer en estos días que son gemelos en sus horas y su cotidianeidad, y tenemos que saber que todos hacemos el esfuerzo de pasar mejor los días venideros.
 

 

Y me acuesto a soñar. A soñar que suena el despertador; soñar que sueña el vecino con el mismo sueño que sueño yo; soñar que sueño que mañana soñaré que otro día igual a éste no será; soñar que ese día de alguna mañana me voy a despertar y que la pandemia no estará; soñar con la cura y curarme soñando con locura... Los días se parecen tanto unos de otros que la monotonía de las horas terminan hastiando hasta la locura; de creer que el lunes es jueves y que el jueves es en realidad viernes, y el cuerpo no lo sabe.
 

 

La paridad de los días me hizo acordar a una película de los 90’s, una comedia protagonizada por Bill Murray, el título original de la película era “Groundhog Day” (El día de la Marmota), creo que aquí se le llamo “Hechizo del tiempo”, se las hago corta, el personaje de la película en cuestión se llamaba Phil Connors, periodista, y va a cubrir una odiada nota en un odiado pueblo de EE.UU. para saber si el invierno va a continuar o dar paso primavera. La cuestión es que por una tormenta tiene que quedarse en el pueblo con la consecuencia inesperada de que cada día que despertaba, revivía el día anterior, una y otra vez. Phil Connors estaba condenado a vivir el mismo día en ese odiado pueblo desde el segundo mismo en que sonaba su radio despertador (el tema que sonaba insistentemente era “I Got you Babe” de Sonny and Cher).
El personaje empieza a disfrutar su día ocupándose de distintas cosas, aprender a tocar el piano, a comer hasta reventar, estudiar poesía francesa para coquetear e intimar con su productora; a dedicarse a conocer a los ciudadanos y hasta quitarse la vida probando múltiples formas de suicidio. Es así que en la repetición y la búsqueda de hacer cosas nuevas en ese interminable bucle temporal que lo tenía esclavo de la repetición del mismo día -el día de la marmota- termina haciendo de él alguien mejor, rompiendo aquel hechizo que lo tenía preso.

 

 

Esa es la idea, en este tiempo en que nuestros días nos encuentran en el encierro, repitiendo horas a lo zonzo, debemos procurar encontrar cosas que nos saquen del tedio, intentar enriquecernos con libros, con buenas pelis, con juegos, con nuestra gente a la distancia, para poder decir, cuando todo esto acabe, lo que dice el personaje de Murray cuando se ve atado a una realidad no deseada: “Cualquier cosa diferente es buena, pero esta podría ser realmente buena”. Que así sea.

 

Como velos de un mundo pos apocalíptico, la oferta de barbijos caseros es extensa, así vemos manteles, camisas, remeras y cortinas que han reencarnado en barbijos originales y coloridos. 

Soñar que sueño que mañana soñaré que otro día igual a éste no será; soñar que ese día de alguna mañana me voy a despertar y que la pandemia no estará; soñar con la cura y curarme soñando con locura... Los días se parecen tanto unos de otros que la monotonía de las horas terminan hastiando hasta la locura.

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