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Sábado 16.05.2020 - Última actualización - 20:44
20:30

Crónica política

"Estás desorientao y no sabés..."

 Crédito: Archivo El Litoral
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Crónica política "Estás desorientao y no sabés..." No voy a decir que el presidente se enamoró de la cuarentena, pero sí sospecho que no sabe cómo salir. Desde el punto de vista del ejercicio del poder esta situación le resulta conveniente: amplía sus márgenes de decisión, concentra más autoridad, se libera de controles molestos. 

I

La situación podría sintetizarse en la siguiente frase: la cuarentena no da para más y la economía tampoco da para más. La alternativa salvar vidas o ganar plata nunca fue verdadera, pero en el mejor de los casos hoy ha dejado de ser una alternativa, porque si la economía estalla se van a perder muchas más vidas que las que la cuarentena pretende evitar. ¿Y está por estallar la economía? No lo sé, pero los índices son malos y no creo que lo más inteligente sea suponer que las economías nunca estallan porque, como se dice en estos casos, mal que bien los argentinos nos acostumbramos a todo. No creo que sea relevante discutir si la cuarentena se declaró a tiempo, si debería haberse declarado antes o después. Digamos que se declaró en las condiciones y posibilidades de la Argentina, posibilidades desventajosas en todos los casos, porque desde el vamos disponemos de un estado con serias dificultades para gestionar en las buenas y mucho más en las malas, un estado cuyas deficiencias no las descubrimos hoy y mucho menos empezaron ayer. Admito que se hizo lo que se pudo, dejando en claro que una cuarentena es siempre una mala noticia y que esa mala noticia provoca consecuencias malas. Se hizo lo que se pudo, y eso explica los niveles sociales iniciales de aceptación del presidente. Los resultados no son malos, pero hay que saber que la película todavía no terminó. Y ya sabemos que en el buen cine los finales felices no suelen ser obligatorios.

 

II

No sé qué piensa al respecto Alberto Fernández, pero si es un buen observador de la realidad deberá admitir que ese reconocimiento en la Argentina nunca fue un cheque en blanco. Y si alguna duda tuvo al respecto, las respuestas sociales a algunos de sus errores, torpezas, o concesiones a los ultras de su gobierno, deberían convencerlo de que la luz verde que dispone es como la de los semáforos: enseguida pasa a amarillo y luego se instala en rojo. Digamos de un modo más directo, que la sociedad argentina, atemorizada, afligida por la pandemia no se mostró indiferente a ciertos abusos prácticos y verbales cometidos por el presidente o por su administración. Errores serios como dejar a los jubilados a la intemperie en día de cobro, o practicar actos de corrupción para la compra de alimentos, o jugar un juego peligroso habilitando la libertad indiscriminada de asesinos y violadores. Para no hablar de maniobras desafortunadas en el Mercosur, o establecer comparaciones irritables y en algún punto ridículas, con Suecia. ¿Y la deuda? Estimo que se está negociando con cierta razonabilidad, pero también estimo que en esta mano lo único que tenemos para poner en la mesa es un cuatro y una negra. 

 

III

La cuarentena es necesaria, pero nunca se debe perder de vista que es una mala noticia, que justificado o no es un acto esencialmente autoritario y que, por lo tanto, el objetivo consiste en salir lo más rápido posible de ese lugar. Yo no voy a decir que el presidente se enamoró de la cuarentena, pero sí tengo derecho a sospechar que no sabe cómo salir. No se enamoró de la cuarentena, pero convengamos que desde el punto de vista estricto del ejercicio del poder esta situación le resulta conveniente: amplía sus márgenes de decisión, concentra más autoridad, se libera de controles molestos. Y todo esto ocurre con un gobierno y un presidente peronista, para quienes estas virtudes constituyen algo así como las veinte verdades de la causa o, para decirlo de otro modo, una tentación semejante a la que sentirá Drácula si le otorgaran la conducción de un banco de sangre.

 

IV

La oposición tiene la palabra, pero en primer lugar tiene la obligación de ejercer esa facultad. A los líderes opositores que suponen que su tarea es quedarse callados, les recuerdo que la sociedad los votó para controlar, poner límites y proponer ideas. Menciono esto, porque tanto silencio empieza a molestarme. Por supuesto que hay voces que se levantan, pero más que voces sueltas me gustaría un coro. Un coro afinado, un coro que rehúya los tonos demagógicos, facilistas, un coro que se haga cargo que tienen que ejercer sus habilidades en condiciones difíciles, pero cualesquiera que fueran las dificultades el silencio nunca debería estar autorizado. No hay margen para “quedarse en el molde”. La situación no lo permite, pero tampoco lo permite la política. La situación, porque la Argentina está atravesando una de sus etapas históricas más difíciles de las que tengamos memoria. Y tampoco lo permite la política, porque de las encerronas históricas se sale con todos, y en la Argentina salir con todos quiere decir, debe decir, reconocer su condición pluralista, una condición que está presente en nuestro cuerpo social, pero conviviendo con las tentaciones de unanimidad alrededor del Jefe o la Jefa. La pandemia reclama acuerdos, entendimientos, pero no sometimiento al poder. Se trata de lograr la unidad de una sociedad democrática, no la unanimidad de un despotismo. La unidad como debe entenderse incluye no solo palabras, gestos, sino también instituciones que la hagan posible: un congreso que funcione, una justicia que trabaje, un consejo económico social que se convoque de una buena vez y un presidente que actúe como el presidente de todos los argentinos y no el de una facción.

 

V

No comparto a título general la hipótesis de un presidente democrático, razonable y una vicepresidente rabiosa, autoritaria y resentida. ¿Alberto o Cristina, o Alberto y Cristina? La realidad suele ser un tanto más complicada que estas simplificaciones. No solo puede que haya diferencias entre Alberto y Cristina, sino que también hay que tener presente las diferencias previsibles por la lógica del poder entre “cristinistas” y “albertistas”. Resultaría obvio decir que Alberto y Cristina tienen diferencias, porque las personas son diferentes, pero lo que hay que preguntarse es si esas diferencias inevitables incluyen diferencias de proyectos políticos. Y es allí donde me temo que las diferencias no son tan marcadas, que ambos son contenidos por una idéntica concepción del poder y una identidad peronista que gravita, salvo que alguien crea que ser peronista no quiere decir absolutamente nada. Digamos que en lo fundamental están de acuerdo. Y en este caso, lo fundamental es el concepto de poder, uno de cuyas exigencias es la impunidad a la vicepresidente. 

 

VI

El pacto de impunidad no es un tema menor en la agenda de este gobierno. No diría que es el más importante, pero está entre los más importantes. Y para la Señora es el tema por excelencia. Su exclusiva preocupación. Sencillamente: no hace otra cosa. La Señora aprovecha las inclemencias de la cuarentena para operar a favor de su causa. Y su causa, ya lo sabemos, es no ir presa y no perder plata. Agregaría su otra obsesión: que su hijo sea el candidato a presidente en las próximas elecciones. Por las dudas, vio. A no llamarse a engaño: no hay gobierno de Fernández que no incluya la impunidad a la Señora, sus compinches y sus familiares. La tarea incluye dificultades y particularmente la resistencia de quienes consideran que un país que se respete incluye la justicia y la sanción a los corruptos. 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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