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Sábado 16.05.2020 - Última actualización - 12:36
12:07

La peste en mi pago

"Ponete" el vestido de los sábados




La peste en mi pago "Ponete" el vestido de los sábados En estos días de la peste en el pago hay algo que no hacemos. Vestirnos de fiesta para la calle, la noche, el ágape cordial... Ganitas de perfume y de mirada, última, en el espejo antes de salir. De “reojo” en el vidrio de la puerta.

La peste mata las alas. La segunda muerte del perfil romántico es eso: un anunciado final. Está “sonando” una canción en la vieja radio que vive encima de la heladera. En la cocina, que junto con el baño y el camastro, son los sitios más frecuentados de la casa… de la casa que los posee. Suena sobre la heladera la radio, un radio receptor. Sigue la canción. Sus versos son actuales; el aire de cuarteto facilita la doble actuación: cuidar las milanesas fritándose y repetir los versos.

 

En esta cuarentena las radioemisoras volvieron a respirar. Estamos encerrados. Mandato. A pasearse por el “éter”, por el etéreo mundo de la imaginación, que eso es un programa de radiofonía; musical o conversado. Mínimos pasos de las zapatillas sobre dos baldosas. Mínimos pasos para un rítmico cuadrado.

 

..."Ponete el vestido de los sábados. Rociate el perfume de perrear. La música no es mas que una pregunta. Porqué tenemos ganas de bailar…

 

Cristales empañados de pasado. Poesía con versos sin cantar. La música se cuela en la cocina, porque tenemos ganas de bailar.

 

La peste juega de testigo. La vida la quieren disfrazar. La casa es un patio de domingo, porque tenemos ganas de bailar.

 

El mundo es el sueño de un vecino, un ruido de orquesta familiar, con vincha bombo y camiseta, tribuna de barra popular.

 

Las leyes no impiden los suspiros, no hay rejas que encierren la verdad. Tenemos resuelta la salida, porque tenemos ganas de bailar.

 

Ponete el vestido de los sábados. Rociate el perfume de perrear. La música no es más que una pregunta. Porque tenemos ganas de bailar…”

 

La música popular se despliega achicando el vuelo lírico y sumando lo verdaderamente testimonial, que no es lo mismo que el anhelo de una /otra canción para un mundo mejor, diferente en las cuestiones sociales y el reparto de bienes, una canción que es el sueño, lo imaginado o, en algunos casos, la propuesta política partidaria.

 

“Anoche llegaste, con olor a jabón chiquito, la boca pintada y el pelo bien mojadito”…

 

Otra emisora, más “barrial”. Otro texto. No quisiera abundar sobre este tema musical. Baste decir que existe, tiene muchas visitas en “youtube” desde hace varios años y es lo suficientemente explícito como para aliviar eso, las explicaciones.

 

Una de nostalgias de mediano calibre. “Bailar de lejos no es bailar. Es como estar bailando solo” … "Bailar pegados es bailar, igual que baila el mar con los delfines…”. Eso es otra cosa. Corto vuelo pero el intento ayuda al perdón.

 

En las músicas que bailan en las paredes que nos contienen de la peste afuera y la desesperanza dentro, se oye todo. Aún canciones que, lejanas, todavía resuenan. Está perdiéndose el florero del comedor. Aznavour se queja… “Ven, descubre un placer bastante antiguo ya / y así podrás sentir mi cuerpo junto a ti / bailando a media luz / Así en la oscuridad / Amor, ven a bailar asi, muy junto a mi"…

 

Uno de los más perfectos poemas de amor tiene dos versos largos y uno corto, casi una rima de pie quebrado o, también, un “aiku” chueco. “Esta tarde vi llover / vi gente correr / y no estabas tu…”. Listo, cerrá el lagrimal.

 

Mario Trejo, fenomenal poeta y tipo genial, irascible, categórico, que durante su estancia rosarina paseaba conmigo por las noches (rosarinas), mientras hablábamos de amores compartidos, sostenía que el terceto de Manzanero era un poema demasiado perfecto para una canción. “La música cambia las cosas, créame… un poema es uno con su ritmo y otro si lo cantan, la canción es una música diferente a la poesía” (nunca lo dudé, hay fragmentos de “Los pájaros perdidos” que, como dice el poema, que nunca más podré recuperar, los escucho y mi cabeza vuela. Aconsejo la versión de Mina, la cantante italiana, versión en vivo. Tiene un arreglo que destella compás tras compás).

 

Todos tenemos una canción que nos duele, que nos estremece. Una que mueve mas allá de lo posible. Una canción para una fiesta. Por ahora no hay fiesta.

 

En estos días de la peste en el pago hay algo que no hacemos. Vestirnos de fiesta para la calle, la noche, el ágape cordial.

 

Ganitas de perfume y de mirada, última, en el espejo antes de salir. De “reojo” en el vidrio de la puerta.

 

Está faltando eso que no tiene una definición gramatical. Con los chicos es el juego, con los amigos es la charla pero ay, ay ese instante previo a los instantes… eso no está. Es un faltante que desespera. La previa y la galanura. Para los chicos “la previa” es acomodarse al alcohol y el desahogo pero, si uno se fija en el fondo de las cosas, cuando no queda más que el duro hueso es lo mismo, la previa es la madeja desenredándose hasta el último trozo del hilo. Después la fiesta. La peste nos quitó eso. Usemos un código de mensaje de teléfono celular: “lpmqlp”.

 

A las 9 de la noche, en la calle donde vivo, entre los vecinos del lado de acá, hacia la derecha, el edificio, en los pisos altos, sobre las 21, define cuestiones de esta sociedad. Se despliega un misterio en la re consideración de los soldados de la salud pública y, a esa hora, hay dos balcones que aplauden, uno de los que sigue tiene gente que sopla la “vuvuzela”, que ya ni se si tiene ése nombre la trompeta de plástico de un mundial lejano. Feo ruido el de las vuvuzelas… son varias. Uff. En otro, con los parlantes a toda orquesta, un vecino nos hace escuchar el himno nacional versión instrumental (menos mal). A veces se entusiasma y siguen las canciones. El encierro ocasiona desmanes acústicos.

 

Los días de la peste acercan y proponen, según se observe, diferencias para la alegría o el pesar escondido en los festejos de las nueve de la noche. Profundo pesar que disimulan bocinazos. Aplausos. En la suma lo que somos.

 

“Antes que el mundo se acabe”… (besos) dice el rapero portorriqueño instalado en NY.  Hizo una salida económica con la peste. Pagan la suma de escuchas en las redes.

 

Lo que no se cuenta en las crónicas, para seguir yendo hasta el hueso, es el ataque despiadado del coronavirus al romanticismo. Hay un costado nuestro que tiene, según instrucción, amores y lejanías, civilización y barbarie, un punto en común. El suspiro. El acto enamorado. Con la previa y la acción. Velitas, como dice Joaquín Sabina: "No debería contarlo y sin embargo, cuando pido la llave de un hotel y a media noche encargo un buen champán francés y cena con velitas para dos siempre es con otra, amor, nunca contigo”…

 

Creo que, entre las cosas que la peste dejó fuera está el romanticisimo y los prólogos. La ilusión que suceda, que en una de esas sucede, que a lo mejor. La peste propone soluciones, horarios, prohibiciones saludables. Quita el principio de incertidumbre del momento que viene. Borges, razón de tantas cosas, explica esta cuestión que la peste pone delante: “como si hubiera una región en que el Ayer pudiera ser el Hoy, el Aún y el Todavía”. Y estos versos, qué cosa, leídos tienen un tiempo, dichos por Luis Medina Castro son otros.

 

Caminando con Mario pedí que escuchara: “Es un grito en un bosque / un incendio en la iglesia / una desconocida / que me llama y me besa / Amigos que se apagan / palabras como flechas / Es un río es un árbol / de mentira y de veras…” . Así se lee la primera estrofa del poema A una Voz. Mario Trejo sonrió. Así la última: "Es amor, es amor / otoño y primavera / El verano el invierno / el insomnio y la siesta / La droga y el alcohol / la rebelión eterna / Es la vida es la muerte / tu presencia y tu ausencia”…Unos amigos le pusieron música a este poema suyo. Mario sonrió. Confesó sonriendo. “Yo lo escribí mientras por dentro mi corazón cantaba 'Aguas de marzo'. Es lo que le digo. Hay una música en el verso y otra en la canción”...

 

A veces extraño algunos personajes. Mario en mitad de la cuarentena resolvería el imperativo de “ponete” y el encierro que mata el romanticismo, elimina el sábado de fiesta y corta las alas.




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